Autoridad real
La legitimidad política procedía de la Corona y de las instituciones que gobernaban en su nombre.
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El reinado de Fernando VII estuvo marcado por dos crisis inseparables. En España, el rey restauró el absolutismo en 1814, fue obligado a aceptar la Constitución durante el Trienio Liberal y volvió después al poder absoluto en la Década Ominosa. Al mismo tiempo, la crisis iniciada en 1808 desencadenó en América una larga guerra que terminó con la pérdida de la mayor parte del imperio continental. Su muerte en 1833 dejó además abierto el conflicto sucesorio que conduciría a las Guerras Carlistas.
América formaba parte de una estructura imperial gobernada desde la monarquía hispánica
A comienzos del siglo XIX, la monarquía española se extendía por una enorme parte del continente americano. Sus territorios se organizaban en virreinatos, capitanías generales, audiencias y otras instituciones dependientes de la Corona.
Durante el siglo XVIII, las reformas borbónicas habían reforzado el control administrativo y fiscal de la monarquía. La Corona intentó aumentar la recaudación, reorganizar el comercio y reducir el poder de determinadas élites locales.
Estas reformas modernizaron algunos aspectos de la administración, pero también generaron tensiones. Muchos criollos —americanos de ascendencia europea— consideraban limitado su acceso a los principales cargos y reclamaban una mayor participación en el gobierno de sus territorios.
La legitimidad política procedía de la Corona y de las instituciones que gobernaban en su nombre.
Grandes unidades territoriales dirigidas por representantes del monarca.
Las rutas americanas eran fundamentales para la economía y la Hacienda de la monarquía.
Grupos americanos con creciente poder económico y fuertes intereses locales.
El siglo XVIII reforzó la centralización administrativa y fiscal.
La representación, el acceso a cargos y la autonomía local generaban conflictos crecientes.
Las abdicaciones de Bayona abrieron una crisis de legitimidad también en América
La crisis comenzó en la Península. Tras el Motín de Aranjuez, Carlos IV abdicó en su hijo Fernando VII. Poco después, Napoleón llevó a ambos monarcas a Bayona y obtuvo sus renuncias, entregando la Corona española a su hermano José Bonaparte.
La noticia planteó en América el mismo problema que en la Península: si el rey legítimo estaba ausente y las abdicaciones se consideraban forzadas, ¿quién tenía derecho a gobernar? La fidelidad a Fernando VII no resolvía la cuestión, sino que abría un vacío de autoridad.
En muchos territorios se recurrió a una idea de profundas consecuencias políticas: en ausencia del monarca legítimo, la soberanía podía revertir provisionalmente a las comunidades que formaban la monarquía.
No en todos los territorios ni desde el primer momento. Muchas juntas proclamaron inicialmente su fidelidad a Fernando VII y justificaron su actuación por la ausencia del rey y la crisis de legitimidad abierta en 1808.
Gobernar en nombre de Fernando VII terminó cuestionando quién poseía realmente la soberanía
La formación de juntas en la Península proporcionó un precedente político que también fue utilizado en América. Si las provincias españolas podían crear órganos de gobierno ante la ausencia del rey, diversos grupos americanos defendieron que sus territorios poseían el mismo derecho.
Entre 1809 y 1810 surgieron movimientos juntistas en ciudades como Chuquisaca, Quito, Caracas, Buenos Aires, Bogotá y Santiago de Chile. Sus objetivos no fueron idénticos: algunos buscaban autonomía dentro de la monarquía, otros fueron evolucionando hacia posiciones abiertamente independentistas.
El conflicto enfrentó también a los propios americanos. La independencia no fue una simple guerra entre españoles peninsulares y americanos, sino una sucesión de guerras civiles y territoriales en las que combatieron realistas, autonomistas e independentistas.
Muchas juntas actuaron formalmente en nombre de Fernando VII.
Las élites locales reclamaron capacidad para gobernar durante la crisis de la monarquía.
La gran cuestión era quién debía ejercer el poder en ausencia del monarca legítimo.
Americanos combatieron en ambos bandos durante largos años.
Cada territorio siguió ritmos, alianzas y conflictos propios.
La guerra y el fracaso de acuerdos políticos empujaron muchos movimientos hacia la ruptura definitiva.
