Victoria militar
El ejército de Dupont fue derrotado y obligado a capitular ante las fuerzas españolas.
La invasión napoleónica de 1808 desencadenó uno de los conflictos más decisivos de la Historia contemporánea de España. La guerra fue al mismo tiempo una lucha contra la ocupación extranjera, una guerra civil entre proyectos políticos enfrentados, una revolución liberal y un episodio fundamental de las guerras napoleónicas europeas.
De la alianza con Napoleón a la ocupación militar de España
El origen inmediato de la Guerra de la Independencia se encuentra en la creciente subordinación de la política exterior española a la Francia napoleónica. Desde finales del siglo XVIII, la alianza con Francia había enfrentado a España con Gran Bretaña, perjudicando el comercio colonial y debilitando su capacidad naval.
En octubre de 1807, el Tratado de Fontainebleau permitió que un ejército francés atravesara España para participar en la invasión de Portugal. Sin embargo, las tropas de Napoleón fueron ocupando posiciones estratégicas españolas y su presencia dejó de parecer una simple operación militar contra el país vecino.
Al mismo tiempo, la monarquía atravesaba una grave crisis interna. La oposición a Manuel Godoy se había agrupado alrededor del príncipe Fernando. En marzo de 1808, el Motín de Aranjuez provocó la caída del valido y la abdicación de Carlos IV en su hijo, que fue proclamado Fernando VII.
Napoleón aprovechó el enfrentamiento entre padre e hijo. Convocó a ambos en Bayona y consiguió que renunciaran a sus derechos sobre la Corona. Después entregó el trono español a su hermano José Bonaparte.
Las abdicaciones de Bayona crearon un problema político de enorme importancia: España tenía un nuevo rey reconocido por Napoleón, pero una parte creciente de la población consideraba que aquella transferencia de la Corona carecía de legitimidad.
De una insurrección madrileña al comienzo de una guerra general
Durante la primavera de 1808 aumentó en Madrid la tensión provocada por la presencia de tropas francesas. La salida hacia Bayona de los últimos miembros de la familia real alimentó el temor de que Napoleón pretendiera controlar definitivamente la monarquía.
El 2 de mayo de 1808, una multitud se concentró ante el Palacio Real cuando se preparaba la partida del infante Francisco de Paula. El enfrentamiento con las tropas francesas desencadenó una insurrección espontánea que se extendió por distintos puntos de Madrid.
La mayor parte del ejército español permaneció acuartelada, pero algunos militares, entre ellos los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se sumaron a la resistencia desde el parque de artillería de Monteleón.
Las fuerzas dirigidas por el mariscal Murat reprimieron con dureza el levantamiento. Durante la noche y la jornada siguiente numerosos detenidos fueron ejecutados. Los fusilamientos del 3 de mayo quedarían posteriormente convertidos, especialmente gracias a la pintura de Francisco de Goya, en uno de los grandes símbolos del conflicto.
Militarmente, el levantamiento madrileño fue derrotado. Políticamente, sin embargo, tuvo enormes consecuencias. Las noticias de Madrid se difundieron por la Península y numerosas ciudades y provincias comenzaron a organizar la resistencia.
Porque la represión francesa y las noticias sobre las abdicaciones de Bayona transformaron una protesta local en una crisis general de legitimidad. En muchas provincias surgieron juntas que rechazaron la autoridad de José I y comenzaron a organizar la resistencia.
Una victoria que alteró el curso inicial de la guerra
Durante las primeras semanas de la insurrección, los mandos franceses confiaban en sofocar rápidamente la resistencia. Uno de sus objetivos era asegurar Andalucía, una región rica, estratégica y todavía fuera del control efectivo de José I.
El general francés Pierre Dupont avanzó hacia el sur, pero encontró una resistencia mayor de la prevista. Después de saquear Córdoba, sus fuerzas quedaron en una situación comprometida ante la concentración de tropas españolas.
El 19 de julio de 1808, cerca de Bailén, el ejército español dirigido por el general Francisco Javier Castaños y otros mandos españoles consiguió derrotar a las tropas de Dupont.
La capitulación francesa tuvo una enorme repercusión europea. Por primera vez un ejército importante de Napoleón había sido derrotado y obligado a rendirse en campo abierto. El mito de la invencibilidad de las fuerzas imperiales sufrió un golpe considerable.
La consecuencia inmediata fue que José I abandonó Madrid y las tropas francesas retrocedieron temporalmente hacia el norte del Ebro. Durante unas semanas pareció posible expulsar a los franceses de España.
El ejército de Dupont fue derrotado y obligado a capitular ante las fuerzas españolas.
Bailén demostró que los ejércitos de Napoleón podían ser derrotados en una batalla convencional.
José I abandonó Madrid y la resistencia española ganó prestigio y confianza.
La respuesta imperial a la derrota de Bailén
Napoleón no estaba dispuesto a permitir que la derrota de Bailén pusiera en peligro su dominio sobre la Península. Durante el otoño de 1808 reunió un poderoso ejército compuesto por algunas de las mejores unidades del Imperio.
En noviembre cruzó la frontera y asumió personalmente la dirección de las operaciones. Los ejércitos españoles, dispersos y deficientemente coordinados, fueron derrotados sucesivamente.
La superioridad francesa permitió recuperar rápidamente la iniciativa. Napoleón avanzó hacia Madrid y entró en la capital en diciembre de 1808, restableciendo a José I.
La campaña mostró una de las grandes paradojas de la guerra. Francia podía derrotar con relativa facilidad a numerosos ejércitos españoles en campo abierto, pero encontraba enormes dificultades para controlar de manera permanente el territorio conquistado.
Las comunicaciones francesas eran vulnerables, las ciudades podían ofrecer una resistencia prolongada y en las zonas rurales aparecieron numerosas partidas armadas. Ganar batallas no significaba dominar España.
Porque debía ocupar un territorio muy amplio y hostil, proteger largas líneas de comunicación y enfrentarse simultáneamente a ejércitos regulares, ciudades sitiadas, guerrillas y, posteriormente, a las fuerzas británicas y portuguesas.
Ciudades convertidas en símbolos de resistencia frente al ejército francés
Una de las características más dramáticas de la Guerra de la Independencia fue la resistencia prolongada de algunas ciudades frente a los ejércitos franceses. Los sitios de Zaragoza y Gerona alcanzaron una enorme repercusión en la propaganda y en la memoria posterior del conflicto.
Zaragoza sufrió dos grandes asedios. Durante el primero, en el verano de 1808, la resistencia dirigida por José de Palafox consiguió obligar temporalmente a los franceses a retirarse.
El segundo sitio, entre finales de 1808 y febrero de 1809, fue mucho más destructivo. Los combates se extendieron calle por calle y casa por casa. La artillería, el hambre, las enfermedades y los enfrentamientos urbanos provocaron enormes pérdidas entre combatientes y población civil.
Gerona experimentó también varios ataques. El sitio más importante tuvo lugar en 1809, bajo el mando del general Mariano Álvarez de Castro. La ciudad resistió durante meses antes de capitular, agotada por los bombardeos, las enfermedades y la falta de alimentos.
Desde el punto de vista estrictamente militar, ambas ciudades acabaron cayendo. Sin embargo, obligaron a Francia a emplear durante meses miles de soldados y grandes cantidades de recursos que no podían utilizarse en otros frentes.
La ciudad soportó dos grandes sitios y se convirtió en uno de los símbolos más poderosos de la resistencia española.
Su prolongada resistencia durante 1809 inmovilizó importantes fuerzas francesas y tuvo una gran repercusión propagandística.
Los combates involucraron directamente a la población civil y causaron enormes pérdidas por hambre, enfermedad y destrucción.
Ataques continuos contra comunicaciones, convoyes y destacamentos franceses
A medida que el ejército francés ocupaba amplias zonas de la Península, surgieron numerosas partidas armadas que actuaban de forma irregular. Su objetivo no era enfrentarse a grandes unidades francesas en campo abierto, sino hostigar convoyes, correos, pequeñas guarniciones y líneas de abastecimiento.
Estas partidas conocían bien el terreno y podían dispersarse rápidamente después de cada ataque. Esto obligaba a los franceses a dedicar miles de soldados a proteger caminos, puentes, almacenes y comunicaciones.
Entre los jefes guerrilleros más conocidos destacaron Juan Martín Díaz, el Empecinado, y Francisco Espoz y Mina. Algunas partidas evolucionaron con el tiempo hacia unidades cada vez más organizadas y coordinadas con los ejércitos regulares.
La guerrilla tuvo un gran valor militar y psicológico, pero no debe interpretarse como la única causa de la derrota francesa. Su eficacia fue mayor cuando actuó en combinación con los ejércitos españoles y con la creciente presión británica desde Portugal.
La Península se convierte en un frente decisivo contra Napoleón
Gran Bretaña comprendió pronto que la Península ofrecía una oportunidad para abrir un frente terrestre contra Napoleón. Portugal se convirtió en la principal base de operaciones británica.
El general Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, organizó un ejército anglo-portugués que fue adquiriendo cada vez mayor importancia dentro del conflicto.
La defensa de Portugal se apoyó en las fortificaciones de las Líneas de Torres Vedras, que frenaron la ofensiva francesa y obligaron al ejército de Masséna a retirarse.
A partir de 1812, la situación comenzó a cambiar. La victoria aliada en Los Arapiles permitió recuperar Madrid temporalmente y mostró que la iniciativa militar empezaba a pasar a los aliados.
La guerra peninsular obligó a Napoleón a mantener un gran número de soldados en España justo cuando el Imperio comenzaba a sufrir graves dificultades en otros frentes europeos.
Porque aportó un ejército regular capaz de enfrentarse de forma sostenida a las fuerzas francesas y convirtió Portugal y España en un frente permanente que consumía importantes recursos militares del Imperio napoleónico.
De Los Arapiles a la retirada francesa de la Península
A partir de 1812, la situación estratégica comenzó a favorecer claramente a los aliados. Francia necesitaba recursos para otros frentes europeos, especialmente después del desastre de la campaña de Rusia.
La victoria de Wellington en Los Arapiles, en julio de 1812, debilitó el control francés sobre el centro de la Península y permitió una nueva entrada aliada en Madrid.
Aunque los franceses todavía conservaron posiciones importantes, ya no podían mantener la misma presión que durante los años anteriores. La combinación de los ejércitos aliados, las fuerzas españolas y la guerrilla hacía cada vez más difícil sostener la ocupación.
En 1813, Wellington lanzó una gran ofensiva hacia el norte. Las fuerzas francesas se retiraron progresivamente mientras trataban de proteger sus comunicaciones con Francia.
La derrota definitiva del dominio francés en España
El 21 de junio de 1813, el ejército aliado dirigido por Wellington obtuvo una victoria decisiva en la batalla de Vitoria. José I y las fuerzas francesas tuvieron que abandonar gran parte del territorio español.
La derrota aceleró la retirada francesa hacia los Pirineos. Poco después, la victoria de San Marcial, el 31 de agosto de 1813, confirmó el hundimiento de la posición francesa en la Península.
La guerra comenzó entonces a trasladarse al propio territorio francés. Napoleón, cada vez más presionado por sus enemigos europeos, buscó una salida política al conflicto español.
En diciembre de 1813 firmó con Fernando VII el Tratado de Valençay, por el que reconocía al monarca español y permitía su regreso.
El conflicto terminaba militarmente, pero la crisis política abierta en 1808 continuaba. Fernando VII regresaría en 1814 a una España transformada por seis años de guerra, por las juntas y por la revolución liberal de Cádiz.
Terminó la guerra contra Francia, pero no el conflicto político. Absolutistas y liberales tenían proyectos incompatibles para la monarquía, y esa disputa marcaría buena parte del siglo XIX.
Nacional, internacional, civil, política e irregular al mismo tiempo
Amplios sectores combatieron contra una ocupación extranjera y defendieron la legitimidad de Fernando VII.
La Península fue uno de los principales escenarios de las guerras napoleónicas europeas.
Patriotas y afrancesados defendieron proyectos políticos incompatibles para España.
El vacío de poder permitió crear juntas, convocar Cortes y cuestionar la soberanía absoluta.
Las guerrillas mantuvieron una presión continua sobre comunicaciones y destacamentos franceses.
El ejército de Wellington proporcionó una fuerza regular decisiva durante la fase final del conflicto.
Seis años de guerra transformaron profundamente la política, la economía y la sociedad españolas
La Guerra de la Independencia no terminó simplemente con la expulsión de los franceses. Entre 1808 y 1814 España sufrió una profunda ruptura política, económica y social cuyas consecuencias se prolongaron durante buena parte del siglo XIX.
La guerra destruyó ciudades, campos, talleres, caminos e infraestructuras y provocó graves pérdidas humanas y materiales.
La Hacienda quedó exhausta, la producción se resintió y las comunicaciones y el comercio sufrieron graves interrupciones.
Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812 formularon un nuevo modelo político basado en la soberanía nacional y el constitucionalismo.
La guerra dio gran protagonismo a los militares, que durante las décadas siguientes intervendrían repetidamente en la vida política mediante pronunciamientos.
La crisis de la monarquía favoreció la formación de juntas en América y aceleró los procesos que conducirían a la independencia de gran parte del imperio continental.
La resistencia frente a Napoleón y la obra de las Cortes contribuyeron a difundir una concepción política moderna de la nación española.
Tras el regreso de Fernando VII, numerosos afrancesados y liberales sufrieron persecución, depuración o tuvieron que abandonar España.
La restauración absolutista de 1814 no resolvió el conflicto político abierto en Cádiz, que dominaría buena parte del reinado de Fernando VII.
Aunque Fernando VII restauró el absolutismo, el orden político anterior a 1808 ya no pudo reconstruirse plenamente.
Los principales hitos de la Guerra de la Independencia
España permite la entrada de tropas francesas para participar en la invasión de Portugal.
Godoy cae y Carlos IV abdica en Fernando VII.
Napoleón obtiene la renuncia de Carlos IV y Fernando VII y entrega la Corona a José Bonaparte.
La insurrección madrileña y la represión francesa aceleran la rebelión en numerosas provincias.
El ejército español derrota y obliga a capitular a las fuerzas del general Dupont.
El emperador dirige personalmente una gran ofensiva y recupera Madrid.
La ciudad soporta dos grandes asedios antes de caer en manos francesas.
La ciudad resiste durante meses hasta capitular tras enormes pérdidas.
La victoria aliada permite a Wellington tomar temporalmente Madrid.
La derrota francesa precipita la retirada de José I y del ejército napoleónico.
Las fuerzas aliadas derrotan a los franceses cerca de la frontera.
Napoleón reconoce a Fernando VII como rey de España.
El monarca vuelve a España después de seis años de guerra y cautiverio.
Militares, monarcas y protagonistas de la guerra
Monarcas, militares y dirigentes que protagonizaron las distintas dimensiones del conflicto
Napoleón Bonaparte
Emperador francés e impulsor de la intervención en España. Tras la derrota de Bailén dirigió personalmente la gran ofensiva francesa de finales de 1808.
José I
Rey de España impuesto por Napoleón entre 1808 y 1813. Su reinado quedó condicionado por la guerra, la resistencia y la dependencia del ejército francés.
Fernando VII
Rey ausente durante la guerra. La resistencia se organizó en gran medida en su nombre mientras permanecía retenido en Francia.
Arthur Wellesley, duque de Wellington
Principal comandante aliado en la Península. Las victorias de los Arapiles y Vitoria fueron decisivas para el hundimiento de la posición francesa en España.
Francisco Javier Castaños
General español cuya victoria en Bailén obligó a José I a abandonar Madrid en 1808.
Teodoro Reding
General que dirigió sobre el terreno las fuerzas españolas que bloquearon y derrotaron a Dupont el 19 de julio.
José de Palafox
Capitán general de Aragón y principal figura militar de la resistencia de Zaragoza durante los grandes sitios de 1808 y 1809.
Mariano Álvarez de Castro
General español que dirigió la resistencia de Gerona durante el gran sitio de 1809, convertido después en uno de los símbolos de la defensa de la ciudad.
Juan Martín Díaz, el Empecinado
Uno de los guerrilleros más conocidos de la guerra. Sus partidas hostigaron las comunicaciones y destacamentos franceses y acabaron adquiriendo una organización cada vez más militar.
Francisco Espoz y Mina
Uno de los principales jefes guerrilleros de la Guerra de la Independencia. Organizó la División de Navarra y se convirtió después en una destacada figura militar del liberalismo español.
Pierre Dupont de l'Étang
General francés que dirigió la campaña de Andalucía en 1808. Tras ocupar Córdoba, su ejército fue derrotado y obligado a capitular después de la batalla de Bailén.
Agustina de Aragón
Símbolo de la resistencia popular durante los Sitios de Zaragoza. Su actuación en la batería del Portillo la convirtió en una de las figuras más conocidas de la Guerra de la Independencia.
Términos esenciales para comprender el conflicto
Lecturas, documentos y contenidos para profundizar en la Guerra de la Independencia
1807
El Tratado de Fontainebleau, firmado el 27 de octubre de 1807 por representantes de España y Francia, autorizó el paso de tropas napoleónicas por territorio español para invadir Portugal y proyectó el reparto posterior de ese reino.
El acuerdo formal no preveía la ocupación de España. Sin embargo, las tropas francesas habían empezado a entrar antes de su firma y Napoleón amplió después el despliegue mucho más allá de las necesidades portuguesas. Esa diferencia entre tratado y ejecución abrió la puerta militar a la crisis de 1808.
Napoleón intentaba aislar económicamente a Gran Bretaña mediante el bloqueo continental. Portugal, ligado a los británicos por una antigua alianza política y comercial, se resistía a cerrar por completo sus puertos. Controlarlos se convirtió en una prioridad francesa.
España seguía aliada con Francia pese al coste de la guerra naval y aceptó participar en la operación. Para Godoy, la intervención ofrecía además la posibilidad de obtener una compensación territorial y reforzar su posición dentro de la alianza napoleónica.
El tratado fue firmado en Fontainebleau por Eugenio Izquierdo, representante de Godoy, y Géraud Duroc, hombre de confianza de Napoleón. Su contenido se mantuvo secreto.
España autorizaba a las fuerzas francesas a atravesar su territorio y se comprometía a cooperar militarmente en la invasión. Esa autorización era limitada por su finalidad: permitir la campaña portuguesa, no entregar a Francia el control de ciudades y fortalezas españolas.
El acuerdo preveía dividir Portugal en tres zonas. El norte se convertiría en el Reino de Lusitania Septentrional para la antigua casa gobernante de Etruria. Alentejo y Algarve formarían un Principado de los Algarves destinado a Godoy, con carácter hereditario.
