Autoridad real
La legitimidad política procedía de la Corona y de las instituciones que gobernaban en su nombre.
La monarquía atlántica y el vacío de soberanía provocado por las abdicaciones de Bayona.
América formaba parte de una estructura imperial gobernada desde la monarquía hispánica
A comienzos del siglo XIX, la monarquía española se extendía por una enorme parte del continente americano. Sus territorios se organizaban en virreinatos, capitanías generales, audiencias y otras instituciones dependientes de la Corona.
Durante el siglo XVIII, las reformas borbónicas habían reforzado el control administrativo y fiscal de la monarquía. La Corona intentó aumentar la recaudación, reorganizar el comercio y reducir el poder de determinadas élites locales.
Estas reformas modernizaron algunos aspectos de la administración, pero también generaron tensiones. Muchos criollos —americanos de ascendencia europea— consideraban limitado su acceso a los principales cargos y reclamaban una mayor participación en el gobierno de sus territorios.
La legitimidad política procedía de la Corona y de las instituciones que gobernaban en su nombre.
Grandes unidades territoriales dirigidas por representantes del monarca.
Las rutas americanas eran fundamentales para la economía y la Hacienda de la monarquía.
Grupos americanos con creciente poder económico y fuertes intereses locales.
El siglo XVIII reforzó la centralización administrativa y fiscal.
La representación, el acceso a cargos y la autonomía local generaban conflictos crecientes.
Las abdicaciones de Bayona abrieron una crisis de legitimidad también en América
La crisis comenzó en la Península. Tras el Motín de Aranjuez, Carlos IV abdicó en su hijo Fernando VII. Poco después, Napoleón llevó a ambos monarcas a Bayona y obtuvo sus renuncias, entregando la Corona española a su hermano José Bonaparte.
La noticia planteó en América el mismo problema que en la Península: si el rey legítimo estaba ausente y las abdicaciones se consideraban forzadas, ¿quién tenía derecho a gobernar? La fidelidad a Fernando VII no resolvía la cuestión, sino que abría un vacío de autoridad.
En muchos territorios se recurrió a una idea de profundas consecuencias políticas: en ausencia del monarca legítimo, la soberanía podía revertir provisionalmente a las comunidades que formaban la monarquía.
No en todos los territorios ni desde el primer momento. Muchas juntas proclamaron inicialmente su fidelidad a Fernando VII y justificaron su actuación por la ausencia del rey y la crisis de legitimidad abierta en 1808.
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