La prolongación de la crisis convirtió una disputa de soberanía en una ruptura política
La ruptura con la monarquía no se produjo de una sola vez. Durante los primeros años, numerosos dirigentes defendieron fórmulas de autonomía que podían ser compatibles con la continuidad de Fernando VII como rey.
Sin embargo, la guerra alteró rápidamente el escenario. La represión de los movimientos insurgentes, la resistencia de los gobiernos virreinales, las rivalidades sociales y territoriales y la creciente movilización militar hicieron cada vez más difícil reconstruir la antigua unidad política.
Algunas regiones proclamaron tempranamente su independencia, mientras otras permanecieron durante años bajo control realista. El proceso fue largo, discontinuo y profundamente diverso según los territorios.
Se forman juntas y gobiernos que cuestionan el orden político anterior.
El Congreso venezolano proclama la ruptura con la monarquía española.
El Congreso de Tucumán declara la independencia.
El proceso chileno se consolida tras las campañas de San Martín y O'Higgins.
El liberalismo intentó reconstruir la monarquía como una nación constitucional
Las Cortes de Cádiz intentaron ofrecer una respuesta constitucional a la crisis general de la monarquía. En ellas participaron diputados de la Península y de América, aunque la guerra y las dificultades de comunicación impidieron una representación plenamente regular.
La Constitución de 1812 definió la nación española como la reunión de los españoles de ambos hemisferios. Esta formulación pretendía integrar políticamente los territorios europeos y americanos dentro de una misma comunidad nacional.
Sin embargo, la cuestión de la representación americana generó fuertes tensiones. Las aspiraciones de autonomía, la distribución de diputados y la reorganización territorial mostraron que la igualdad proclamada resultaba difícil de aplicar dentro de una monarquía que atravesaba simultáneamente una guerra en ambos continentes.
La Constitución integró formalmente a los territorios americanos dentro de la nación española.
Los diputados americanos participaron en las Cortes, aunque existieron fuertes disputas sobre su peso político.
El nuevo orden liberal pretendía sustituir los antiguos vínculos corporativos por una ciudadanía común.
La autoridad política dejaba de identificarse exclusivamente con el monarca.
Cádiz propuso una monarquía constitucional común para españoles europeos y americanos.
La reforma llegó cuando la guerra y la ruptura política ya avanzaban en numerosos territorios.
El Deseado regresó como rey absoluto y desmanteló la obra política de Cádiz
Fernando VII regresó a España en 1814 después de seis años de ausencia. La derrota de Napoleón y el Tratado de Valençay habían permitido su retorno, que fue recibido con enorme entusiasmo por amplios sectores de la población. Para muchos españoles seguía siendo «el Deseado».
El rey se negó a aceptar el sistema constitucional construido en Cádiz. Apoyado por los absolutistas y por el Manifiesto de los Persas, declaró nula la Constitución de 1812 y la legislación de las Cortes, restauró el poder absoluto de la Corona y comenzó la persecución de liberales y afrancesados.
La decisión tuvo consecuencias a ambos lados del Atlántico. Fernando VII rechazó también la reorganización constitucional de la monarquía y trató de recuperar por la fuerza los territorios americanos sublevados. En 1815 envió una gran expedición dirigida por Pablo Morillo, que logró importantes éxitos temporales en Venezuela y Nueva Granada.
Fernando VII declaró nula la Constitución de 1812 y la legislación de las Cortes.
La soberanía volvió a concentrarse en la Corona.
Liberales y afrancesados fueron perseguidos, encarcelados o empujados al exilio.
La Corona apostó por recuperar militarmente los territorios sublevados.
No fue su única causa. La crisis de 1808, las tensiones internas de la monarquía y los conflictos americanos eran anteriores y más amplios. Pero la restauración absolutista y la apuesta por la reconquista militar redujeron las posibilidades de una solución política negociada.
Entre 1814 y 1820 Fernando VII intentó reconstruir el absolutismo en un país devastado por la guerra
La restauración absolutista no significó un regreso sencillo al mundo anterior a 1808. España había quedado profundamente dañada por la Guerra de la Independencia: la Hacienda estaba exhausta, la producción se había reducido y el comercio con América sufría una grave desorganización.
Fernando VII restauró instituciones del Antiguo Régimen y persiguió a quienes habían participado en la experiencia liberal. Muchos liberales marcharon al exilio y otros comenzaron a conspirar contra el absolutismo. El ejército, enormemente ampliado durante la guerra, se convirtió en un nuevo actor político.