La zona central quedaría reservada hasta que una futura paz decidiera su destino. El proyecto demuestra que Fontainebleau no era solo un convenio de tránsito militar: reorganizaba de antemano Portugal y vinculaba personalmente al favorito de Carlos IV con el resultado de la campaña.
El dato más revelador es que el movimiento francés ya había comenzado. El ejército de Jean-Andoche Junot cruzó los Pirineos el 18 de octubre de 1807, nueve días antes de la firma. Después atravesó España y entró en Lisboa a finales de noviembre.
La entrada anticipada muestra que el tratado proporcionó cobertura jurídica a una operación militar ya iniciada. España no negociaba desde una posición de igualdad: Napoleón marcaba el ritmo y disponía de fuerzas en movimiento antes de que el acuerdo estuviera formalmente concluido.
Tras el ejército destinado a Portugal entraron nuevos cuerpos franceses. En lugar de limitarse a las rutas necesarias para la invasión, ocuparon posiciones estratégicas y fortalezas españolas, entre ellas Pamplona y San Sebastián. El número y la ubicación de las tropas desbordaban claramente lo pactado.
Fontainebleau no causó por sí solo la caída de Carlos IV, pero permitió que un aliado situara fuerzas dentro de la monarquía mientras la Corte atravesaba una grave división. Ahí reside su importancia: el tratado abrió una puerta legal para una campaña contra Portugal y Napoleón la utilizó para construir una capacidad de intervención sobre España antes de la crisis cortesana de 1808.
17–19 de marzo de 1808
El Motín de Aranjuez, desarrollado entre el 17 y el 19 de marzo de 1808, fue el episodio que provocó la caída de Manuel Godoy y la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo Fernando VII.
El motín combinó un profundo descontento popular con una crisis política dentro de la propia familia real. Los partidarios del príncipe Fernando aprovecharon la impopularidad de Godoy, la presencia creciente de tropas francesas en España y el temor a que la familia real abandonara Aranjuez para movilizar a la población contra el favorito de Carlos IV.
Lo que aparentemente parecía resolver la crisis de la Monarquía abrió en realidad una situación mucho más grave. Carlos IV no aceptó posteriormente como libre su renuncia al trono y recurrió a Napoleón, mientras Fernando buscaba también el reconocimiento del emperador. Napoleón aprovecharía aquel enfrentamiento dinástico para llevar a ambos a Bayona y hacerse con el control de la Corona española.
En los primeros meses de 1808, la Monarquía de Carlos IV atravesaba una profunda crisis política.
El largo protagonismo de Manuel Godoy en el gobierno había generado una fuerte oposición entre sectores de la nobleza, miembros de la Corte y buena parte de la opinión pública.
A esta impopularidad se sumaban las consecuencias de años de guerra, los problemas financieros de la Monarquía y la creciente dependencia de la Francia de Napoleón Bonaparte.
Dentro de la propia familia real se había formado además una facción alrededor del príncipe Fernando de Asturias, enfrentada políticamente a Godoy y cada vez más distanciada de Carlos IV.
La oposición a Godoy encontró un referente en el príncipe Fernando, heredero de la Corona.
Alrededor del príncipe se agrupó un sector de la aristocracia y de la Corte que veía en la caída del favorito la posibilidad de recuperar influencia política.
La tensión había quedado públicamente de manifiesto en 1807 con la conspiración de El Escorial, cuando se descubrieron contactos y maniobras políticas de personas próximas al príncipe.
Fernando pidió entonces perdón a sus padres y fue finalmente perdonado, pero la reconciliación fue solo aparente. El enfrentamiento entre el heredero y Godoy continuó creciendo.
La situación se hizo todavía más peligrosa después de la firma del Tratado de Fontainebleau el 27 de octubre de 1807.
España permitió el paso de tropas francesas por su territorio para participar en la invasión y reparto de Portugal, aliado tradicional de Gran Bretaña.
Sin embargo, los soldados franceses no se limitaron a atravesar la Península. Durante los meses siguientes fueron entrando nuevos contingentes y varias plazas estratégicas españolas quedaron bajo control francés.
Pamplona, Barcelona, San Sebastián y otras posiciones fueron ocupadas, mientras la presencia militar de Napoleón adquiría cada vez más el aspecto de una auténtica ocupación.
A comienzos de marzo de 1808, el ejército francés mandado por Joaquín Murat avanzaba hacia Madrid.
En la Corte creció el temor a que Napoleón pretendiera intervenir directamente en los asuntos españoles y controlar a la familia real, como ya había ocurrido en Portugal.
Godoy consideró la posibilidad de trasladar a la familia real hacia Andalucía, donde podría permanecer protegida y, en último extremo, disponer de una vía hacia América.
El precedente portugués era muy reciente: la familia real portuguesa había abandonado Lisboa y se había trasladado a Brasil ante la entrada de las tropas francesas.
Carlos IV, María Luisa de Parma, el príncipe Fernando, Godoy y buena parte de la Corte se encontraban en el Real Sitio de Aranjuez.
La posibilidad de trasladar a los reyes hacia el sur comenzó a difundirse entre la población.
Los enemigos de Godoy presentaron aquella posible salida como una maniobra del favorito para alejar a los monarcas y mantener su control sobre ellos.
La tensión aumentó rápidamente y Aranjuez se llenó de rumores, partidarios del príncipe Fernando y personas procedentes también de localidades próximas.
Durante la noche del 17 de marzo de 1808 comenzó la movilización.
Grupos de personas se concentraron en Aranjuez al grito de apoyo al príncipe Fernando y contra Manuel Godoy.
La protesta popular se encontraba favorecida y alentada por miembros de la facción fernandina, que buscaban provocar la caída política del favorito.
El objetivo principal de los amotinados no era inicialmente derribar la Monarquía, sino eliminar a Godoy y favorecer la posición del príncipe de Asturias.
Los amotinados se dirigieron hacia la residencia de Manuel Godoy.
El edificio fue asaltado y saqueado mientras se buscaba al Príncipe de la Paz, considerado por muchos responsable de los problemas de la Monarquía.
Godoy consiguió permanecer oculto durante más de un día mientras continuaban los disturbios y sus enemigos controlaban progresivamente la situación.
La ausencia del favorito no puso fin a la presión sobre Carlos IV. La multitud continuaba reclamando su destitución y exigiendo cambios políticos inmediatos.
Ante la gravedad de los acontecimientos, Carlos IV decidió destituir a Godoy de sus cargos.
Era una concesión extraordinaria. Durante años, Godoy había sido el hombre de máxima confianza de los reyes y uno de los personajes con mayor poder dentro de la Monarquía.
Sin embargo, la destitución no logró restablecer la calma. La crisis había dejado de ser simplemente una protesta contra el favorito y comenzaba a afectar directamente a la autoridad del propio monarca.
El 19 de marzo, Godoy fue finalmente descubierto después de haber permanecido oculto desde el inicio del motín.
Al aparecer fue rodeado por la multitud, insultado y agredido. Su vida llegó a correr peligro.
Las autoridades consiguieron hacerse cargo del antiguo favorito y conducirlo bajo custodia.
Godoy, que durante años había ocupado la posición política más poderosa junto a los reyes, se encontraba ahora prisionero de los partidarios del príncipe Fernando.
Ese mismo 19 de marzo de 1808, Carlos IV tomó una decisión todavía más trascendental: abdicó la Corona en su hijo Fernando.
El príncipe de Asturias se convirtió así en Fernando VII.
Para gran parte de la población, la caída de Godoy y la llegada al trono del joven Fernando parecían representar el final de una etapa de desprestigio político.
El nuevo rey fue recibido con enorme entusiasmo y comenzó a construirse rápidamente la imagen del monarca llamado posteriormente «el Deseado».
La cuestión de cómo se produjo la renuncia de Carlos IV tendría consecuencias fundamentales.
Aunque la abdicación permitió inicialmente la proclamación de Fernando, Carlos IV sostuvo poco después que había actuado bajo la presión de los acontecimientos y que su renuncia no podía considerarse plenamente libre.
De esta forma quedaron enfrentadas dos legitimidades: Fernando se consideraba rey por la abdicación de su padre, mientras Carlos IV cuestionaba posteriormente la validez de aquella renuncia.
La disputa abrió una fractura dinástica que Napoleón utilizaría en su propio beneficio.
El emperador francés observó cómo la familia real española había quedado profundamente enfrentada.
Carlos IV necesitaba la intervención de Napoleón para recuperar su posición, mientras Fernando VII esperaba que el emperador reconociese oficialmente su nuevo título.
Ambos buscaban, por tanto, el apoyo de la misma persona que había introducido decenas de miles de soldados franceses en España.
Para Napoleón, aquella división ofrecía una oportunidad excepcional para intervenir directamente en la sucesión española.
Después del motín, Fernando VII abandonó Aranjuez y se dirigió hacia Madrid.
El 24 de marzo de 1808 realizó su entrada en la capital en medio de grandes manifestaciones de entusiasmo popular.
Sin embargo, la situación era profundamente contradictoria: las tropas francesas de Murat habían entrado en Madrid el día anterior.
El nuevo rey ocupaba el trono, pero la capital española estaba ya sometida a una poderosa presencia militar francesa.
Fernando VII necesitaba conseguir el reconocimiento de Napoleón. El emperador evitó acudir personalmente a Madrid y fue haciendo creer al nuevo monarca que podrían encontrarse más al norte.
Fernando abandonó Madrid el 10 de abril de 1808 y comenzó un viaje que lo llevaría sucesivamente hacia Burgos, Vitoria y finalmente Bayona, ya en territorio francés.
Carlos IV, María Luisa de Parma y Godoy terminarían también trasladándose hasta allí.
Napoleón consiguió reunir fuera de España a los principales miembros de la familia real y pudo presentarse como árbitro del conflicto dinástico que había estallado en Aranjuez.
El Motín de Aranjuez no puede entenderse aisladamente de los acontecimientos que ocurrieron apenas unas semanas después.
La abdicación de Carlos IV había creado una disputa sobre quién era el legítimo titular de la Corona. Napoleón aprovechó aquella situación para presionar a los Borbones españoles reunidos en Bayona.
A comienzos de mayo, Fernando devolvió la Corona a su padre y Carlos IV cedió posteriormente sus derechos a Napoleón, dentro del complejo proceso conocido como las Abdicaciones de Bayona.
El emperador entregaría después la Corona española a su hermano José Bonaparte.
Durante mucho tiempo el Motín de Aranjuez fue presentado de manera sencilla como una explosión espontánea del pueblo español contra Manuel Godoy.
La movilización popular fue real y la impopularidad del favorito era profunda. Sin embargo, el episodio tuvo también una clara dimensión política y cortesana.
Los partidarios del príncipe Fernando aprovecharon y favorecieron la agitación para provocar la caída de Godoy y debilitar definitivamente la posición de Carlos IV.
Por ello resulta más adecuado entender Aranjuez como la convergencia entre descontento popular, rivalidad política y lucha por el poder dentro de la familia real.
El Motín de Aranjuez suele aparecer integrado dentro del relato de la Guerra de la Independencia, pero conviene distinguir ambos procesos.
En marzo de 1808 la movilización de Aranjuez no estaba dirigida fundamentalmente contra el ejército francés, sino contra Godoy y el gobierno de Carlos IV.
De hecho, muchos partidarios de Fernando VII esperaban todavía que Napoleón apoyase al nuevo monarca.
La ruptura abierta con Francia se produciría después, especialmente tras las noticias procedentes de Bayona y el levantamiento del 2 de Mayo en Madrid.
El Motín de Aranjuez fue mucho más que la caída de un ministro.
En apenas dos días desapareció del poder Manuel Godoy, Carlos IV perdió la Corona y Fernando VII accedió al trono en medio de una creciente ocupación militar francesa.
La Monarquía española quedó además dividida entre un padre que cuestionaba su propia abdicación y un hijo que necesitaba el reconocimiento de Napoleón.
La crisis interna de la dinastía facilitó así la intervención del emperador y condujo directamente a Bayona, al reinado de José I y a la crisis política que desembocaría en la Guerra de la Independencia.
Mayo de 1808
Entre el 5 y el 12 de mayo de 1808, Napoleón aprovechó el enfrentamiento entre Carlos IV y Fernando VII para obtener una cadena de renuncias que puso a su disposición los derechos dinásticos de los Borbones españoles.
El núcleo de las abdicaciones de los dos reyes se produjo los días 5 y 6 de mayo; las renuncias de otros miembros de la familia se completaron después, hasta el día 12. Napoleón entregó la Corona a José Bonaparte, pero la operación no produjo una legitimidad aceptada en España.
El Motín de Aranjuez había obligado a Carlos IV a abdicar el 19 de marzo en su hijo Fernando. Carlos sostuvo poco después que la renuncia era inválida porque se había producido bajo coacción, mientras Fernando VII buscaba consolidar su nuevo poder.
Ambos recurrieron a Napoleón. Fernando salió de Madrid el 10 de abril y llegó a Bayona el día 20 esperando ser reconocido como rey. Carlos IV, María Luisa y Godoy llegaron después. El desplazamiento dejó a los principales miembros de la dinastía bajo el control político y militar del emperador.
Napoleón no actuó como un mediador neutral. Había decidido sustituir a los Borbones por una dinastía vinculada a su imperio y utilizó las reclamaciones opuestas de padre e hijo para presionarlos por separado. Carlos exigía recuperar la Corona; Fernando defendía la legitimidad de la abdicación de Aranjuez.
Mientras continuaban las negociaciones, el levantamiento madrileño del 2 de mayo mostró que la presencia francesa ya provocaba resistencia. Las renuncias se firmaron, por tanto, bajo presión francesa y cuando la crisis había dejado de ser únicamente cortesana.
Los días 5 y 6 de mayo se produjo el núcleo de la operación. Carlos IV formalizó la cesión a Napoleón de sus derechos sobre la Corona, mientras Fernando renunció en favor de su padre. Los documentos fueron presentados como una cadena continua: Fernando VII → Carlos IV → Napoleón Bonaparte.
La sucesión documental no fue una simple abdicación de un rey en otro. Incluyó convenios, renuncias y cesiones con compensaciones económicas y garantías para la familia real. Napoleón buscaba revestir el cambio de dinastía de una apariencia jurídica y evitar presentarlo como una conquista directa.
La operación no terminó con los dos monarcas. Los infantes y otros posibles sucesores fueron llamados a renunciar a sus derechos, y la cadena dinástica quedó completada hasta el 12 de mayo. Por eso conviene distinguir entre las abdicaciones centrales del 5–6 de mayo y el conjunto de renuncias familiares del 5–12.
Carlos y Fernando firmaron documentos, pero lo hicieron fuera de España, sometidos a una presión política evidente y sin libertad para abandonar Bayona. Además, disponer de la Corona no era equivalente a transmitir sin oposición la soberanía sobre todos los territorios de la monarquía.
Una parte importante de las autoridades y de la población rechazó la validez de las renuncias. La ausencia de un rey reconocido y el rechazo al monarca designado por Napoleón abrieron un vacío de legitimidad: ya no estaba claro quién podía ejercer legítimamente el gobierno.
El 6 de junio de 1808, Napoleón otorgó la Corona a su hermano José Bonaparte, hasta entonces rey de Nápoles. José I recibió así un título construido sobre las cesiones de Bayona, pero no el reconocimiento general de sus nuevos súbditos.
La consecuencia inmediata fue una monarquía dividida entre la legalidad impuesta por Napoleón y la fidelidad mantenida a Fernando VII. Las juntas surgidas en distintos territorios asumieron funciones de gobierno en nombre del rey ausente. Esa ruptura de 1808 originó una crisis de soberanía que se desarrollaría durante la guerra.
2 de mayo de 1808
El levantamiento del 2 de Mayo de 1808 en Madrid fue la insurrección popular que transformó la creciente tensión provocada por la ocupación francesa en un enfrentamiento abierto. La chispa se produjo ante el Palacio Real, cuando numerosos madrileños intentaron impedir la salida hacia Francia de los últimos miembros de la familia real que permanecían en la capital, especialmente el infante Francisco de Paula.
La intervención de las tropas francesas desencadenó combates por diferentes puntos de Madrid, especialmente en la Puerta del Sol y en el Parque de Artillería de Monteleón, donde los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, junto al teniente Jacinto Ruiz, se unieron a los civiles que combatían contra los soldados de Murat.
El levantamiento fue sofocado ese mismo día y seguido por una dura represión y por los fusilamientos de numerosos detenidos durante la madrugada del 3 de mayo. Sin embargo, las noticias de Madrid se difundieron rápidamente y contribuyeron decisivamente a extender la insurrección contra la ocupación napoleónica por gran parte de España.
Cuando llegó el 2 de mayo, Madrid llevaba varias semanas sometido a una poderosa presencia militar francesa.
Las tropas de Joaquín Murat habían entrado en la capital el 23 de marzo de 1808, presentándose todavía oficialmente como fuerzas aliadas de España.
Al día siguiente, el recién proclamado Fernando VII hizo su entrada en Madrid después de la abdicación de Carlos IV producida durante el Motín de Aranjuez.
La situación era profundamente contradictoria: Fernando ocupaba formalmente el trono, pero miles de soldados franceses controlaban ya la capital y otras importantes posiciones de la Península.
Fernando VII confiaba todavía en obtener el reconocimiento de Napoleón.
El 10 de abril de 1808 abandonó Madrid y comenzó el viaje hacia el norte que terminaría conduciéndolo hasta Bayona.
Carlos IV y María Luisa de Parma acudirían también a la ciudad francesa. Napoleón estaba consiguiendo reunir fuera de España a los principales miembros de la familia real mientras continuaba aumentando su control militar sobre el territorio.
En Madrid permanecieron todavía algunos miembros de la familia real, entre ellos el joven infante Francisco de Paula.
Durante abril aumentó progresivamente la tensión entre los habitantes de Madrid y los soldados franceses.
Lo que inicialmente había sido presentado como una presencia militar aliada comenzaba a percibirse como una auténtica ocupación.
Las tropas francesas circulaban por las calles, ocupaban edificios y posiciones estratégicas y mantenían una actitud cada vez más dominante.
Al mismo tiempo llegaban noticias confusas sobre Fernando VII, Carlos IV y las negociaciones que estaban teniendo lugar fuera de España. La población desconocía todavía cuál sería el destino de la Corona.
En la mañana del 2 de mayo de 1808 comenzaron a prepararse nuevos carruajes frente al Palacio Real de Madrid.
La intención era trasladar hacia Francia a los últimos miembros de la familia real que permanecían en la capital.
Cuando los madrileños congregados ante el Palacio comprendieron que el infante Francisco de Paula iba también a abandonar Madrid, comenzó una fuerte agitación.
Para una parte de la multitud, aquella salida significaba que los franceses estaban llevándose definitivamente a toda la familia real española.
La tensión frente al Palacio se transformó rápidamente en violencia.
La multitud intentó impedir la salida de los carruajes y comenzó a enfrentarse con los soldados franceses presentes en la zona.
Las tropas francesas intervinieron contra los congregados y se produjeron los primeros muertos.
La noticia corrió rápidamente por Madrid. Lo que había comenzado como una protesta frente al Palacio se convirtió en pocas horas en una insurrección urbana contra las tropas francesas.
Grupos de madrileños comenzaron a recorrer las calles atacando a los soldados franceses que encontraban a su paso.
La mayoría de los insurgentes carecía de armamento militar. Combatían con cuchillos, navajas, escopetas, herramientas, palos y cualquier arma disponible.
La revuelta se extendió por diferentes zonas de la ciudad y adquirió rápidamente un carácter extremadamente violento.
Frente a ellos se encontraba uno de los ejércitos más poderosos de Europa, formado por tropas profesionales y veteranas de las campañas napoleónicas.
Uno de los combates más violentos se produjo en la Puerta del Sol.
Hacia allí convergieron fuerzas francesas procedentes de diferentes puntos de Madrid, entre ellas unidades de caballería de la Guardia Imperial.
Entre estas tropas se encontraban los célebres mamelucos, jinetes incorporados al ejército napoleónico después de la campaña francesa de Egipto.
Los habitantes de Madrid se enfrentaron cuerpo a cuerpo con la caballería. La extrema violencia de aquellos combates sería inmortalizada años después por Francisco de Goya.
Una de las características fundamentales del levantamiento fue que no comenzó como una insurrección organizada por el Ejército español.
Las unidades españolas existentes en Madrid habían recibido órdenes de permanecer en sus cuarteles y evitar un enfrentamiento abierto con las tropas francesas.
La mayor parte de los militares obedeció esas instrucciones mientras los combates se extendían por la ciudad.
Hubo, sin embargo, una excepción que acabaría convirtiéndose en uno de los episodios más conocidos de toda la Guerra de la Independencia: el Parque de Artillería de Monteleón.
Numerosos madrileños acudieron al Parque de Artillería de Monteleón buscando armas con las que enfrentarse a los franceses.
Allí se encontraba el capitán de Artillería Luis Daoíz, mientras el también capitán Pedro Velarde llegó al recinto decidido a participar en la resistencia.
Se les unió el teniente de Infantería Jacinto Ruiz con parte de sus hombres, además de numerosos civiles.
Los militares españoles decidieron finalmente abrir las puertas, distribuir armas y organizar la defensa del Parque.
La defensa de Monteleón constituyó la principal participación organizada de militares españoles en el levantamiento.
Luis Daoíz, como oficial de mayor antigüedad, asumió el mando de la defensa, mientras Pedro Velarde y Jacinto Ruiz participaron directamente en los combates.
Artilleros, soldados y civiles lograron rechazar inicialmente algunos ataques franceses, utilizando las piezas disponibles en el recinto.
Sin embargo, la superioridad numérica francesa terminó imponiéndose cuando llegaron nuevos contingentes contra la posición.
Los franceses consiguieron finalmente penetrar en el Parque después de duros combates.
Pedro Velarde murió durante la lucha y Luis Daoíz fue mortalmente herido. Jacinto Ruiz resultó gravemente herido, aunque consiguió sobrevivir inicialmente al combate.
La caída de Monteleón terminó con uno de los últimos grandes focos organizados de resistencia de aquella jornada.
Daoíz y Velarde se convertirían posteriormente en dos de los grandes símbolos militares del levantamiento del 2 de Mayo.
Las tropas francesas desplegaron progresivamente su superioridad militar por las calles de Madrid.
Infantería, artillería y caballería fueron empleadas para acabar con los diferentes grupos de resistencia.
Hacia la tarde, las fuerzas de Murat habían recuperado esencialmente el control de la ciudad.
Pero el final de los combates no significó el final de la violencia. Comenzó inmediatamente una intensa represión contra los participantes y sospechosos de haber intervenido en la revuelta.
Murat ordenó castigar con severidad el levantamiento para impedir que pudiera reproducirse.
Numerosos madrileños fueron detenidos durante y después de los enfrentamientos.
Las autoridades francesas establecieron procedimientos militares rápidos para juzgar a los detenidos y se ordenaron ejecuciones en diferentes puntos de la ciudad.
La intención era restablecer inmediatamente la autoridad francesa, pero la dureza de la respuesta contribuyó a transformar los sucesos madrileños en un poderoso símbolo de resistencia.
Durante la noche del 2 al 3 de mayo, grupos de prisioneros fueron conducidos a diferentes lugares de Madrid para ser ejecutados.
Entre los escenarios de los fusilamientos estuvieron la Montaña del Príncipe Pío, las inmediaciones de la Puerta de la Vega y otras zonas de la capital.
Aquellas ejecuciones se convertirían posteriormente en una de las imágenes más poderosas de la guerra gracias a Francisco de Goya.
El levantamiento y su represión formaban así dos partes de un mismo episodio: la insurrección popular del día 2 y la respuesta francesa que culminó durante la madrugada siguiente.
Mientras Madrid combatía, las noticias comenzaron a salir rápidamente de la capital.
En la tarde del 2 de mayo, en la localidad de Móstoles, los alcaldes Andrés Torrejón y Simón Hernández firmaron un oficio alertando de lo ocurrido y reclamando el auxilio de otras poblaciones.
El texto había sido impulsado y redactado por Juan Pérez Villamil y fue enviado por la ruta de Extremadura para transmitir la noticia.
El llamado posteriormente Bando de los Alcaldes de Móstoles se convertiría en uno de los documentos simbólicos del comienzo de la insurrección contra la presencia francesa.
Militarmente, el levantamiento del 2 de Mayo terminó en derrota. Los franceses conservaron el control de Madrid.
Políticamente, sin embargo, sus consecuencias fueron completamente distintas.
Durante las semanas siguientes, las noticias de Madrid, la presencia creciente de tropas francesas y las informaciones sobre lo ocurrido con la familia real provocaron levantamientos en numerosos territorios.
Surgieron juntas locales y provinciales, comenzaron a organizarse ejércitos y distintas autoridades declararon la guerra a Napoleón.
La crisis dinástica iniciada en Aranjuez y Bayona estaba convirtiéndose definitivamente en una guerra contra la ocupación francesa.
Ninguna representación posterior ha influido tanto en la memoria del levantamiento como las pinturas de Francisco de Goya.
En 1814, terminada la guerra, Goya realizó El 2 de mayo de 1808 en Madrid, conocido también como La lucha con los mamelucos, y El 3 de mayo de 1808 en Madrid, dedicado a los fusilamientos.
Ambas obras forman prácticamente un díptico: la primera representa la violencia desordenada del combate callejero; la segunda, la violencia organizada de la represión.
Gracias a ellas, los acontecimientos del 2 y 3 de mayo se convirtieron además en una de las imágenes universales de la violencia de la guerra.
La memoria posterior convirtió el 2 de Mayo en uno de los grandes episodios fundacionales de la Guerra de la Independencia.
Sin embargo, para comprenderlo históricamente conviene destacar su carácter esencialmente popular y urbano.
La mayoría del Ejército español de Madrid permaneció acuartelada. Fueron sobre todo civiles quienes comenzaron los enfrentamientos y combatieron en las calles.
La defensa de Monteleón constituye la gran excepción: allí una pequeña parte de las fuerzas españolas decidió unirse abiertamente a la insurrección.
El 2 de Mayo no fue una batalla convencional ni una insurrección militar previamente organizada.
Fue una explosión de violencia popular producida en una ciudad ocupada, en medio de una profunda crisis política y dinástica.
Los franceses consiguieron sofocar militarmente el levantamiento, pero no pudieron impedir que su significado se extendiera por la Península.
Durante las semanas posteriores, la formación de juntas, la movilización militar y las declaraciones de guerra transformarían aquellos sucesos en un conflicto general.
Por ello, el 2 de mayo de 1808 quedó fijado en la memoria histórica como uno de los grandes momentos que marcaron el comienzo de la Guerra de la Independencia española.
19 de julio de 1808
La batalla de Bailén, librada el 19 de julio de 1808, enfrentó al ejército francés del general Pierre Dupont con las fuerzas españolas del Ejército de Andalucía.
El mando general español correspondía a Francisco Javier Castaños, pero el combate principal fue sostenido directamente por las divisiones de Teodoro Reding y Antonio Malet de Coupigny, que bloquearon la retirada francesa hacia Sierra Morena.
Incapaz de romper las líneas españolas y amenazado en su retaguardia por las fuerzas de Castaños, Dupont terminó solicitando una suspensión de las hostilidades. Las negociaciones culminaron el 22 de julio en las Capitulaciones de Andújar. La derrota provocó la evacuación francesa de Madrid y causó una enorme conmoción en Europa al demostrar que un ejército napoleónico podía ser derrotado y obligado a capitular.
Después del levantamiento contra la presencia francesa, Napoleón ordenó al general Pierre Dupont avanzar hacia Andalucía.
El objetivo era asegurar el control francés sobre el sur de la Península, restablecer las comunicaciones con Cádiz y neutralizar una región donde las nuevas juntas estaban organizando una fuerte resistencia.
Dupont avanzó desde Madrid atravesando La Mancha y Sierra Morena. El 7 de junio de 1808 derrotó a las fuerzas españolas que defendían el puente de Alcolea y entró en Córdoba.
La ocupación y el posterior saqueo de la ciudad aumentaron considerablemente la hostilidad contra las tropas francesas y favorecieron la movilización militar de las juntas andaluzas.
La situación francesa comenzó a deteriorarse rápidamente.
La insurrección se extendía por Andalucía y las comunicaciones de Dupont con Madrid resultaban cada vez más inseguras. Ante el riesgo de quedar aislado en Córdoba, decidió abandonar la ciudad y replegarse hacia Andújar.
Allí esperaba recibir refuerzos y conservar abierta la ruta hacia Sierra Morena y La Mancha.
El ejército francés quedó, sin embargo, desplegado a lo largo de una extensa línea de comunicaciones, con distintas divisiones separadas entre Andújar, Bailén y los pasos de Sierra Morena.
Mientras Dupont permanecía en Andújar, las juntas andaluzas organizaron un ejército regular para enfrentarse a él.
Las fuerzas procedentes de Sevilla y Granada se reunieron bajo el mando general de Francisco Javier Castaños.
Entre sus principales divisiones se encontraban la Primera División de Teodoro Reding y la Segunda División del marqués de Coupigny, además de las fuerzas mandadas por Félix Jones y Manuel de la Peña.
No se trataba simplemente de una masa de voluntarios improvisados: una parte muy importante del Ejército de Andalucía estaba formada por tropas regulares y oficiales profesionales, reforzados por nuevas unidades y voluntarios movilizados por las juntas.
El mando español diseñó una maniobra destinada a envolver al ejército francés.
Castaños permanecería frente a Dupont en la zona de Andújar mientras otras divisiones cruzaban el Guadalquivir y avanzaban sobre Mengíbar y Bailén.
El objetivo era amenazar la retaguardia francesa y cortar la ruta de retirada hacia Sierra Morena.
Para Dupont, mantener abiertas aquellas comunicaciones era esencial: si los españoles conseguían situarse entre su ejército y los pasos del norte, podía quedar atrapado en Andalucía.
El 16 de julio, las tropas de Teodoro Reding cruzaron el Guadalquivir y se enfrentaron a las fuerzas francesas en Mengíbar.
Durante los combates resultó mortalmente herido el general francés Jacques-Nicolas Gobert.
La retirada francesa del sector abrió a Reding la posibilidad de avanzar hacia Bailén y amenazar directamente las comunicaciones de Dupont.
La acción de Mengíbar fue, por tanto, uno de los acontecimientos decisivos de la campaña: obligó al mando francés a replantearse su permanencia en Andújar.
Las divisiones de Reding y Coupigny se concentraron alrededor de Bailén durante el 18 de julio.
Su posición era estratégicamente extraordinaria: se encontraban sobre la carretera que comunicaba Andújar con Sierra Morena y La Mancha.
Reding esperaba inicialmente tener que enfrentarse a fuerzas francesas procedentes del norte, especialmente las del general Vedel.
Sin embargo, el enemigo que aparecería durante la madrugada siguiente llegaría desde la dirección contraria.
Al comprender que las tropas españolas amenazaban su retaguardia, Dupont decidió abandonar Andújar durante la noche del 18 al 19 de julio.
Su objetivo era alcanzar Bailén, reunirse con las fuerzas francesas situadas más al norte y atravesar Sierra Morena.
La marcha se realizó de noche y en condiciones difíciles. El ejército transportaba artillería, heridos, equipajes y numerosos vehículos que ralentizaban su avance.
Dupont desconocía que las divisiones completas de Reding y Coupigny se encontraban ya desplegadas delante de él.
Durante las primeras horas del 19 de julio de 1808, la vanguardia francesa alcanzó las proximidades del puente del Rumblar.
La batalla comenzó en medio de una considerable confusión. Era todavía de noche y ninguno de los dos bandos conocía con exactitud la posición y entidad de las fuerzas que tenía delante.
Las primeras unidades españolas fueron obligadas a retroceder, pero Reding consiguió reorganizar rápidamente sus fuerzas y establecer una línea defensiva delante de Bailén.
Cuando comenzó a amanecer, ambos ejércitos pudieron comprender mejor la situación en la que se encontraban.
Aunque Castaños era el general en jefe del Ejército de Andalucía, no se encontraba inicialmente en el campo de batalla de Bailén.
Las fuerzas que hicieron frente directamente a Dupont estaban bajo las órdenes de Teodoro Reding y Antonio Malet de Coupigny.
Por su posición y antigüedad, Reding ejerció el mando superior inmediato del dispositivo español durante el combate.
Esta distinción es fundamental para comprender correctamente Bailén: Castaños dirigió la campaña; Reding dirigió sobre el terreno buena parte del combate decisivo.
La artillería desempeñó un papel especialmente importante durante la batalla.
Las piezas españolas estaban bien emplazadas y pudieron actuar con gran eficacia contra las columnas francesas que intentaban avanzar sobre el centro de la posición.
Los ataques franceses tuvieron que realizarse sobre un terreno abierto y bajo el fuego combinado de la artillería y la infantería españolas.
La imposibilidad de romper rápidamente la línea permitió a Reding mantener la cohesión de sus fuerzas y ganar tiempo mientras las tropas de Castaños continuaban aproximándose desde Andújar.
Dupont comprendió que necesitaba abrirse paso antes de que su ejército quedara completamente atrapado.
A lo largo de la mañana lanzó sucesivos ataques contra el centro y los flancos españoles.
Infantería, caballería y artillería francesa intentaron romper el dispositivo de Reding y Coupigny, pero los ataques fueron rechazados.
Las unidades francesas se encontraban además progresivamente agotadas por las marchas de los días anteriores y por la retirada nocturna desde Andújar.
La batalla se desarrolló bajo el intenso calor del verano andaluz.
La temperatura, el polvo, el humo y el esfuerzo físico aumentaron considerablemente el agotamiento de los combatientes.
La población de Bailén colaboró proporcionando agua y asistencia a los soldados españoles. La tradición local ha conservado especialmente el nombre de María Bellido, vinculada al suministro de agua durante el combate.
El calor fue un factor importante, pero no debe considerarse la causa única de la derrota francesa. El resultado se explica fundamentalmente por la situación estratégica de Dupont, la resistencia de las líneas españolas, la actuación de la artillería y la amenaza de quedar rodeado.
Durante uno de los ataques, el propio general Dupont resultó herido.
La situación francesa era cada vez más difícil. Sus tropas no conseguían atravesar las posiciones españolas y la capacidad ofensiva del ejército disminuía después de cada intento.
Al mismo tiempo llegaban noticias de que las fuerzas españolas de Castaños avanzaban desde Andújar sobre la retaguardia francesa.
Dupont se encontraba ante la posibilidad real de quedar encerrado entre dos agrupaciones españolas.
Después de fracasar los ataques, Dupont solicitó una suspensión de las hostilidades.
Comenzaron entonces conversaciones entre los mandos franceses y españoles para determinar las condiciones de una posible rendición.
Para entonces, las tropas procedentes de Andújar estaban cerrando progresivamente la situación sobre el ejército francés.
El combate principal había terminado, pero la campaña todavía reservaba un último episodio relacionado con las fuerzas francesas que permanecían al norte de Bailén.
El general francés Dominique Honoré Vedel se encontraba con su división al norte de Bailén y no había participado en el combate principal.
Al aproximarse posteriormente a la zona, desconocía inicialmente que Dupont había acordado una suspensión de las hostilidades.
Sus fuerzas llegaron a atacar posiciones españolas antes de recibir órdenes del propio Dupont para detener el combate.
Vedel consiguió todavía alejarse hacia Sierra Morena, pero fue obligado a regresar cuando los españoles exigieron que sus fuerzas quedaran incluidas en las negociaciones generales.
Las negociaciones continuaron durante los días siguientes bajo la dirección general de Castaños.
Finalmente, el 22 de julio de 1808 se firmaron las denominadas Capitulaciones de Andújar, en una casa de postas situada entre Bailén y Andújar.
Las tropas directamente mandadas por Dupont quedaron como prisioneras de guerra.
Las divisiones de Vedel y Dufour fueron también incluidas en el acuerdo, aunque inicialmente se establecieron para ellas condiciones diferentes, que contemplaban su evacuación hacia Francia.
La dimensión histórica de Bailén no se debió únicamente al número de soldados implicados.
Por primera vez durante el Imperio, una importante fuerza napoleónica había sido derrotada y obligada a capitular ante un ejército enemigo.
El acontecimiento tuvo un enorme impacto psicológico porque rompía la imagen de superioridad militar que Francia había construido después de años de victorias en Europa.
La noticia se difundió rápidamente por el continente y convirtió el nombre de Bailén en un símbolo de la posibilidad de derrotar a los ejércitos de Napoleón.
Las consecuencias estratégicas fueron inmediatas.
José Bonaparte, que acababa de instalarse como rey de España, abandonó Madrid ante el riesgo de que las fuerzas francesas quedaran aisladas en el centro de la Península.