Entre 1814 y 1820 se produjeron varios pronunciamientos liberales, como los de Espoz y Mina, Porlier o Lacy. Todos fracasaron, pero mostraban que la revolución política de Cádiz no había desaparecido. Al mismo tiempo, la guerra americana absorbía recursos que la monarquía necesitaba desesperadamente para estabilizar la Península.
La guerra peninsular y la pérdida de ingresos americanos dejaron al Estado con graves problemas financieros.
Numerosos liberales abandonaron España para evitar la represión.
Militares liberales intentaron restablecer el sistema constitucional mediante sublevaciones.
La reconquista de América exigía tropas y dinero que agravaban las dificultades de la monarquía.
La guerra dejó de ser una sucesión de rebeliones locales y adquirió dimensión continental
Tras los primeros fracasos revolucionarios, la guerra entró en una nueva fase. Simón Bolívar reorganizó la lucha en el norte de Sudamérica y construyó una amplia coalición militar y política contra las fuerzas realistas.
En el sur, José de San Martín concibió una estrategia continental: cruzar los Andes desde el Río de la Plata, asegurar la independencia de Chile y atacar después el virreinato del Perú, principal centro del poder realista sudamericano.
Las victorias de Boyacá, Carabobo y Pichincha consolidaron la independencia en Nueva Granada, Venezuela y Quito. Desde el sur, las campañas de San Martín y después la intervención de Bolívar y Sucre llevaron la guerra hasta Perú y el Alto Perú.
San Martín trasladó la guerra desde el Río de la Plata hacia Chile y el Pacífico.
La victoria de 1819 aseguró el control independentista de Nueva Granada.
La batalla de 1821 fue decisiva para la independencia venezolana.
La victoria de 1822 permitió asegurar Quito para el campo independentista.
El principal bastión realista sudamericano se convirtió en el objetivo final de las campañas continentales.
Antonio José de Sucre dirigió las fuerzas vencedoras en Ayacucho.
Entre 1820 y 1823 Fernando VII volvió a ser un monarca constitucional mientras la revolución avanzaba en América
A comienzos de 1820, el gobierno había concentrado en Andalucía un ejército destinado a reforzar la guerra en América. Parte de esas tropas se sublevó bajo el mando de Rafael del Riego y exigió el restablecimiento de la Constitución de 1812. El movimiento se extendió y Fernando VII terminó aceptando el régimen constitucional.
Comenzaba el Trienio Liberal. Se restableció la obra de Cádiz y se reanudaron reformas destinadas a desmontar instituciones del Antiguo Régimen. Los liberales se dividieron entre moderados y exaltados, mientras Fernando VII mantuvo una actitud hostil hacia un sistema que limitaba su autoridad.
La oposición absolutista se organizó mediante partidas realistas y llegó a formar en 1822 la Regencia de Urgel. La crisis adquirió dimensión internacional cuando las potencias europeas autorizaron la intervención francesa. En 1823 los Cien Mil Hijos de San Luis entraron en España, derrotaron al régimen liberal y devolvieron a Fernando VII el poder absoluto.
América estuvo directamente conectada con esta crisis. La gran expedición preparada en 1820 no llegó a partir, debilitando la capacidad militar española. Además, el regreso del liberalismo alteró las alianzas en territorios como México, donde algunos sectores conservadores pasaron a considerar la independencia como una protección frente a las reformas constitucionales.
Fernando VII tuvo que jurar de nuevo la Constitución que había anulado en 1814.
El liberalismo se dividió sobre el ritmo y profundidad de las reformas.
Fernando VII y los absolutistas combatieron políticamente al régimen constitucional.
Los Cien Mil Hijos de San Luis acabaron con el régimen liberal en 1823.
La independencia mexicana siguió un camino diferente al de Sudamérica
En Nueva España, el conflicto comenzó en 1810 con la insurrección dirigida por Miguel Hidalgo y continuó después bajo José María Morelos. Aquellas primeras rebeliones fueron derrotadas, pero el problema político no desapareció.
El restablecimiento del liberalismo en España en 1820 modificó las alianzas dentro de Nueva España. Algunos sectores conservadores, preocupados por las reformas constitucionales, aceptaron una ruptura con la monarquía española bajo garantías de religión, independencia y unidad.
Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero impulsaron el Plan de Iguala de 1821. La entrada del Ejército Trigarante en Ciudad de México confirmó la independencia, que inicialmente adoptó una fórmula monárquica.
Porque algunos grupos conservadores de Nueva España temieron las reformas del régimen constitucional de 1820 y terminaron aceptando una independencia que preservara el orden social, la religión católica y una solución monárquica.
La derrota realista de 1824 hizo irreversible la pérdida de la mayor parte de la América española
El virreinato del Perú fue durante años el principal bastión realista de Sudamérica. Tras la llegada de San Martín y, posteriormente, de Bolívar y Sucre, la guerra se concentró en la región andina.
En diciembre de 1824, las fuerzas independentistas mandadas por Antonio José de Sucre derrotaron al ejército realista en Ayacucho. La capitulación posterior supuso el hundimiento del poder militar español en el Perú.
Algunos focos resistieron todavía durante un tiempo, pero hacia 1826 España había perdido prácticamente todos sus grandes territorios continentales americanos. La monarquía conservó, entre otras posesiones, Cuba y Puerto Rico, que permanecerían bajo soberanía española hasta finales del siglo XIX.
Fernando VII recuperó el absolutismo en 1823, pero ya no pudo reconstruir plenamente el mundo anterior a 1808
Tras la intervención francesa de 1823, Fernando VII anuló de nuevo la legislación constitucional. Los primeros años estuvieron marcados por una dura represión contra los liberales. Rafael del Riego fue ejecutado y miles de españoles volvieron al exilio.
Sin embargo, la monarquía no pudo limitarse a restaurar sin cambios el sistema anterior. La pérdida de la mayor parte de América agravó los problemas de Hacienda y obligó a buscar una administración más eficaz. Algunos ministros impulsaron reformas técnicas y fiscales sin abandonar el absolutismo.
Esa política provocó también una oposición desde el extremo absolutista. Los realistas más radicales consideraban que Fernando VII era demasiado moderado y comenzaron a agruparse en torno a su hermano Carlos María Isidro. Al mismo tiempo, los liberales siguieron intentando derribar el régimen mediante conspiraciones y expediciones como la de Torrijos en 1831.
El regreso del absolutismo provocó ejecuciones, prisión y una nueva oleada de exiliados.
La ruina fiscal obligó a modernizar parcialmente la gestión del Estado.
Los absolutistas más radicales comenzaron a desconfiar de Fernando VII y miraron hacia Carlos María Isidro.
Los liberales mantuvieron la oposición clandestina y protagonizaron nuevos intentos insurreccionales.
El nacimiento de Isabel convirtió la sucesión al trono en una nueva crisis política
Durante años Fernando VII no tuvo descendencia. Su hermano Carlos María Isidro aparecía, por tanto, como heredero probable de la Corona y se convirtió progresivamente en referencia de los sectores absolutistas más radicales.
El matrimonio del rey con María Cristina de Borbón cambió la situación. En 1830 Fernando VII publicó la Pragmática Sanción, que permitía reinar a las mujeres y hacía posible que su futura descendencia femenina heredara la Corona. Ese mismo año nació la infanta Isabel.
Los partidarios de Carlos María Isidro rechazaron la nueva situación. Durante la enfermedad del rey en 1832, los llamados sucesos de La Granja mostraron hasta qué punto la cuestión dinástica se había convertido ya en una lucha política entre distintas concepciones de la monarquía.
No. La sucesión enfrentó a Isabel y Carlos María Isidro, pero detrás de ambos candidatos se agruparon proyectos políticos diferentes: el liberalismo que terminaría apoyando a Isabel frente al absolutismo tradicional defendido por los carlistas.
El reinado terminó con el imperio continental perdido y una nueva guerra civil a punto de comenzar
Fernando VII murió el 29 de septiembre de 1833. Su hija Isabel, de tres años, fue proclamada reina bajo la regencia de su madre María Cristina. Carlos María Isidro no reconoció sus derechos y reclamó la Corona.
El balance del reinado era contradictorio. Fernando VII había conseguido restaurar dos veces el absolutismo, pero no había podido borrar la experiencia liberal de Cádiz. Tampoco logró conservar la mayor parte de la América española, cuya emancipación transformó profundamente la posición internacional y financiera de la monarquía.