Los ejércitos imperiales se replegaron hacia el norte y establecieron temporalmente su línea principal de defensa alrededor del Ebro.
Durante algunas semanas pareció que la insurrección española podía expulsar definitivamente a los franceses.
Napoleón recibió la noticia de Bailén como un grave desastre político y militar.
El emperador decidió intervenir personalmente para restablecer la situación en España.
Durante el otoño de 1808 reunió un poderoso ejército y cruzó los Pirineos al frente de fuerzas veteranas procedentes de sus campañas europeas.
En pocas semanas derrotó sucesivamente a varios ejércitos españoles en Gamonal, Espinosa de los Monteros y Tudela, atravesó Somosierra y volvió a ocupar Madrid.
Bailén había sido una victoria extraordinaria, pero no había acabado con la capacidad militar del Imperio francés.
La proximidad del combate a la localidad permitió que sus habitantes colaborasen directamente con las tropas españolas.
Hombres y mujeres ayudaron en el abastecimiento de agua, el traslado de heridos y otras tareas de apoyo.
La memoria popular convirtió a María Bellido en el principal símbolo de aquella colaboración, representada tradicionalmente llevando agua a los soldados durante la batalla.
Aunque algunos elementos concretos de esa tradición se fueron engrandeciendo con el tiempo, la participación de la población local en el apoyo a las tropas está bien integrada en la memoria histórica de la batalla.
La memoria posterior identificó durante mucho tiempo la victoria principalmente con Francisco Javier Castaños.
La atribución tiene fundamento: Castaños era el general en jefe del Ejército de Andalucía y asumía la responsabilidad estratégica de la campaña.
Sin embargo, durante la batalla del 19 de julio el combate principal fue dirigido sobre el terreno por Teodoro Reding, acompañado por el marqués de Coupigny.
La victoria debe entenderse, por tanto, como el resultado de una dirección colectiva: Castaños en el mando general, Reding y Coupigny en el campo de batalla y numerosos oficiales, artilleros y unidades que hicieron posible mantener el dispositivo.
La enorme repercusión de la victoria generó pronto un relato heroico que simplificó algunos aspectos del combate.
Bailén no fue una victoria de una multitud improvisada sobre soldados profesionales franceses. El Ejército de Andalucía contaba con una importante proporción de tropas regulares españolas y oficiales experimentados.
Tampoco debe explicarse la derrota francesa únicamente por el calor o la falta de agua. Ambos factores influyeron en el agotamiento, pero Dupont se encontraba además en una situación estratégica muy desfavorable, con sus fuerzas dispersas y su vía de retirada bloqueada.
Finalmente, la victoria no significó que la Guerra de la Independencia estuviera decidida. Apenas cuatro meses después, Napoleón había recuperado Madrid.
Bailén constituye uno de los acontecimientos militares más importantes de la primera fase de la Guerra de la Independencia.
Su importancia no reside únicamente en la derrota de Dupont, sino en sus consecuencias políticas, estratégicas y psicológicas.
La victoria obligó a los franceses a abandonar temporalmente Madrid, reforzó la autoridad de las juntas españolas y tuvo una gran repercusión entre los enemigos europeos de Napoleón.
Al mismo tiempo, creó una confianza excesiva en la capacidad de los ejércitos españoles para enfrentarse en grandes batallas convencionales a las mejores fuerzas imperiales.
La campaña de Napoleón del otoño demostraría pronto que Bailén había sido una victoria extraordinaria, pero no el final de la guerra.
1769–1821
Napoleón Bonaparte fue general, primer cónsul y emperador de los franceses, además de la figura dominante de la política europea durante los primeros años del siglo XIX. Su intervención en España transformó una antigua alianza en una guerra prolongada. Tras aprovechar la crisis dinástica de 1808, consiguió que Carlos IV y Fernando VII renunciaran a la Corona en Bayona y colocó en el trono español a su hermano José Bonaparte. La resistencia española, la guerrilla y la intervención británica convirtieron la Península en uno de los principales frentes del Imperio. Aunque Napoleón intervino personalmente y recuperó Madrid a finales de 1808, nunca logró someter completamente el país. La derrota francesa culminó en 1813 con la retirada de José I y el regreso de Fernando VII.
Napoleón nació en Ajaccio, Córcega, en 1769, pocos meses después de que la isla pasara definitivamente bajo soberanía francesa. Formado como oficial de artillería, su carrera avanzó rápidamente durante la Revolución francesa.
Sus campañas en Italia lo convirtieron en uno de los generales más prestigiosos de Francia. Tras la expedición de Egipto, regresó a París y participó en el golpe del 18 de Brumario de 1799, que puso fin al Directorio.
Convertido en primer cónsul, concentró progresivamente el poder en sus manos y en 1804 se proclamó emperador de los franceses. Durante los años siguientes sus ejércitos derrotaron repetidamente a las grandes monarquías europeas y extendieron la influencia francesa por buena parte del continente.
Cuando Napoleón alcanzó el poder, España mantenía desde finales del siglo XVIII una estrecha alianza con Francia. Durante el reinado de Carlos IV y bajo la dirección política de Manuel Godoy, la Monarquía española había quedado progresivamente vinculada a la estrategia francesa frente a Gran Bretaña.
Esa alianza tuvo enormes consecuencias para España. La más grave fue la derrota naval de Trafalgar en 1805, donde la escuadra combinada franco-española fue destruida por la flota británica dirigida por Nelson.
Tras fracasar en su intento de derrotar directamente a Gran Bretaña, Napoleón impulsó el Bloqueo Continental, destinado a cerrar los puertos europeos al comercio británico.
Portugal mantenía estrechas relaciones comerciales con Gran Bretaña y se resistía a aplicar plenamente el Bloqueo Continental. Napoleón decidió entonces ocupar el reino portugués.
El Tratado de Fontainebleau de octubre de 1807, firmado entre Francia y España, permitió que tropas francesas atravesaran territorio español para participar en la invasión de Portugal.
El ejército del general Junot avanzó rápidamente hacia Lisboa y la familia real portuguesa huyó a Brasil.
Sin embargo, las tropas francesas no se limitaron a utilizar España como vía de paso. Nuevos contingentes comenzaron a entrar en la Península y ocuparon posiciones estratégicas como Pamplona, Barcelona, Figueras y San Sebastián.
La operación portuguesa se estaba convirtiendo progresivamente en una intervención directa sobre España.
Napoleón encontró una Monarquía profundamente dividida. Carlos IV y Godoy se enfrentaban a un poderoso grupo cortesano organizado alrededor del príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII.
El Motín de Aranjuez de marzo de 1808 provocó la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV en su hijo.
Padre e hijo buscaron entonces el apoyo de Napoleón para resolver la disputa dinástica. El emperador comprendió que aquella crisis le ofrecía la oportunidad de intervenir directamente en la Corona española.
Fernando VII viajó hacia Francia confiando en obtener el reconocimiento de Napoleón. El encuentro terminaría produciéndose en Bayona.
Durante las negociaciones celebradas en Bayona en mayo de 1808, Napoleón presionó a los miembros de la familia real española para que renunciaran a sus derechos sobre la Corona.
Fernando VII devolvió la Corona a Carlos IV y este terminó transfiriendo sus derechos a Napoleón.
El emperador había conseguido situarse formalmente en disposición de reorganizar la Monarquía española sin necesidad de proclamarse él mismo rey de España.
Su intención era incorporar el país al sistema político napoleónico, sustituyendo a los Borbones por una nueva dinastía vinculada directamente al Imperio francés.
Mientras la familia real permanecía en Bayona, Madrid estaba ocupada por tropas francesas dirigidas por el mariscal Joachim Murat.
El 2 de mayo de 1808, el intento de trasladar fuera de Madrid a los últimos miembros de la familia real desencadenó una insurrección popular.
Soldados franceses y habitantes de la ciudad combatieron durante horas en distintos puntos de Madrid. La rebelión fue finalmente reprimida y al día siguiente numerosos detenidos fueron ejecutados.
Lo que Napoleón había planteado inicialmente como una sustitución dinástica controlada comenzó a transformarse en una guerra abierta.
Napoleón decidió colocar en el trono a su hermano mayor, José Bonaparte, que hasta entonces había sido rey de Nápoles.
El 6 de junio de 1808 fue nombrado rey de España y pocos días después aceptó la Corona.
Para proporcionar una estructura política al nuevo régimen, Napoleón convocó en Bayona una asamblea de notables españoles y participó personalmente en la elaboración del Estatuto de Bayona.
El nuevo sistema pretendía introducir reformas administrativas y políticas manteniendo al mismo tiempo una monarquía fuerte y estrechamente vinculada al Imperio francés.
Napoleón había subestimado profundamente la capacidad de resistencia que provocaría la sustitución de los Borbones.
Durante las semanas siguientes al levantamiento madrileño, numerosas provincias crearon juntas que rechazaron la autoridad francesa y comenzaron a organizar fuerzas militares.
La insurrección adquirió rápidamente dimensiones nacionales y obligó a Francia a desplegar grandes contingentes en distintos puntos de la Península.
Al mismo tiempo, Gran Bretaña encontró la oportunidad de abrir un importante frente terrestre contra el Imperio y comenzó a apoyar militarmente a portugueses y españoles.
El golpe más grave para los planes iniciales de Napoleón llegó en Andalucía.
El 19 de julio de 1808, el ejército francés dirigido por Pierre Dupont fue derrotado en Bailén por el Ejército de Andalucía bajo el mando general de Francisco Javier Castaños.
La posterior capitulación de las fuerzas francesas tuvo una enorme repercusión en Europa. Un ejército de Napoleón había sido obligado a rendirse en una batalla campal.
José Bonaparte abandonó Madrid y las fuerzas francesas tuvieron que replegarse hacia el norte del Ebro.
Napoleón comprendió que la situación exigía su intervención personal.
En el otoño de 1808, Napoleón reunió un poderoso ejército compuesto por algunas de las mejores unidades de la Grande Armée y asumió personalmente la dirección de la campaña.
Cruzó la frontera en noviembre y lanzó una rápida ofensiva contra los ejércitos españoles.
Las victorias francesas en Gamonal, Espinosa de los Monteros y Tudela desarticularon buena parte del dispositivo español y permitieron al emperador avanzar directamente hacia Madrid.
La campaña mostró nuevamente la enorme superioridad operativa que los ejércitos napoleónicos podían alcanzar cuando eran dirigidos directamente por el emperador y concentrados en grandes masas de maniobra.
El principal obstáculo en el camino hacia Madrid era el puerto de Somosierra, defendido por fuerzas españolas y varias baterías de artillería.
El 30 de noviembre de 1808, las tropas francesas atacaron la posición. La célebre carga de los chevau-légers polacos de la Guardia Imperial contribuyó a romper la defensa española y abrir el paso hacia la capital.
Napoleón pudo continuar entonces su avance hasta las puertas de Madrid.
A comienzos de diciembre de 1808, Napoleón estableció su cuartel general en Chamartín, desde donde dirigió las operaciones contra Madrid.
La ciudad terminó capitulando el 4 de diciembre de 1808.
Desde Chamartín, Napoleón promulgó una serie de decretos destinados a acelerar la transformación política y social del país. Entre otras medidas, decretó la abolición de determinados derechos feudales, la supresión de la Inquisición, la reducción del número de conventos y la eliminación de las aduanas interiores.
Con estas reformas pretendía debilitar las estructuras del Antiguo Régimen y atraer hacia la nueva monarquía a sectores reformistas de la sociedad española.
Después de la recuperación de Madrid, Napoleón permitió que José I regresara al trono.
Sin embargo, la intervención personal del emperador puso de manifiesto uno de los problemas fundamentales de la nueva monarquía: José pretendía actuar como verdadero rey de España, mientras Napoleón consideraba la Península una pieza dentro de su estrategia imperial.
Los mariscales franceses recibían frecuentemente órdenes directamente del emperador y disponían de una autonomía que limitaba la autoridad efectiva de José.
Esta contradicción entre el proyecto de una monarquía josefina española y las necesidades militares del Imperio permanecería durante toda la guerra.
Napoleón no pudo permanecer mucho tiempo en Madrid. Un ejército británico dirigido por John Moore había penetrado desde Portugal hacia el interior de España y amenazaba las comunicaciones francesas.
El emperador emprendió rápidamente una campaña hacia el noroeste para intentar interceptarlo.
El ejército británico consiguió retirarse hacia Galicia mientras las fuerzas francesas avanzaban en condiciones invernales extremadamente difíciles.
Napoleón llegó hasta la zona de Astorga, pero las noticias de una nueva amenaza austríaca en Europa alteraron sus prioridades estratégicas.
En enero de 1809, Napoleón abandonó personalmente la Península y regresó a Francia.
Nunca volvería a dirigir directamente las operaciones militares en España.
A partir de entonces dejó la guerra en manos de José y de sus principales mariscales, entre ellos Soult, Masséna, Suchet, Victor, Ney y Marmont.
Aquella decisión tuvo consecuencias importantes. Sin una dirección única, los distintos ejércitos franceses actuaron con frecuencia de forma poco coordinada y sus comandantes mantuvieron constantes rivalidades.
Uno de los mayores problemas para el dominio francés fue la extensión de la guerra de guerrillas.
Partidas dirigidas por hombres como Espoz y Mina, el Empecinado, Julián Sánchez o Porlier atacaban convoyes, correos, pequeñas guarniciones y líneas de comunicación.
La presencia de grandes ejércitos franceses podía garantizar el dominio de ciudades y carreteras importantes, pero resultaba mucho más difícil controlar de manera permanente amplias zonas rurales.
Para mantener abiertas las comunicaciones y proteger los suministros, Francia tuvo que dispersar miles de soldados en pequeñas guarniciones y columnas móviles.
La intervención británica añadió una dimensión decisiva al conflicto. Desde Portugal, Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, fue construyendo un ejército anglo-portugués cada vez más eficaz.
Portugal se convirtió en una base prácticamente permanente desde la que los aliados podían lanzar nuevas ofensivas sobre España.
Los franceses intentaron repetidamente expulsar a los británicos de la Península, pero fracasaron. Las Líneas de Torres Vedras detuvieron en 1810-1811 la gran ofensiva de Masséna contra Lisboa.
Desde entonces la posición francesa comenzó a deteriorarse progresivamente.
Los ejércitos franceses obtuvieron numerosas victorias y ocuparon durante años las principales ciudades españolas. En determinados momentos controlaron Madrid, Barcelona, Sevilla, Zaragoza y amplias regiones de la Península.
Pero el dominio territorial era extremadamente inestable. Las comunicaciones podían quedar interrumpidas, las guerrillas recuperaban zonas abandonadas y los ejércitos españoles se reorganizaban después de sucesivas derrotas.
La guerra obligaba así a Napoleón a mantener en la Península enormes contingentes que podrían haber sido empleados en otros frentes europeos.
La situación cambió definitivamente en 1812. Napoleón concentró una enorme cantidad de recursos para su invasión de Rusia y tuvo que reducir la prioridad estratégica del frente español.
Wellington aprovechó la situación y lanzó una nueva ofensiva. La victoria aliada en la batalla de los Arapiles del 22 de julio de 1812 obligó a José I a abandonar temporalmente Madrid.
Aunque los franceses pudieron recuperar todavía algunas posiciones, el equilibrio estratégico había comenzado a cambiar de forma irreversible.
En 1813, Wellington lanzó una gran ofensiva desde Portugal y avanzó rápidamente hacia el norte de España.
El 21 de junio, el ejército aliado derrotó a las fuerzas francesas en la batalla de Vitoria.
José Bonaparte perdió buena parte de sus equipajes y documentos y abandonó definitivamente España.
Los ejércitos aliados continuaron avanzando hacia los Pirineos y terminaron llevando la guerra al propio territorio francés.
El proyecto iniciado por Napoleón en Bayona cinco años antes había fracasado.
Ante el deterioro general de la situación militar del Imperio, Napoleón decidió poner fin al conflicto español.
En diciembre de 1813 se alcanzó el Tratado de Valençay, por el que el emperador reconocía nuevamente a Fernando VII como rey de España.
El monarca, que había permanecido durante años en Francia, pudo regresar a España en 1814.
La restitución de Fernando simbolizaba el fracaso definitivo de la sustitución dinástica diseñada por Napoleón en 1808.
El fracaso en España coincidió con problemas todavía mayores para el Imperio francés. La desastrosa campaña de Rusia de 1812 permitió que nuevas coaliciones europeas se organizaran contra Napoleón.
Después de las derrotas sufridas en Alemania y de la invasión de Francia, Napoleón abdicó en abril de 1814 y fue enviado a la isla de Elba.
Regresó al poder brevemente en 1815 durante los Cien Días, pero la derrota de Waterloo el 18 de junio puso fin definitivamente a su gobierno.
Los británicos lo enviaron entonces a la remota isla de Santa Elena, en el Atlántico Sur.
Napoleón pasó los últimos años de su vida en Santa Elena bajo vigilancia británica.
Durante aquel periodo dictó numerosos recuerdos sobre su trayectoria política y militar y contribuyó activamente a construir una interpretación de su propio legado.
Murió el 5 de mayo de 1821, a los 51 años. Sus restos fueron trasladados posteriormente a Francia y depositados en Los Inválidos de París.
La intervención española constituye una de las decisiones más trascendentales del reinado de Napoleón.
El emperador consiguió inicialmente aprovechar la crisis de la familia real, sustituir a los Borbones y ocupar gran parte del territorio con sus ejércitos. Pero había infravalorado la resistencia que provocaría la intervención.
La Guerra de la Independencia combinó levantamientos populares, ejércitos regulares españoles, guerrillas y la intervención militar británica y portuguesa. Francia tuvo que mantener durante años enormes fuerzas en una guerra que nunca consiguió resolver definitivamente.
España se convirtió además en un ejemplo para otros adversarios del Imperio: demostraba que los ejércitos napoleónicos podían ser desgastados mediante una combinación de resistencia local y operaciones militares convencionales.
La derrota de Vitoria y la posterior retirada hacia Francia cerraron una intervención que había comenzado en 1807 como una operación contra Portugal y terminó contribuyendo al debilitamiento general del sistema napoleónico europeo.
1768–1844
José Bonaparte, hermano mayor de Napoleón, fue rey de Nápoles antes de recibir de manos del emperador la Corona española tras las abdicaciones de Bayona de 1808. Reinó como José I entre 1808 y 1813, apoyándose en el Estatuto de Bayona y en un grupo de españoles reformistas conocidos como afrancesados. Intentó desarrollar un programa de modernización administrativa, económica y cultural, pero su autoridad estuvo permanentemente condicionada por la Guerra de la Independencia, la presencia de los ejércitos franceses y la intervención directa de Napoleón. La derrota francesa en Vitoria en 1813 puso fin definitivamente a su reinado.
José Bonaparte nació en Corte, Córcega, en 1768. Era el hermano mayor de Napoleón Bonaparte y, a diferencia de este, recibió inicialmente una formación orientada hacia el Derecho y la actividad política.
Durante la Revolución francesa participó en la vida política de la República y desarrolló importantes misiones diplomáticas. Fue diputado en el Consejo de los Quinientos y participó posteriormente en negociaciones internacionales como los tratados de Lunéville y Amiens.
La extraordinaria ascensión política de Napoleón terminó transformando también la trayectoria de sus hermanos. Convertido Napoleón en emperador, José pasó a formar parte del sistema de monarquías familiares mediante el cual el emperador intentó reorganizar buena parte de Europa.
En 1806, después de la ocupación francesa del reino de Nápoles, Napoleón colocó a José en su trono. Durante los dos años siguientes intentó introducir reformas administrativas y jurídicas inspiradas en el modelo francés.
Su experiencia napolitana fue importante porque José desarrolló una concepción de la monarquía distinta de la simple ocupación militar. Aspiraba a ejercer personalmente como soberano y a disponer de un gobierno propio, una pretensión que posteriormente provocaría frecuentes conflictos con Napoleón durante su reinado español.
En 1808, sin embargo, los planes del emperador para la Península Ibérica le reservarían un destino completamente diferente.
La crisis de la Monarquía española alcanzó su punto culminante durante la primavera de 1808. Después del Motín de Aranjuez, la abdicación de Carlos IV en Fernando VII y la intervención de Napoleón, padre e hijo fueron conducidos a Bayona.
Allí se produjeron en mayo las conocidas abdicaciones de Bayona, mediante las cuales Napoleón terminó disponiendo de los derechos sobre la Corona española.
El 6 de junio de 1808 Napoleón nombró a su hermano José rey de España y de las Indias. José aceptó la Corona el 10 de junio y abandonó el trono de Nápoles para trasladarse a Bayona.
La operación pretendía presentar el cambio dinástico como una reorganización legal de la Monarquía. En buena parte de España, sin embargo, el proceso fue considerado una imposición extranjera.
Napoleón reunió en Bayona una asamblea de notables españoles con la intención de proporcionar una base institucional a la nueva monarquía. De aquellas reuniones surgió el Estatuto de Bayona de 1808.
No se trataba de una constitución nacida de la soberanía nacional en el sentido que posteriormente defenderían las Cortes de Cádiz, sino de una carta otorgada vinculada a la nueva dinastía. Sin embargo, introducía reformas importantes en la organización del Estado y limitaba algunos elementos de la estructura política del Antiguo Régimen.
El texto preveía Cortes, Consejo de Estado, ministerios y una nueva organización de la administración, al tiempo que reconocía determinados derechos y establecía una representación específica para los territorios americanos.
José aceptó aquel marco político como fundamento de su monarquía, aunque la guerra impediría que muchas de sus disposiciones pudieran aplicarse plenamente.
José entró en España en el verano de 1808 en una situación muy diferente de la que Napoleón había previsto. El levantamiento iniciado en Madrid el 2 de mayo se había extendido rápidamente por numerosas provincias y habían surgido juntas que rechazaban la autoridad francesa.
Cuando José llegó a Madrid, la Guerra de la Independencia ya había comenzado. Su proclamación como rey en la capital tuvo lugar el 25 de julio de 1808.
La nueva dinastía no logró obtener el reconocimiento de buena parte de la población. Para sus adversarios, Fernando VII continuaba siendo el monarca legítimo y José era simplemente el «rey intruso» impuesto por Napoleón.
El comienzo del reinado quedó inmediatamente marcado por una grave derrota militar francesa. El 19 de julio de 1808, el ejército del general Pierre Dupont fue derrotado en Bailén por el Ejército de Andalucía.
La noticia provocó una profunda conmoción en el dispositivo francés. José, que apenas acababa de instalarse en Madrid, decidió abandonar la capital el 30 de julio y retirarse hacia el norte.
Durante varios meses, gran parte del centro de España quedó nuevamente fuera del control francés. La derrota demostraba que la nueva monarquía dependía directamente de la capacidad militar de los ejércitos napoleónicos para mantenerse.
La situación obligó al propio Napoleón a intervenir personalmente en la Península.
En otoño de 1808 Napoleón cruzó los Pirineos al frente de un poderoso ejército. En una rápida campaña derrotó a los ejércitos españoles que intentaban impedir su avance y llegó nuevamente hasta Madrid.
La capital capituló a comienzos de diciembre. José pudo regresar a ella y recuperar formalmente el ejercicio del gobierno, pero el episodio dejó clara una realidad que acompañaría todo su reinado: su autoridad dependía del poder militar de su hermano.
José deseaba gobernar como auténtico rey de España, mientras Napoleón concebía la Península fundamentalmente dentro de su estrategia militar europea. Esa diferencia provocaría continuas tensiones entre ambos.
José Bonaparte no gobernó únicamente con funcionarios y militares franceses. A su alrededor se reunió un grupo de españoles que aceptaron colaborar con la nueva monarquía y que serían conocidos como afrancesados.
Entre ellos había antiguos ilustrados, altos funcionarios, juristas, intelectuales y miembros de la administración que consideraban que la nueva dinastía podía permitir la realización de reformas que la Monarquía borbónica no había sido capaz de llevar a cabo.
Algunos colaboraron por convicción reformista; otros lo hicieron para mantener el funcionamiento de la administración o por adaptación a las nuevas circunstancias. Por ello, el fenómeno del afrancesamiento fue mucho más complejo que una simple adhesión política a Napoleón.
Tras la derrota francesa, muchos de ellos tendrían que abandonar España, iniciándose uno de los grandes exilios políticos de la historia contemporánea española.
El gobierno josefino intentó desarrollar una amplia reorganización del Estado inspirada en los principios administrativos surgidos de la Revolución francesa y del Imperio napoleónico.
Entre sus objetivos se encontraban la centralización administrativa, la racionalización de los ministerios y tribunales, la reorganización fiscal, la reforma de la educación y la reducción de algunas estructuras institucionales procedentes del Antiguo Régimen.
La nueva administración también impulsó medidas destinadas a reducir el poder económico de determinadas instituciones religiosas y a reorganizar bienes y propiedades.
Sin embargo, la distancia entre los proyectos legislativos y su aplicación efectiva fue enorme. Buena parte del territorio permanecía fuera del control del gobierno josefino o estaba sometido directamente a las autoridades militares francesas.
Una de las facetas más visibles de su gobierno fue la transformación urbana de Madrid. José pretendió modernizar una ciudad cuya estructura todavía conservaba buena parte del trazado heredado de los siglos anteriores.
La demolición de edificios, conventos y manzanas permitió abrir nuevos espacios y plazas, especialmente en las proximidades del Palacio Real. Aquella política urbanística le valió popularmente el sobrenombre de «Pepe Plazuelas».
Aunque muchas actuaciones estuvieron condicionadas por las necesidades militares y financieras del momento, algunos de aquellos proyectos contribuyeron a modificar de manera permanente el aspecto de la capital.
El sobrenombre más famoso atribuido a José I fue «Pepe Botella». Durante la Guerra de la Independencia, la propaganda patriótica utilizó caricaturas, canciones, poemas y panfletos para desacreditar al monarca y presentarlo como un rey extranjero, borracho e incapaz.
Sin embargo, no existen pruebas sólidas de que José Bonaparte tuviera una especial afición al alcohol. La imagen del rey bebedor pertenece fundamentalmente al terreno de la propaganda política.
El caso constituye un buen ejemplo de la importancia que alcanzó la propaganda durante la Guerra de la Independencia y de la capacidad de determinados apodos para condicionar durante generaciones la memoria histórica de un personaje.
Entre los proyectos culturales más interesantes de su reinado estuvo la creación en 1809 de un museo público de pinturas en Madrid, conocido posteriormente como Museo Josefino.
El proyecto pretendía reunir obras procedentes de colecciones reales y de instituciones religiosas suprimidas o reorganizadas, siguiendo modelos museísticos que ya se estaban desarrollando en otros países europeos.
La guerra impidió que el museo llegara a consolidarse tal como había sido concebido. Sin embargo, la iniciativa constituye un antecedente importante dentro del proceso que algunos años después conduciría a la creación del Museo del Prado.
La política artística napoleónica tuvo también una dimensión mucho más controvertida: numerosas obras fueron trasladadas, seleccionadas o enviadas a Francia durante los años de ocupación, y algunas salieron de España junto al propio José al final de la guerra.
A comienzos de 1810, José participó personalmente en la gran ofensiva francesa sobre Andalucía. Los ejércitos imperiales atravesaron Sierra Morena y ocuparon rápidamente Jaén, Córdoba, Granada y Sevilla.
Durante aquella campaña José intentó presentarse ante la población como un monarca español y favorecer una política de conciliación que permitiera consolidar su autoridad.
Sin embargo, la conquista quedó incompleta. Cádiz, protegida por sus defensas, por la escuadra británica y por las fuerzas españolas, resistió el asedio francés y se convirtió en el centro político de la España que no reconocía a José I.
Allí se reunirían las Cortes de Cádiz, que desarrollaron un proyecto político alternativo al representado por la monarquía josefina.
Las relaciones entre José y Napoleón fueron deteriorándose a medida que avanzaba la guerra. José pretendía disponer de un Estado español relativamente autónomo, con un ejército, una hacienda y una administración bajo su autoridad.
Napoleón, en cambio, subordinaba el gobierno español a las necesidades estratégicas del Imperio. Los mariscales franceses actuaban con gran autonomía y en muchas ocasiones obedecían directamente al emperador, ignorando las órdenes del rey.
La situación llegó a ser especialmente grave cuando Napoleón colocó amplios territorios del norte de España bajo administración militar francesa directa.
José llegó a plantearse abandonar la Corona, pero Napoleón rechazó durante años esa posibilidad. La monarquía josefina quedó así atrapada entre una resistencia española que rechazaba su legitimidad y un emperador que limitaba constantemente su capacidad de gobierno.
A partir de 1812 la situación militar francesa comenzó a deteriorarse de forma acelerada. La necesidad de Napoleón de concentrar recursos para la campaña de Rusia redujo las fuerzas disponibles en la Península.
El 22 de julio de 1812, el ejército aliado dirigido por Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, obtuvo una gran victoria sobre el mariscal Marmont en la batalla de los Arapiles.
La derrota obligó a José a abandonar nuevamente Madrid. Aunque los franceses pudieron recuperar temporalmente la capital, la iniciativa estratégica había comenzado a pasar definitivamente al ejército aliado.
En la primavera de 1813, Wellington inició una gran ofensiva que obligó a los ejércitos franceses a retirarse hacia el norte. José abandonó Madrid y acompañó la retirada junto con la administración y numerosos partidarios de su gobierno.
El 21 de junio de 1813, los ejércitos aliados españoles, británicos y portugueses derrotaron a las fuerzas francesas en la batalla de Vitoria.
La derrota fue decisiva. José consiguió escapar, pero perdió buena parte de los equipajes, documentos y bienes que acompañaban a la corte en su retirada.
Después de Vitoria, José abandonó definitivamente España. Su reinado había terminado.
El fracaso militar francés obligó a Napoleón a buscar una salida política al conflicto. En diciembre de 1813 se firmó el Tratado de Valençay, mediante el cual el emperador reconocía nuevamente a Fernando VII como rey de España.
Fernando regresó a la Península en 1814 y la experiencia política josefina quedó definitivamente clausurada.
Para los españoles que habían colaborado con José I, la derrota tuvo graves consecuencias. Miles de afrancesados abandonaron España junto con los ejércitos franceses ante el temor de represalias.
Tras la caída definitiva de Napoleón en 1815, José Bonaparte abandonó Europa y se trasladó a los Estados Unidos.
Allí vivió durante largos periodos bajo el título de conde de Survilliers y estableció su residencia principalmente en Nueva Jersey. Conservó una considerable fortuna y mantuvo relaciones con políticos, intelectuales y miembros de la sociedad estadounidense.
A diferencia de Napoleón, confinado en Santa Elena, José pudo llevar una vida relativamente libre durante su exilio.
En los últimos años regresó a Europa y terminó instalándose en Florencia, donde murió el 28 de julio de 1844.
La figura de José Bonaparte quedó durante mucho tiempo reducida en la memoria española a los calificativos de «rey intruso» y «Pepe Botella». Sin embargo, su reinado resulta históricamente más complejo.
José intentó construir una monarquía reformista apoyada en una parte de la élite ilustrada española y desarrolló proyectos de modernización administrativa, urbanística y cultural.
Pero el principal problema de su reinado nunca pudo resolverse: carecía de legitimidad para una gran parte de los españoles y dependía militarmente de un ejército extranjero.
Al mismo tiempo, ni siquiera controlaba plenamente esas fuerzas. Los mariscales franceses obedecían en última instancia a Napoleón, cuyo proyecto imperial chocaba frecuentemente con el deseo de José de comportarse como un verdadero rey de España.
Su reinado quedó así atrapado entre tres fuerzas: la resistencia española, los reformistas afrancesados y los intereses imperiales de Napoleón. La Guerra de la Independencia hizo prácticamente imposible consolidar el proyecto político surgido de Bayona.
1784–1833
Fernando VII fue rey de España en 1808 y nuevamente entre 1814 y 1833. Convertido durante la Guerra de la Independencia en símbolo de la resistencia contra Napoleón bajo el apelativo de «el Deseado», su regreso al trono supuso, sin embargo, la abolición de la Constitución de Cádiz y la restauración del absolutismo. Su reinado estuvo marcado por el enfrentamiento entre absolutismo y liberalismo, el Trienio Liberal, la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis, la pérdida de la mayor parte del imperio americano y, en sus últimos años, por el conflicto sucesorio que enfrentó a los partidarios de su hija Isabel con los de su hermano Carlos María Isidro.
Fernando nació en 1784, hijo del futuro Carlos IV y de María Luisa de Parma. Como príncipe de Asturias creció en una corte profundamente marcada por la influencia de Manuel Godoy, favorito de los monarcas y principal figura política de los últimos años del siglo XVIII.
La relación entre Fernando y Godoy fue progresivamente hostil. Alrededor del príncipe se formó un grupo cortesano contrario al favorito y crítico con la política seguida por Carlos IV.
Esa oposición convertiría a Fernando en el centro de una alternativa política dentro de la propia familia real, aunque su enfrentamiento con sus padres alcanzaría niveles que contribuirían decisivamente a la crisis de la Monarquía.
En 1807 salió a la luz una conspiración organizada alrededor del príncipe de Asturias contra Godoy y la política de Carlos IV. El episodio sería conocido como el proceso de El Escorial.
Entre los papeles encontrados aparecieron documentos que comprometían directamente a Fernando. Ante la presión de sus padres, el príncipe confesó su participación y pidió perdón al rey, al tiempo que reveló los nombres de algunos de sus colaboradores.
Aunque el episodio terminó sin apartarlo de la sucesión, mostró hasta qué punto la familia real estaba dividida en vísperas de la intervención napoleónica.
La entrada de tropas francesas en España tras el Tratado de Fontainebleau agravó una situación política ya muy inestable. En marzo de 1808, el descontento contra Godoy desembocó en el Motín de Aranjuez.
Los partidarios de Fernando desempeñaron un papel importante en la crisis. Godoy fue detenido y Carlos IV terminó abdicando en su hijo el 19 de marzo de 1808.
Fernando se convirtió así en Fernando VII, aunque su primer reinado duraría apenas unas semanas.
Napoleón aprovechó el enfrentamiento entre Carlos IV y Fernando VII para intervenir directamente en la crisis dinástica española.
Fernando viajó a Bayona esperando que el emperador reconociera su condición de rey. Allí se encontró, sin embargo, con una maniobra destinada a transferir la Corona española a la familia Bonaparte.
En mayo de 1808 tuvieron lugar las abdicaciones de Bayona. Fernando devolvió la Corona a su padre y Carlos IV cedió posteriormente sus derechos a Napoleón.
El emperador entregó después el trono español a su hermano José Bonaparte.
Después de las abdicaciones, Fernando fue trasladado junto a otros miembros de la familia real al castillo de Valençay, en Francia.
Allí permaneció durante casi toda la Guerra de la Independencia. Mientras tanto, en España su figura adquirió una enorme fuerza simbólica. Las juntas, la Junta Central, la Regencia y posteriormente las Cortes de Cádiz afirmaban actuar en nombre del rey ausente.
La propaganda patriótica convirtió a Fernando VII en «el Deseado», presentado como el monarca legítimo retenido por Napoleón y cuya liberación permitiría restaurar la normalidad política.
Sin embargo, durante su estancia en Valençay Fernando mantuvo una actitud mucho más acomodaticia hacia Napoleón de lo que la imagen construida en España hacía pensar.
Mientras Fernando permanecía en Francia, la resistencia contra Napoleón produjo una profunda transformación política.
Las Cortes de Cádiz afirmaron que la soberanía residía en la nación y aprobaron el 19 de marzo de 1812 la Constitución de Cádiz.
El nuevo sistema establecía una monarquía constitucional, división de poderes, representación nacional y un amplio programa de desmontaje de instituciones del Antiguo Régimen.
Paradójicamente, aquel sistema político se había construido en nombre del propio Fernando VII, que a su regreso rechazaría sus principios fundamentales.
Tras el deterioro de la posición francesa en la Península, Napoleón firmó con Fernando el Tratado de Valençay en diciembre de 1813.
Fernando regresó a España en 1814. Su llegada despertó un enorme entusiasmo popular después de seis años de guerra.
Sin embargo, el principal problema político era determinar si el rey aceptaría el sistema constitucional creado en Cádiz o intentaría restaurar la monarquía absoluta existente antes de 1808.
Un grupo de diputados absolutistas entregó al rey un documento conocido como Manifiesto de los Persas, en el que se defendía la restauración de la monarquía absoluta y se criticaba la obra de las Cortes de Cádiz.
Fernando encontró además el apoyo de sectores del Ejército, de la Iglesia y de las élites que deseaban recuperar el orden político anterior.
El 4 de mayo de 1814, desde Valencia, promulgó un decreto que declaraba nula la Constitución de 1812 y toda la legislación elaborada por las Cortes.
Comenzaba así la restauración absolutista.
Entre 1814 y 1820, Fernando VII intentó reconstruir las instituciones del Antiguo Régimen y persiguió a numerosos liberales que habían participado en las Cortes o defendido el sistema constitucional.