La muerte del rey no cerró los conflictos abiertos desde 1808. Al contrario, la cuestión sucesoria enlazó la lucha entre absolutismo y liberalismo con una nueva guerra civil: la Primera Guerra Carlista.
Los principales hitos entre 1808 y 1833
La desaparición del monarca legítimo abre una crisis de soberanía en toda la monarquía.
Distintas ciudades crean gobiernos propios ante la crisis de autoridad.
La monarquía intenta reorganizarse constitucionalmente con representación peninsular y americana.
Miguel Hidalgo encabeza el levantamiento de Nueva España.
El Congreso venezolano declara la ruptura política con la monarquía española.
La nación española se define como comunidad política de ambos hemisferios.
El rey anula la Constitución de 1812, restaura el absolutismo y comienza la persecución de los liberales.
Fernando VII gobierna como monarca absoluto mientras crecen la crisis fiscal y los pronunciamientos liberales.
La Corona impulsa una gran campaña de reconquista en el norte de Sudamérica.
El Congreso de Tucumán proclama la independencia de las Provincias Unidas.
San Martín cruza los Andes y la independencia de Chile se consolida.
Bolívar obtiene una victoria decisiva en Nueva Granada.
La expedición destinada a América se subleva y comienza el Trienio Liberal.
México alcanza la independencia y Carabobo consolida el proceso venezolano.
La victoria independentista asegura Quito.
Los absolutistas organizan una alternativa al gobierno constitucional.
La intervención francesa acaba con el Trienio Liberal y devuelve a Fernando VII el poder absoluto.
Fernando VII gobierna nuevamente como monarca absoluto.
La derrota realista destruye el principal poder militar español en Sudamérica.
Caen los últimos grandes focos realistas del continente americano.
Fernando VII abre la sucesión a su hija Isabel y altera las expectativas de Carlos María Isidro.
Fracasa una de las principales conspiraciones liberales contra el absolutismo.
La enfermedad del rey agrava la disputa entre isabelinos y partidarios de Carlos María Isidro.
Isabel II hereda la Corona y comienza la crisis que desembocará en la Primera Guerra Carlista.
Monarcas, militares y dirigentes de la ruptura de la América española
Fernando VII
Rey de España y protagonista de la restauración absolutista y de la política de reconquista americana.
Simón Bolívar
Dirigente fundamental de las independencias del norte de Sudamérica.
José de San Martín
Dirigió las campañas que condujeron a la independencia de Argentina, Chile y parte del Perú.
Antonio José de Sucre
General independentista y vencedor de la batalla de Ayacucho.
Miguel Hidalgo
Sacerdote y dirigente de la primera gran insurrección de la independencia mexicana.
José María Morelos
Continuó la insurgencia mexicana y formuló un programa político independentista.
Agustín de Iturbide
Militar mexicano que impulsó el Plan de Iguala y culminó la independencia en 1821.
Pablo Morillo
General enviado por Fernando VII para dirigir la gran expedición de reconquista de 1815.
Rafael del Riego
Su pronunciamiento de 1820 impidió la salida del gran ejército preparado para América.
Términos indispensables para comprender el reinado de Fernando VII y la independencia americana
El reinado transformó España, deshizo el imperio continental y dejó abierta la crisis sucesoria
La mayor parte de la América continental española quedó dividida en nuevas entidades políticas independientes.
La monarquía española perdió la mayor parte de sus territorios americanos continentales.
La pérdida de los territorios americanos agravó los problemas de una Hacienda española ya debilitada por décadas de guerra.
La ruptura modificó las antiguas redes mercantiles y abrió los nuevos Estados a relaciones económicas más amplias.
Las guerras dieron enorme protagonismo político a ejércitos, caudillos y jefes militares.
Los nuevos Estados afrontaron el difícil problema de construir instituciones, fronteras y legitimidades políticas.
España conservó importantes posesiones caribeñas durante buena parte del siglo XIX.
La solución gaditana no consiguió mantener unidos políticamente los territorios de ambos hemisferios.
La independencia americana alteró profundamente el equilibrio político y económico del mundo hispánico.
La restauración absolutista no consiguió eliminar las ideas y redes políticas nacidas en Cádiz.
Los pronunciamientos convirtieron a los militares en actores decisivos de la política española.
La disputa sucesoria de 1830-1833 preparó el estallido de la Primera Guerra Carlista.
Materiales para continuar estudiando el reinado de Fernando VII y la independencia de la América española
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