Muchos fueron encarcelados o enviados al exilio. Otros comenzaron a organizar conspiraciones y pronunciamientos militares destinados a restablecer la Constitución de Cádiz.
El régimen tuvo que afrontar además una grave crisis económica, una Hacienda profundamente endeudada y la guerra abierta en los territorios americanos.
Durante estos años fracasaron varios pronunciamientos liberales, encabezados por militares como Espoz y Mina, Porlier, Lacy y Vidal.
Durante el reinado de Fernando VII se produjo la fase decisiva de las independencias hispanoamericanas.
Los movimientos iniciados durante la crisis de 1808 evolucionaron hacia auténticas guerras de independencia. Figuras como Simón Bolívar, José de San Martín, Antonio José de Sucre y Bernardo O'Higgins lideraron distintos procesos emancipadores.
La Monarquía intentó recuperar militarmente el control de los territorios, pero carecía de los recursos necesarios para sostener una guerra de aquellas dimensiones.
Las derrotas de los ejércitos realistas, culminadas simbólicamente en Ayacucho en 1824, dejaron bajo dominio español en América únicamente Cuba y Puerto Rico, además de otros territorios menores.
A finales de 1819 se concentró en Andalucía un gran ejército destinado a embarcar hacia América para combatir los movimientos independentistas.
El 1 de enero de 1820, el teniente coronel Rafael del Riego encabezó un pronunciamiento en Las Cabezas de San Juan y proclamó la Constitución de 1812.
El movimiento se extendió progresivamente y Fernando VII terminó aceptando el restablecimiento del sistema constitucional.
El rey juró la Constitución y comenzó el periodo conocido como Trienio Liberal.
Entre 1820 y 1823, Fernando VII reinó dentro de un sistema constitucional que limitaba sus poderes y restauraba buena parte de las reformas elaboradas por las Cortes de Cádiz.
El rey manifestó públicamente su adhesión al nuevo régimen, pero mantuvo constantes enfrentamientos con los gobiernos liberales y buscó recuperar su autoridad absoluta.
Mientras tanto, el liberalismo se dividió entre sectores moderados y exaltados, al tiempo que los absolutistas organizaban movimientos armados contra el régimen.
La tensión política alcanzó su punto máximo en 1822, con enfrentamientos en Madrid y la creación en el norte de la Regencia de Urgel.
Las potencias absolutistas europeas consideraban con preocupación la revolución española. En 1823, Francia recibió el respaldo internacional necesario para intervenir militarmente en España.
Un ejército francés conocido como los Cien Mil Hijos de San Luis, dirigido por el duque de Angulema, cruzó los Pirineos y avanzó hacia el sur.
Las fuerzas constitucionales ofrecieron una resistencia limitada. El gobierno y las Cortes trasladaron al rey primero a Sevilla y después a Cádiz.
Tras la caída del régimen constitucional, Fernando VII recuperó nuevamente sus poderes absolutos.
El periodo comprendido entre 1823 y 1833 es conocido tradicionalmente como Década Ominosa.
Los primeros años estuvieron marcados por una fuerte represión contra los liberales. Se produjeron ejecuciones, encarcelamientos y nuevas oleadas de exiliados.
Entre las víctimas más conocidas se encontraron Rafael del Riego, Mariana Pineda y José María de Torrijos.
Sin embargo, con el paso de los años el régimen fue introduciendo determinadas reformas administrativas y económicas y comenzó a distanciarse de los sectores absolutistas más radicales.
Fernando VII terminó enfrentándose incluso a parte de sus antiguos partidarios absolutistas.
Los sectores más radicales, conocidos frecuentemente como apostólicos, consideraban que el rey estaba siendo demasiado moderado y comenzaron a mirar hacia su hermano Carlos María Isidro como posible alternativa.
El conflicto se manifestó especialmente en la revuelta de los Agraviados o Malcontents de 1827, que tuvo gran importancia en Cataluña.
Aquella división dentro del absolutismo anticipaba ya el conflicto dinástico que estallaría pocos años después.
Fernando VII contrajo matrimonio en cuatro ocasiones: con María Antonia de Nápoles, Isabel de Braganza, María Josefa Amalia de Sajonia y finalmente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias.
Durante décadas ninguno de estos matrimonios proporcionó un heredero superviviente. Esa situación convertía al hermano del rey, Carlos María Isidro, en heredero potencial de la Corona.
La situación cambió tras el matrimonio con María Cristina. En 1830 nació Isabel y en 1832 su hermana Luisa Fernanda.
Para permitir que su descendencia femenina pudiera heredar la Corona, Fernando VII publicó en 1830 la Pragmática Sanción, que daba vigencia a la decisión adoptada por las Cortes de 1789 de restaurar el sistema sucesorio tradicional de la Monarquía.
La medida excluía a Carlos María Isidro de la sucesión si el rey tenía descendencia femenina.
Los partidarios de Carlos rechazaron este cambio y defendieron sus derechos al trono. A partir de entonces comenzó a formarse alrededor del infante un movimiento político absolutista que acabaría siendo conocido como carlismo.
En septiembre de 1832, Fernando VII enfermó gravemente mientras se encontraba en el palacio de La Granja.
Ante la posibilidad de una muerte inmediata, sectores próximos a Carlos María Isidro presionaron para que el rey anulase la Pragmática Sanción.
Fernando firmó inicialmente la derogación, pero se recuperó de la enfermedad y poco después anuló aquella decisión, restableciendo los derechos sucesorios de su hija Isabel.
Los acontecimientos demostraron que el conflicto sucesorio había alcanzado ya un punto difícilmente reversible.
Durante los últimos meses de su vida, Fernando VII buscó asegurar la sucesión de Isabel y aproximó progresivamente la Corona a sectores moderados que podían apoyar los derechos de su hija frente a los absolutistas partidarios de Carlos.
María Cristina asumió temporalmente responsabilidades de gobierno durante la enfermedad del rey y comenzó a establecer contactos con antiguos liberales moderados.
Esta aproximación tendría enormes consecuencias después de la muerte de Fernando, cuando la causa de Isabel necesitó el apoyo político y militar de los liberales para enfrentarse al carlismo.
Fernando VII murió en Madrid el 29 de septiembre de 1833, a los 48 años.
Su hija Isabel II, que todavía no había cumplido tres años, fue proclamada reina bajo la regencia de su madre, María Cristina.
Carlos María Isidro rechazó la sucesión y mantuvo sus derechos a la Corona. Sus partidarios comenzaron a levantarse en distintos puntos del país.
La muerte de Fernando VII abrió así inmediatamente la Primera Guerra Carlista, un conflicto dinástico que era también un enfrentamiento entre diferentes concepciones políticas y sociales de la Monarquía española.
Pocos monarcas españoles experimentaron un cambio tan profundo en su imagen pública como Fernando VII.
Durante la Guerra de la Independencia fue convertido en símbolo de la nación que luchaba contra Napoleón. Su regreso en 1814 fue celebrado por amplios sectores de la población.
Sin embargo, la decisión de abolir la Constitución de Cádiz, la persecución del liberalismo y la restauración reiterada del absolutismo transformaron completamente su imagen entre sus adversarios políticos.
Su reinado estuvo marcado por una inestabilidad permanente: absolutismo, revolución liberal, intervención extranjera, pérdida del imperio americano, exilios, pronunciamientos y crisis sucesoria.
Cuando murió en 1833, la Monarquía española estaba entrando en una nueva etapa. La disputa entre Isabel II y Carlos María Isidro condujo directamente a la Primera Guerra Carlista y aceleró la construcción del Estado liberal.
1775–1847
José de Rebolledo Palafox y Melci fue uno de los principales protagonistas españoles de la Guerra de la Independencia. Nombrado capitán general de Aragón por el movimiento insurreccional de 1808, organizó la resistencia frente a la invasión francesa y quedó estrechamente ligado a los dos Sitios de Zaragoza. Tras la capitulación de la ciudad en febrero de 1809 fue hecho prisionero y permaneció recluido en Francia hasta finales de 1813. Su figura se convirtió posteriormente en uno de los grandes símbolos de la resistencia aragonesa contra Napoleón.
José de Palafox nació en Zaragoza en 1775 dentro de una familia de la nobleza aragonesa. Era hijo de Juan Felipe de Rebolledo Palafox, marqués de Lazán, y de Paula Melzi d'Eril.
Inició su carrera militar en las Reales Guardias de Corps, cuerpo vinculado directamente a la protección de la familia real, en el que ingresó en 1792.
Participó en la guerra contra la Francia revolucionaria durante la campaña del Rosellón y continuó posteriormente su carrera dentro del entorno militar de la Corte.
En los años anteriores a 1808 estuvo próximo al príncipe Fernando, futuro Fernando VII, dentro de un ambiente cortesano cada vez más enfrentado a Manuel Godoy.
La crisis de la Monarquía de 1808 sorprendió a Palafox en el entorno del nuevo rey. Tras el Motín de Aranjuez y la caída de Godoy, Fernando VII decidió acudir al encuentro de Napoleón.
Palafox acompañó al monarca durante parte de aquel viaje, pero la situación creada en Bayona y la progresiva evidencia de las intenciones francesas cambiaron completamente el escenario.
Regresó hacia Aragón mientras en distintos puntos de España comenzaban a producirse levantamientos contra la ocupación francesa y contra la sustitución de los Borbones por la familia Bonaparte.
Las noticias del 2 de Mayo de Madrid provocaron una creciente agitación en Zaragoza. La autoridad establecida dudaba sobre la conveniencia de enfrentarse abiertamente a las tropas francesas, mientras amplios sectores de la población exigían la insurrección.
A finales de mayo de 1808, grupos de zaragozanos buscaron a Palafox y lo propusieron como jefe del movimiento. El 26 de mayo asumió la Capitanía General de Aragón.
Su autoridad fue posteriormente confirmada por las instituciones aragonesas y se organizó una Junta destinada a colaborar en la defensa y el gobierno del territorio.
Palafox ordenó el alistamiento de hombres, intentó reunir armamento, organizó nuevas unidades y buscó recursos con los que enfrentarse a un ejército francés muy superior en experiencia y organización.
Antes de que comenzara el asedio de Zaragoza, Palafox intentó detener a las columnas francesas que avanzaban desde Navarra.
Las improvisadas fuerzas aragonesas sufrieron derrotas en Tudela, Mallén y Alagón. La escasa instrucción de muchos de los combatientes y la superioridad de las tropas francesas hicieron imposible contener el avance en campo abierto.
El general francés Charles Lefebvre-Desnouettes alcanzó finalmente Zaragoza el 15 de junio de 1808. Esperaba que una demostración de fuerza bastara para provocar la rendición de una ciudad prácticamente carente de fortificaciones modernas.
Zaragoza decidió resistir.
El Primer Sitio de Zaragoza se desarrolló entre junio y agosto de 1808. La ciudad tenía alrededor de 50.000 habitantes y carecía de un sistema moderno de murallas capaz de soportar un asedio prolongado.
La defensa tuvo que organizarse aprovechando puertas, conventos, edificios, barricadas y posiciones improvisadas. Soldados regulares, voluntarios y numerosos civiles participaron en los combates.
Durante aquellos enfrentamientos se hicieron célebres figuras como Agustina de Aragón, el padre Santiago Sas y muchos otros defensores cuyo recuerdo terminaría formando parte de la memoria colectiva de los Sitios.
Palafox ejercía el mando superior de la resistencia, pero la defensa efectiva de la ciudad fue necesariamente una obra colectiva, desarrollada por numerosos mandos militares, autoridades locales y habitantes de Zaragoza.
Durante los momentos más críticos del primer asedio, Palafox abandonó temporalmente Zaragoza para intentar reunir refuerzos, armas y suministros.
Su salida coincidió con una situación extremadamente peligrosa y generó incertidumbre entre los defensores, pero la ciudad continuó resistiendo los ataques franceses.
Palafox regresó el 9 de agosto acompañado de varios miles de hombres y un importante convoy de armas y municiones.
Mientras tanto, la situación estratégica general había cambiado. La derrota francesa de Bailén obligó a los ejércitos napoleónicos a realizar un repliegue general hacia el norte.
El 14 de agosto de 1808, las fuerzas francesas abandonaron finalmente el asedio y se retiraron de Zaragoza.
La noticia tuvo una enorme repercusión. La resistencia de una ciudad que inicialmente parecía incapaz de soportar un ataque importante se convirtió en uno de los primeros grandes símbolos de la oposición española a Napoleón.
Palafox quedó estrechamente identificado con aquella victoria y su prestigio aumentó rápidamente dentro y fuera de Aragón.
Sin embargo, la retirada francesa era solo temporal. Napoleón preparaba una intervención mucho más poderosa para recuperar el control de la Península.
En otoño de 1808, Napoleón entró personalmente en España al frente de un poderoso ejército.
Las fuerzas españolas fueron derrotadas sucesivamente y el Ejército de Aragón sufrió una importante derrota en la batalla de Tudela del 23 de noviembre de 1808.
La derrota dejó nuevamente abierto el camino hacia Zaragoza. Muchos de los supervivientes se retiraron hacia la ciudad y comenzaron a preparar una nueva defensa.
Esta vez los franceses no iban a improvisar una operación rápida: Zaragoza tendría que enfrentarse a un auténtico asedio sistemático.
El Segundo Sitio de Zaragoza comenzó en diciembre de 1808. Las tropas francesas disponían ahora de numerosos efectivos, artillería pesada, ingenieros y experiencia suficiente para llevar a cabo una operación de sitio prolongada.
Los defensores habían reforzado las posiciones exteriores y convertido numerosos edificios en auténticos puntos fortificados.
Después de romper progresivamente las defensas exteriores, los franceses penetraron en el interior de Zaragoza. Comenzó entonces una terrible lucha urbana.
Conventos, iglesias, viviendas y calles se transformaron en posiciones defensivas. Los combates llegaron a desarrollarse casa por casa y habitación por habitación.
El segundo asedio terminó convirtiéndose en una catástrofe para la población de Zaragoza.
A las bajas producidas directamente por los combates se sumaron la escasez de alimentos, las malas condiciones higiénicas y la propagación de enfermedades.
Una epidemia de tifus se extendió entre soldados y civiles y terminó afectando también al propio Palafox.
Gravemente enfermo, el capitán general tuvo que delegar buena parte de sus funciones en una Junta de Defensa mientras la situación militar y sanitaria se hacía insostenible.
En febrero de 1809 la ciudad estaba exhausta. Miles de personas habían muerto, las enfermedades se extendían y buena parte de Zaragoza había quedado destruida.
Con Palafox gravemente enfermo, la Junta de Defensa decidió negociar con los franceses. La capitulación fue acordada el 20 de febrero de 1809 y al día siguiente terminó la resistencia organizada de la ciudad.
El Segundo Sitio había durado aproximadamente dos meses y había causado enormes pérdidas tanto entre los combatientes como entre la población civil.
La caída de Zaragoza fue una victoria militar francesa, pero la extraordinaria resistencia de la ciudad había adquirido ya una enorme dimensión simbólica.
Tras la capitulación, Palafox quedó en manos francesas. Napoleón decidió tratarlo como prisionero de Estado.
Fue trasladado a Francia y terminó recluido en el castillo de Vincennes, cerca de París.
Su cautiverio comenzó en la primavera de 1809 y se prolongó durante casi toda la Guerra de la Independencia. Los intentos españoles de conseguir su intercambio no prosperaron.
Palafox permaneció prisionero hasta diciembre de 1813, cuando la derrota francesa en la Península y el Tratado de Valençay hicieron posible su liberación.
Tras recuperar la libertad, Palafox regresó a España coincidiendo con el final de la guerra y la vuelta de Fernando VII.
Antes de encontrarse con el monarca juró la Constitución de Cádiz, aunque posteriormente continuó desarrollando su carrera dentro del régimen restaurado por Fernando VII.
En 1815 fue confirmado nuevamente como capitán general de Aragón.
También recibió importantes condecoraciones militares, entre ellas las grandes cruces de San Fernando y San Hermenegildo.
Palafox continuó vinculado a la vida militar durante los años de enfrentamiento entre absolutismo y liberalismo.
Durante el Trienio Liberal desempeñó importantes responsabilidades en la Casa Real y fue capitán general de Alabarderos.
Durante los graves acontecimientos del 7 de julio de 1822, cuando unidades de la Guardia Real intentaron imponerse sobre el régimen constitucional en Madrid, su actuación fue posteriormente reconocida por el propio monarca.
Tras la restauración del absolutismo en 1823 quedó durante un tiempo apartado de los principales cargos políticos y militares.
Después de la muerte de Fernando VII, Palafox continuó ocupando diferentes puestos durante el reinado de Isabel II.
En reconocimiento a su actuación durante la Guerra de la Independencia, la reina le concedió en 1834 el título de duque de Zaragoza.
Palafox desempeñó también responsabilidades relacionadas con la Guardia Real, las Milicias Provinciales y el cuerpo de inválidos. Participó asimismo en la vida institucional del nuevo sistema político y figuró entre los miembros de las cámaras parlamentarias de la época.
Su trayectoria posterior muestra cómo numerosos protagonistas de 1808 continuaron interviniendo en la construcción política de la España posterior a Fernando VII.
Durante las décadas de 1830 y 1840, Palafox siguió siendo una figura de enorme prestigio público, fundamentalmente por su asociación con los Sitios de Zaragoza.
Ocupó distintos cargos militares honoríficos y conservó una posición destacada dentro del Ejército y de la Corte.
Murió en Madrid el 15 de febrero de 1847, a los 71 años.
Su nombre había quedado ya inseparablemente unido a Zaragoza y a la resistencia española frente a la ocupación napoleónica.
La memoria histórica convirtió a Palafox en la figura central de los Sitios de Zaragoza. Retratos, monumentos, biografías y relatos posteriores contribuyeron a construir la imagen del general defensor de la ciudad.
Su protagonismo fue indudable: asumió la Capitanía General, organizó nuevas fuerzas, buscó recursos, dirigió políticamente la resistencia aragonesa y mantuvo la decisión de combatir frente a los ejércitos franceses.
Pero reducir los Sitios únicamente a Palafox distorsionaría lo ocurrido. La defensa de Zaragoza fue posible gracias a la participación conjunta de soldados profesionales, oficiales, milicianos, religiosos, artesanos, campesinos y población civil.
Precisamente esa movilización colectiva explica que los Sitios se convirtieran en uno de los episodios más poderosos de la memoria de la Guerra de la Independencia.
1749–1810
Mariano Álvarez de Castro fue un militar español cuya figura quedó unida para siempre a la defensa de Gerona durante el gran sitio de 1809. Veterano de varias campañas del siglo XVIII y gobernador militar de Montjuïc al comenzar la ocupación francesa, asumió posteriormente el mando de Gerona y dirigió durante más de seis meses una resistencia extraordinariamente dura frente al ejército napoleónico. Gravemente enfermo durante las últimas semanas del asedio, tuvo que ceder el mando poco antes de la capitulación de la ciudad. Capturado por los franceses, murió prisionero en el castillo de San Fernando de Figueras en enero de 1810.
Mariano Álvarez de Castro nació en Granada el 8 de septiembre de 1749, aunque su familia mantenía estrechos vínculos con El Burgo de Osma.
Ingresó muy joven en el Ejército y desarrolló una prolongada carrera militar durante las últimas décadas del siglo XVIII. Recibió formación en la Academia Militar de Barcelona y sirvió en las Guardias de Infantería Española.
Antes de la Guerra de la Independencia había acumulado ya décadas de experiencia y había participado en algunos de los principales conflictos de la Monarquía española.
Álvarez de Castro participó en las operaciones españolas contra Gibraltar durante la guerra contra Gran Bretaña. Posteriormente desempeñó un papel mucho más destacado durante la Guerra de la Convención contra la Francia revolucionaria.
Combatió en los Pirineos bajo las órdenes del general Antonio Ricardos y participó en numerosas operaciones desarrolladas en el Rosellón.
Intervino en acciones como Mas Deu, Truillás, Collioure y otros combates de la campaña, resultando herido durante las operaciones.
Su actuación le permitió continuar ascendiendo dentro del Ejército y consolidó una reputación de oficial experimentado y disciplinado.
En 1801 participó también en la breve Guerra de las Naranjas contra Portugal.
Cuando comenzó la crisis de 1808, Álvarez de Castro era, por tanto, un militar veterano que había combatido durante décadas en distintos escenarios.
Esa experiencia resultaría fundamental cuando Cataluña se convirtió en uno de los primeros territorios afectados por la ocupación francesa.
A comienzos de 1808, Álvarez de Castro era gobernador militar del castillo de Montjuïc, una posición estratégica fundamental para el control de Barcelona.
Las tropas francesas habían entrado en España oficialmente como aliadas, pero comenzaron rápidamente a apoderarse de fortalezas y puntos estratégicos.
El 29 de febrero de 1808, los franceses ocuparon Montjuïc mediante una maniobra que permitió introducir tropas en la fortaleza.
Álvarez de Castro se mostró contrario a entregar la posición, pero terminó obedeciendo las órdenes superiores del capitán general de Cataluña.
Tras los acontecimientos de Bayona y el levantamiento contra la ocupación francesa, Álvarez de Castro abandonó Barcelona y se incorporó a las fuerzas españolas que se estaban organizando en Cataluña.
La región tenía una importancia estratégica extraordinaria. La carretera que comunicaba Francia con Barcelona atravesaba Gerona, de modo que el control de la ciudad era fundamental para mantener abiertas las comunicaciones del ejército napoleónico.
Después de los primeros ataques franceses contra Gerona en 1808, las autoridades españolas comprendieron que la plaza tendría que prepararse para un nuevo asedio.
En 1809, Álvarez de Castro fue nombrado gobernador militar de Gerona.
Desde el primer momento adoptó una política de resistencia extrema. Ordenó reforzar las fortificaciones, almacenar víveres y municiones, organizar a la población y preparar los fuertes que protegían los accesos a la ciudad.
Entre las posiciones fundamentales se encontraban Montjuïc, Monjuïch, los fuertes del Calvario, Condestable y Capuchinos, además de las propias defensas urbanas.
Álvarez de Castro estaba decidido a impedir que Gerona se convirtiera fácilmente en una nueva posición francesa.
El 1 de abril de 1809, ante las noticias de que los franceses preparaban un nuevo ataque, Álvarez de Castro publicó una proclama dirigida a los habitantes y defensores de Gerona.
En ella expresaba su decisión de defender la plaza hasta el límite y establecía severas penas contra quien promoviera la rendición.
Aquella actitud se convertiría posteriormente en uno de los elementos centrales de su imagen histórica: la defensa de Gerona no debía terminar mediante una capitulación mientras existieran posibilidades de continuar resistiendo.
El nuevo asedio comenzó en mayo de 1809. Los franceses concentraron alrededor de Gerona un importante ejército apoyado por artillería e ingenieros de sitio.
La operación fue dirigida inicialmente por el general Jean-Antoine Verdier, mientras el conjunto de las fuerzas francesas en Cataluña estaba bajo la autoridad del mariscal Saint-Cyr.
Frente a ellos, la guarnición española disponía inicialmente de varios miles de soldados, apoyados por voluntarios y por la población de la ciudad.
La diferencia de recursos era considerable, pero las fortificaciones, el terreno y la determinación de los defensores dificultaron enormemente las operaciones francesas.
Uno de los principales objetivos franceses fue el castillo de Montjuïc de Gerona, situado sobre una altura dominante al norte de la ciudad.
Durante semanas fue sometido a intensos bombardeos y sucesivos ataques. Los defensores resistieron hasta que los daños hicieron prácticamente imposible mantener la posición.
En agosto de 1809 la guarnición abandonó finalmente el castillo después de inutilizar parte de sus defensas.
La pérdida de Montjuïc permitió a los franceses aproximar sus baterías, pero Gerona todavía continuaría resistiendo durante varios meses.
El 19 de septiembre de 1809, después de abrir varias brechas en las defensas, los franceses lanzaron un gran asalto contra Gerona.
Durante horas se combatió alrededor de las brechas y fortificaciones. Soldados regulares, artilleros y habitantes de la ciudad participaron en la defensa.
Los franceses sufrieron fuertes pérdidas y finalmente tuvieron que retirarse sin conseguir ocupar la plaza.
El fracaso del asalto prolongó todavía más un sitio que ya estaba convirtiéndose en una operación extremadamente costosa para ambos bandos.
La resistencia de Gerona no dependió únicamente de su guarnición. La población civil participó activamente en tareas de abastecimiento, asistencia a los heridos, reparación de defensas y apoyo a los combatientes.
Entre las iniciativas más conocidas estuvo la Compañía de Santa Bárbara, integrada por mujeres que colaboraban en el transporte de municiones y suministros y en la atención de los defensores.
Como había sucedido en Zaragoza, el sitio se convirtió en una guerra en la que la frontera entre población civil y combatientes quedó cada vez más difuminada.
El verdadero enemigo de Gerona terminó siendo tanto el ejército francés como el agotamiento provocado por el bloqueo.
Los intentos españoles de introducir alimentos y refuerzos fueron cada vez más difíciles. Durante el otoño de 1809 las reservas comenzaron a agotarse y la población sufrió una grave escasez de alimentos.
Las malas condiciones sanitarias favorecieron además la expansión de enfermedades. Soldados y civiles morían diariamente no solo por los combates, sino también por el hambre y las epidemias.
Después de más de seis meses de asedio, la capacidad de resistencia de la ciudad estaba llegando al límite.
El propio Álvarez de Castro terminó gravemente enfermo durante las últimas semanas del sitio.
Su estado empeoró hasta impedirle continuar ejerciendo el mando de forma efectiva. El 9 de diciembre de 1809 tuvo que delegar sus responsabilidades militares.
La situación de Gerona era entonces desesperada: apenas quedaban alimentos, las enfermedades habían diezmado a la población y a la guarnición y las fortificaciones estaban gravemente dañadas.
Una vez apartado Álvarez de Castro del mando, sus sucesores decidieron iniciar las negociaciones para poner fin a la resistencia.
La ciudad capituló finalmente en diciembre de 1809, después de más de seis meses de resistencia continuada.
Los franceses encontraron una población profundamente castigada por los bombardeos, el hambre y las enfermedades.
La caída de Gerona permitió asegurar mejor la comunicación entre Francia y Barcelona, pero el coste de la operación había sido enorme y había retenido durante meses importantes fuerzas napoleónicas.
Como en los Sitios de Zaragoza, la derrota militar terminó convirtiéndose en un poderoso símbolo de resistencia.
Tras la capitulación, Álvarez de Castro quedó en poder de los franceses. A pesar de encontrarse gravemente enfermo, fue trasladado primero hacia territorio francés y posteriormente llevado al castillo de San Fernando de Figueras.
Allí permaneció detenido en condiciones difíciles durante las primeras semanas de 1810.
Murió el 22 de enero de 1810, pocas semanas después de la caída de Gerona.
Con posterioridad circularon distintos relatos según los cuales habría sufrido malos tratos, torturas o incluso envenenamiento durante su cautiverio. Estas versiones tuvieron gran importancia en la construcción de su leyenda, aunque las circunstancias exactas de su muerte no están suficientemente documentadas como para afirmarlas con certeza.
La muerte de Álvarez de Castro poco después de la capitulación reforzó inmediatamente su dimensión simbólica.
La resistencia de Gerona fue presentada como ejemplo de constancia, sacrificio y fidelidad a Fernando VII, mientras el gobernador pasó a ocupar un lugar destacado en la memoria patriótica de la Guerra de la Independencia.
En las décadas posteriores se celebraron funerales, se publicaron biografías y discursos en su memoria y se levantaron monumentos para recordar tanto al general como a los defensores de la ciudad.
Sus restos terminaron siendo trasladados a Gerona, donde su memoria quedó estrechamente vinculada a la de los defensores de 1809.
Mariano Álvarez de Castro quedó identificado históricamente con una de las defensas urbanas más prolongadas de la Guerra de la Independencia.
Su importancia no reside únicamente en haberse negado a rendir Gerona. Durante meses tuvo que organizar una defensa compleja, administrar recursos cada vez más escasos, mantener la disciplina y coordinar fortificaciones, tropas y población civil bajo un bombardeo continuo.
Pero, como ocurre con Palafox en Zaragoza, la resistencia no debe reducirse a la figura de un único general. Gerona resistió gracias a la actuación conjunta de soldados, oficiales, voluntarios y población civil.
Álvarez de Castro se convirtió en el símbolo de aquella resistencia colectiva y en una de las figuras militares más recordadas de la Guerra de la Independencia en Cataluña.
1775–1825
Juan Martín Díez, conocido como el Empecinado, fue uno de los grandes jefes guerrilleros de la Guerra de la Independencia. De origen campesino y con una breve experiencia militar anterior, comenzó en 1808 al frente de una pequeña partida y terminó dirigiendo varios miles de hombres, integrado plenamente en el Ejército español. Tras combatir durante años contra las tropas napoleónicas, se identificó con el liberalismo constitucional y se enfrentó al absolutismo de Fernando VII. Durante el Trienio Liberal volvió a ocupar importantes responsabilidades militares. Restaurado el absolutismo en 1823, se exilió en Portugal, fue posteriormente detenido y terminó ejecutado en Roa en 1825.
Juan Martín Díez nació en Castrillo de Duero, Valladolid, en 1775, dentro de una familia campesina.
Durante su juventud trabajó principalmente en las labores agrícolas, pero desde muy pronto mostró interés por la vida militar. A los dieciocho años se incorporó como voluntario al Ejército español durante la Guerra de la Convención contra la Francia revolucionaria.
Entre 1793 y 1795 combatió en la campaña de los Pirineos. Aquella experiencia le permitió conocer las tácticas de pequeñas unidades, exploración y movimientos rápidos que posteriormente desempeñarían un papel fundamental en su actividad guerrillera.
Terminada la guerra regresó a Castilla y volvió a dedicarse a la agricultura.
El famoso sobrenombre no nació inicialmente de su carácter obstinado. A los habitantes de Castrillo de Duero se los conocía tradicionalmente como «empecinados».
El origen del término se ha relacionado con la pecina, el cieno oscuro o verdoso que se formaba en las aguas de los arroyos de la zona.
Juan Martín terminó convirtiendo aquel apodo local en su propia identificación personal y militar.
Su celebridad fue tan grande que con el tiempo la palabra «empecinado» pasó al lenguaje común para designar a una persona obstinada o empeñada firmemente en conseguir algo.
La ocupación francesa y los acontecimientos de mayo de 1808 transformaron nuevamente su vida.
Juan Martín comenzó a organizar una pequeña partida para atacar a soldados, correos y convoyes franceses que circulaban por Castilla. Como otras formaciones guerrilleras, aquella primera fuerza estaba compuesta por un número reducido de hombres que conocían perfectamente los caminos y el terreno.
Su objetivo no era enfrentarse frontalmente a grandes unidades francesas, sino aprovechar la sorpresa, la movilidad y la información proporcionada por la población para atacar puntos vulnerables.
Había comenzado la trayectoria que convertiría al Empecinado en uno de los jefes guerrilleros más conocidos de la guerra.
Las fuerzas del Empecinado actuaron principalmente en las regiones centrales de la Península, especialmente por Valladolid, Segovia, Burgos, Guadalajara, Cuenca y Madrid.
Sus hombres atacaban correos, convoyes, destacamentos y pequeñas guarniciones francesas. Después se dispersaban rápidamente antes de que fuerzas superiores pudieran alcanzarlos.
Las carreteras tenían una importancia fundamental para el Ejército napoleónico. Por ellas circulaban órdenes, alimentos, armas, dinero, refuerzos y correspondencia.
Obligar a los franceses a proteger continuamente estas comunicaciones suponía inmovilizar soldados que no podían emplearse en las grandes operaciones militares.
El número de hombres bajo las órdenes del Empecinado creció rápidamente. Lo que había comenzado como una pequeña partida se transformó progresivamente en una organización militar mucho más compleja.
El gobierno de la España resistente reconoció sus servicios y fue concediéndole sucesivos empleos militares.
La guerrilla quedó de esta forma cada vez más integrada en la estructura del Ejército regular español, con unidades organizadas, oficiales, caballería y una jerarquía formal.
Hacia 1811, Juan Martín mandaba ya varios miles de hombres y estaba relacionado con el Regimiento de Húsares de Guadalajara. Había pasado de jefe de una pequeña partida a comandante de una fuerza militar capaz de operar en varias provincias.
Buena parte de las operaciones más importantes del Empecinado se desarrollaron en Guadalajara y Cuenca, regiones atravesadas por vías fundamentales para las comunicaciones francesas.
Desde aquellas zonas sus fuerzas podían amenazar los caminos que unían Madrid con otras partes de la Península, atacar destacamentos y obligar a los franceses a organizar continuamente columnas de persecución.
La documentación conservada muestra también que su actividad iba mucho más allá del combate. Juan Martín intervenía en la organización de tropas, solicitaba armamento, mantenía correspondencia con las autoridades y participaba en cuestiones relacionadas con el abastecimiento y la administración de los territorios donde operaba.
La guerrilla se estaba convirtiendo en una auténtica estructura político-militar territorial.
La trayectoria del Empecinado no fue una sucesión continua de victorias. Sus tropas sufrieron también derrotas importantes y fueron objeto de repetidas operaciones francesas destinadas específicamente a destruirlas.
La guerra de guerrillas fue además extraordinariamente dura. Las represalias contra colaboradores, las ejecuciones de prisioneros, las requisas y la presión sobre las poblaciones formaron parte del conflicto en numerosos territorios.
Los franceses comprendieron pronto que eliminar a las partidas exigía algo más que vencerlas en combate: había que privarlas de la red de información, abastecimiento y refugio que les proporcionaban las poblaciones.
Esa relación entre guerrilla y población explica tanto su eficacia como la enorme violencia que la guerra llevó a muchas zonas rurales.
El reconocimiento oficial de Juan Martín continuó aumentando durante la guerra.
Fue promovido a brigadier y llegó a mandar importantes fuerzas integradas dentro de los ejércitos regulares españoles. La documentación militar de la época lo presenta ya no únicamente como jefe guerrillero, sino como comandante de divisiones y unidades encuadradas dentro del dispositivo general contra los franceses.
La trayectoria del Empecinado constituye así uno de los mejores ejemplos de la transformación producida durante la Guerra de la Independencia: hombres procedentes de fuera de la élite militar tradicional podían alcanzar elevados empleos gracias a su actuación en campaña.
Una de sus acciones más recordadas tuvo lugar en Alcalá de Henares el 22 de mayo de 1813.
Las tropas del Empecinado se enfrentaron a fuerzas francesas en las proximidades del puente de Zulema y consiguieron rechazarlas.
La acción tuvo una considerable repercusión local y quedó durante décadas vinculada a la memoria del guerrillero.
Para entonces el equilibrio de la guerra estaba cambiando rápidamente. Wellington preparaba la gran ofensiva que culminaría pocas semanas después en la batalla de Vitoria.
La retirada francesa de España puso fin a seis años de actividad casi ininterrumpida para el Empecinado.
Juan Martín había comenzado la guerra como jefe de una pequeña partida y la terminaba convertido en un militar de alta graduación, ampliamente conocido en todo el país.
Su sobrenombre había adquirido tal notoriedad que solicitó autorización para utilizarlo oficialmente junto a su nombre.
Una Real Orden de 9 de octubre de 1814 permitió que firmara oficialmente como Juan Martín Díez, el Empecinado.
El final de la guerra abrió una profunda contradicción en la trayectoria del Empecinado.
Había combatido durante años contra los franceses en nombre de Fernando VII, pero durante aquella misma guerra se había identificado progresivamente con el sistema político surgido de las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812.
Cuando Fernando regresó en 1814 y restauró la monarquía absoluta, Juan Martín no ocultó su desacuerdo.
Llegó a solicitar personalmente al monarca el restablecimiento de la Constitución de Cádiz. Su posición política comenzó así a enfrentarlo con el régimen absolutista del rey por cuyo regreso había luchado.
A pesar de sus diferencias políticas con Fernando VII, su prestigio militar seguía siendo enorme.
Tras la guerra alcanzó el empleo de mariscal de campo, culminando una carrera extraordinaria para un hombre que antes de 1808 se dedicaba fundamentalmente a la agricultura.
Sin embargo, su defensa del constitucionalismo terminó provocando su alejamiento de los principales puestos de mando durante el Sexenio Absolutista.
El pronunciamiento encabezado por Rafael del Riego en 1820 obligó a Fernando VII a restaurar la Constitución de 1812.
El Empecinado apoyó el nuevo régimen constitucional y regresó a una posición destacada dentro del Ejército.
Durante el Trienio Liberal fue nombrado gobernador militar de Zamora y participó en operaciones contra las partidas realistas que intentaban derribar el sistema constitucional.
El antiguo guerrillero que había combatido contra Napoleón se encontraba ahora defendiendo con las armas el liberalismo frente a los partidarios del absolutismo.
En 1823, la intervención del ejército francés conocido como los Cien Mil Hijos de San Luis puso fin al régimen constitucional.
Fernando VII recuperó plenamente sus poderes absolutos y comenzó una nueva persecución de los liberales.
El Empecinado intentó resistir durante algún tiempo, pero la derrota del régimen constitucional lo obligó finalmente a abandonar España.
Se refugió en Portugal, como hicieron otros militares y políticos vinculados al liberalismo.
Desde Portugal, Juan Martín solicitó garantías para poder regresar a España.
Sin embargo, después de cruzar la frontera fue detenido y entregado a las autoridades absolutistas. Comenzó entonces un prolongado cautiverio que terminó llevándolo a Roa, en la provincia de Burgos.
Allí fue sometido a un proceso por su actuación durante el Trienio Liberal y por su oposición al régimen absolutista.
El antiguo guerrillero, uno de los hombres que había combatido durante años por el regreso de Fernando VII, se encontraba ahora prisionero del propio régimen fernandino.
Juan Martín fue finalmente condenado a muerte.
Su condición de militar hizo que esperara recibir la muerte mediante fusilamiento, pero la sentencia estableció que fuera ejecutado en la horca.
La elección de este procedimiento adquirió una fuerte dimensión simbólica, pues suponía aplicar a un antiguo general una forma de ejecución asociada tradicionalmente a los condenados civiles.
El 20 de agosto de 1825, Juan Martín Díez, el Empecinado, fue ejecutado en Roa.
La muerte del Empecinado constituye una de las grandes paradojas del reinado de Fernando VII.
Durante la Guerra de la Independencia había arriesgado repetidamente su vida luchando contra los ejércitos napoleónicos y en defensa del monarca cautivo.
Poco más de una década después terminó condenado a muerte por el régimen de aquel mismo rey debido a su identificación con el liberalismo constitucional.
Su trayectoria refleja así la profunda transformación política experimentada por España después de 1808: la guerra contra Napoleón había abierto también un conflicto interno sobre cómo debía organizarse políticamente la Monarquía.
Juan Martín se convirtió rápidamente en una de las figuras más representativas de la guerrilla española.
Su vida inspiró memorias, biografías, grabados y obras literarias. Décadas después, Benito Pérez Galdós lo convirtió en personaje central de uno de sus Episodios Nacionales, titulado precisamente Juan Martín el Empecinado.
La imagen posterior del personaje reunió dos dimensiones: el guerrillero que combatió contra Napoleón y el liberal perseguido por Fernando VII.
Incluso su sobrenombre trascendió al personaje y terminó incorporándose definitivamente al vocabulario español.
El Empecinado representa de forma excepcional la movilidad social y política provocada por la Guerra de la Independencia.
Antes de 1808 era fundamentalmente un labrador castellano con cierta experiencia militar. Durante la guerra creó y dirigió fuerzas que llegaron a reunir miles de hombres y terminó integrado en la estructura superior del Ejército.
Su trayectoria tampoco terminó con la expulsión de los franceses. Como ocurrió con otros militares surgidos de la guerra, las ideas constitucionales adquirieron una importancia creciente en su actividad política.
Su vida une así dos grandes conflictos de la España del primer tercio del siglo XIX: la lucha contra Napoleón y el enfrentamiento entre absolutismo y liberalismo.
1769–1852
Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, fue el principal comandante británico en la Guerra de la Independencia. Tras consolidar la defensa de Portugal, dirigió un ejército aliado británico, portugués y español que terminó llevando la guerra desde la frontera portuguesa hasta el interior de España y, finalmente, al sur de Francia. Sus victorias en los Arapiles y Vitoria fueron decisivas para el hundimiento del dominio napoleónico en la Península.
Arthur Wellesley nació en Dublín en 1769, en el seno de una familia aristocrática angloirlandesa. Ingresó en el ejército británico en 1787 y adquirió sus primeras experiencias de campaña durante las guerras contra la Francia revolucionaria.
Su carrera dio un salto decisivo durante su estancia en la India. Allí participó en varias campañas y desarrolló una forma de dirigir la guerra basada en la disciplina, el control de los suministros, el conocimiento del terreno y la coordinación de movimientos.
La victoria de Assaye en 1803 consolidó su reputación militar. Cuando regresó a Europa era ya un general experimentado, acostumbrado a mandar ejércitos en operaciones complejas y a prestar una atención extraordinaria a la logística.
En 1808, después de la invasión napoleónica de España y el levantamiento contra José I, Gran Bretaña decidió intervenir militarmente en Portugal. Wellesley desembarcó allí al frente de una fuerza expedicionaria.
Sus primeras operaciones fueron rápidas. Derrotó a las tropas francesas en Roliça y, pocos días después, obtuvo una nueva victoria en Vimeiro.
Sin embargo, la posterior Convención de Sintra permitió al ejército francés abandonar Portugal en condiciones muy favorables. Wellesley, aunque no había sido responsable principal del acuerdo, tuvo que regresar temporalmente a Gran Bretaña para comparecer ante una investigación.
En 1809 volvió a la Península y asumió el mando de las fuerzas británicas en Portugal. Desde allí desarrollaría durante los cinco años siguientes una de las campañas más prolongadas de las guerras napoleónicas.
Tras cruzar el Duero y expulsar de Oporto al ejército del mariscal Soult, penetró en España y coordinó sus fuerzas con el ejército español del general Gregorio García de la Cuesta.
Ambos ejércitos combatieron contra los franceses en Talavera, los días 27 y 28 de julio de 1809. La batalla terminó con una victoria aliada, aunque las dificultades de abastecimiento y la llegada de nuevas fuerzas francesas obligaron a Wellesley a retirarse nuevamente hacia Portugal.
Wellington comprendió que Portugal debía convertirse en una base segura desde la que mantener permanentemente un ejército británico en la Península.
Para proteger Lisboa impulsó la construcción de las Líneas de Torres Vedras, un enorme sistema de fortificaciones levantado en secreto al norte de la capital portuguesa.
Cuando el ejército francés del mariscal Masséna invadió Portugal en 1810, Wellington combatió en Buçaco y después se retiró ordenadamente detrás de aquellas defensas. Incapaces de romper las líneas y con graves dificultades para abastecerse, los franceses terminaron retirándose en 1811.
Una vez asegurado Portugal, Wellington pasó progresivamente a la ofensiva. A comienzos de 1812 tomó las fortalezas de Ciudad Rodrigo y Badajoz, que controlaban las principales rutas entre Portugal y el interior español.
La conquista de ambas plazas abrió el camino hacia Castilla. El momento decisivo llegó el 22 de julio de 1812, en la batalla de los Arapiles, cerca de Salamanca.
Wellington aprovechó un error en el despliegue del mariscal Auguste Marmont y lanzó un rápido ataque contra las divisiones francesas que habían quedado excesivamente separadas. La derrota francesa fue contundente y alteró profundamente el equilibrio estratégico de la guerra.
La victoria de los Arapiles obligó a José I a abandonar Madrid. Wellington entró en la capital en agosto de 1812 y fue recibido como uno de los grandes vencedores de la campaña.
Sin embargo, el dominio aliado todavía no era definitivo. La imposibilidad de conquistar Burgos y la concentración de nuevos ejércitos franceses obligaron a Wellington a retirarse nuevamente hacia Portugal antes de terminar el año.
La campaña de 1812 demostró, no obstante, que los franceses ya no podían mantener de forma segura el centro de España cuando el ejército aliado lograba concentrar sus fuerzas.
En la primavera de 1813, Wellington lanzó la ofensiva definitiva. En lugar de avanzar directamente hacia Madrid, desplazó sus fuerzas hacia el norte para amenazar las comunicaciones francesas con la frontera.
El 21 de junio de 1813 alcanzó al ejército dirigido por José I y el mariscal Jean-Baptiste Jourdan en las proximidades de Vitoria.
El ejército aliado atacó desde varias direcciones y desorganizó completamente la posición francesa. La retirada se convirtió en una huida en la que se perdió gran parte del tren de equipajes, artillería y suministros del ejército josefino.
La derrota de Vitoria hizo prácticamente imposible mantener el régimen de José I en España. Las fuerzas francesas se replegaron hacia los Pirineos y la guerra comenzó a trasladarse hacia la frontera y el territorio francés.
Tras Vitoria, el ejército aliado tuvo todavía que superar una dura resistencia francesa. Las operaciones continuaron alrededor de San Sebastián, Pamplona y los pasos de los Pirineos.
Wellington derrotó las tentativas del mariscal Soult de recuperar la iniciativa y, durante los últimos meses de 1813, las tropas aliadas penetraron en territorio francés.
La campaña terminó en 1814, cuando la abdicación de Napoleón puso fin a la primera etapa de las guerras napoleónicas.
La imagen tradicional de Wellington como el hombre que expulsó por sí solo a los franceses de España simplifica la realidad. Su ejército dependió estrechamente de las fuerzas portuguesas, integradas y reorganizadas junto con los británicos, y combatió en un escenario donde los ejércitos españoles y las guerrillas mantenían ocupadas a numerosas tropas napoleónicas.
La relación con los mandos españoles no estuvo exenta de conflictos, especialmente por cuestiones de coordinación, suministros y estrategia. Pero desde 1812 y, sobre todo, en la campaña de 1813, Wellington ejerció un papel cada vez más destacado en la dirección conjunta de las operaciones aliadas.
Sus campañas peninsulares convirtieron a Wellesley en una de las grandes figuras militares británicas. En 1814 recibió el título de duque de Wellington.
Cuando Napoleón regresó del exilio de Elba en 1815, Wellington recibió el mando de uno de los grandes ejércitos aliados desplegados en los Países Bajos. El 18 de junio de 1815 dirigió las fuerzas anglo-aliadas en Waterloo, donde la intervención conjunta del ejército prusiano de Blücher permitió derrotar definitivamente a Napoleón.
Después de las guerras napoleónicas Wellington siguió ocupando una posición central en la vida pública británica. Fue comandante en jefe del ejército y desarrolló una larga carrera política dentro del partido conservador.
Llegó a ser primer ministro del Reino Unido entre 1828 y 1830 y volvió brevemente al gobierno en 1834. Su figura terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos militares y políticos de la Gran Bretaña del siglo XIX.
1781–1836
Francisco Espoz y Mina fue uno de los más destacados guerrilleros españoles de la Guerra de la Independencia y una de las grandes figuras militares del liberalismo durante las primeras décadas del siglo XIX. De origen campesino y sin una formación militar profesional inicial, asumió en 1810 el mando de las guerrillas navarras y terminó convirtiéndolas en la poderosa División de Navarra. Tras la guerra defendió el régimen constitucional frente al absolutismo de Fernando VII, vivió largos periodos de exilio y regresó finalmente a España para combatir a los carlistas durante los últimos años de su vida.
Francisco Espoz nació en Idocin, Navarra, en 1781, dentro de una modesta familia campesina. Durante su juventud trabajó principalmente en las labores agrícolas de la hacienda familiar y no recibió una formación militar comparable a la de los oficiales profesionales del Ejército.
Su vida cambió radicalmente con la invasión napoleónica de 1808. Como miles de españoles, abandonó sus ocupaciones habituales para participar en la resistencia contra las tropas francesas.
Después de algunas primeras experiencias militares, en 1809 se incorporó al Corso Terrestre de Navarra, una formación guerrillera dirigida por su sobrino Francisco Javier Mina, conocido posteriormente como Mina el Mozo.
En 1810, Javier Mina fue capturado por los franceses. La desaparición de su jefe provocó inicialmente la dispersión de buena parte de las fuerzas guerrilleras navarras.
Francisco Espoz consiguió imponerse progresivamente sobre otros jefes locales y reunir de nuevo numerosas partidas bajo su autoridad. Para aprovechar el prestigio que había adquirido su sobrino entre los combatientes y la población, incorporó el apellido Mina al nombre con el que sería conocido desde entonces: Francisco Espoz y Mina.
Su capacidad de mando permitió transformar una colección de partidas guerrilleras dispersas en una organización cada vez más disciplinada, coordinada y eficaz.
Navarra ofrecía condiciones especialmente favorables para la guerra irregular. Espoz y Mina conocía profundamente los caminos, montañas, valles y poblaciones del territorio y aprovechó ese conocimiento para atacar las comunicaciones francesas y evitar los enfrentamientos en condiciones desfavorables.
Sus hombres hostigaban convoyes, correos, guarniciones y destacamentos, desapareciendo rápidamente cuando fuerzas francesas superiores intentaban perseguirlos.
Pero la eficacia de Espoz y Mina no dependía únicamente de ataques aislados. Creó una auténtica estructura militar y administrativa capaz de reclutar hombres, recaudar recursos, obtener información, administrar justicia y mantener una red de comunicaciones por gran parte de Navarra.
La guerrilla comenzaba así a convertirse en algo mucho más parecido a un ejército territorial organizado.
El crecimiento de sus fuerzas llevó a la Regencia a reconocer oficialmente la organización creada por Espoz y Mina. En 1811 sus unidades quedaron integradas en el Ejército regular con el nombre de División de Navarra.
Aquella transformación resulta fundamental para comprender su figura. Espoz y Mina había comenzado la guerra prácticamente como un voluntario, pero terminó mandando una fuerza militar compuesta por varios batallones de infantería y unidades de caballería.
Su carrera fue igualmente rápida. Recibió sucesivos ascensos y en 1812 fue promovido a mariscal de campo, reconocimiento extraordinario para un hombre que apenas cuatro años antes trabajaba fundamentalmente como agricultor.
Una de las especialidades de Espoz y Mina fue atacar las comunicaciones que unían las guarniciones francesas de la Península con Francia. Convoyes militares, suministros, correos y prisioneros debían recorrer carreteras vulnerables a las emboscadas de sus tropas.
Entre sus acciones más conocidas se encuentran las sorpresas de Arlabán de 1811 y 1812, realizadas contra importantes convoyes franceses que atravesaban el norte peninsular.
Estas operaciones permitieron capturar hombres, armas y suministros, liberar prisioneros y dificultar considerablemente la circulación francesa entre Madrid y la frontera.
También obtuvo éxitos en lugares como Rocaforte, Sangüesa, Tafalla, Sos del Rey Católico, Fuenterrabía y otros puntos de Navarra y las regiones vecinas.
Durante los últimos años de la Guerra de la Independencia, la División de Navarra dejó de actuar únicamente mediante pequeñas operaciones guerrilleras y comenzó a intervenir como una verdadera fuerza militar.
En 1812 y 1813 sus efectivos crecieron considerablemente y fueron capaces de mantener bajo presión a importantes guarniciones francesas. Cuando los ejércitos aliados avanzaron hacia el norte después de la victoria de Vitoria en junio de 1813, las tropas de Espoz y Mina colaboraron en las operaciones que terminaron expulsando a los franceses de buena parte de Navarra.
Su trayectoria representa uno de los ejemplos más claros de la evolución de la guerrilla española: desde pequeños grupos de combatientes locales hasta unidades capaces de integrarse en las operaciones generales de los ejércitos aliados.
La derrota de Napoleón no significó para Espoz y Mina el final de los conflictos. Cuando Fernando VII regresó a España en 1814 y abolió la Constitución de Cádiz, el antiguo guerrillero se situó progresivamente entre los militares partidarios del liberalismo.
Ese mismo año intentó promover en Pamplona un levantamiento destinado a restablecer el régimen constitucional. La operación fracasó y Espoz y Mina tuvo que abandonar España y refugiarse en Francia.
Comenzaba así una nueva etapa de su vida en la que la lucha contra Napoleón fue sustituida por el enfrentamiento político entre liberalismo y absolutismo.
El pronunciamiento de Rafael del Riego en 1820 obligó a Fernando VII a restaurar la Constitución de 1812. Espoz y Mina regresó entonces a España y volvió a ocupar importantes responsabilidades militares.
Durante los años siguientes fue destinado a diferentes capitanías generales y en 1822 recibió el mando en Cataluña, donde se había producido una importante insurrección realista contra el régimen constitucional.
Sus operaciones culminaron con la derrota de las fuerzas absolutistas y la desaparición de la llamada Regencia de Urgel. Como reconocimiento a aquella campaña fue ascendido a teniente general y recibió la Cruz de San Fernando.
La campaña mostró también uno de los aspectos más polémicos de su forma de hacer la guerra: Espoz y Mina aplicó medidas extremadamente duras contra las poblaciones y fuerzas que apoyaban la insurrección realista.
En 1823, un ejército francés dirigido por el duque de Angulema invadió España con el objetivo de restaurar plenamente el poder absoluto de Fernando VII.
Espoz y Mina fue uno de los generales constitucionales que opusieron resistencia a la intervención francesa. Desde Cataluña trató de mantener la defensa del régimen liberal, pero la superioridad política y militar de los invasores terminó haciendo imposible la resistencia.
En noviembre de 1823 tuvo que capitular. Ante la restauración absolutista abandonó nuevamente España y comenzó un largo exilio en Gran Bretaña y Francia.
Durante el Trienio Liberal, Espoz y Mina conoció en La Coruña a Juana de Vega, hija de una familia de la burguesía comercial gallega y profundamente vinculada al liberalismo.
Se casaron en 1821. Juana, mucho más joven que el general, se convirtió desde entonces en una colaboradora fundamental, especialmente durante los años de conspiraciones y exilio.
Además de acompañarlo durante buena parte de su vida política, conservó después de su muerte su documentación y contribuyó decisivamente a la preparación y publicación de las Memorias del general Espoz y Mina.
Su labor sería esencial para la construcción de la memoria histórica del antiguo guerrillero durante el siglo XIX.
El exilio no puso fin a la actividad política de Espoz y Mina. Como otros liberales españoles expatriados, participó en distintos proyectos destinados a provocar un levantamiento contra el régimen absolutista de Fernando VII.
En 1830, aprovechando el ambiente revolucionario europeo creado por la Revolución de Julio en Francia, encabezó una expedición que intentó penetrar en España por la frontera navarra.
El movimiento no consiguió provocar la insurrección esperada y sus participantes tuvieron que regresar rápidamente a territorio francés.
Espoz y Mina permanecería en el exilio hasta los últimos años del reinado de Fernando VII.
La muerte de Fernando VII en 1833 permitió el regreso de numerosos liberales exiliados. Espoz y Mina volvió a España y recuperó su posición dentro del Ejército.
En 1834 fue nombrado virrey de Navarra y recibió el mando de las fuerzas gubernamentales que combatían contra los carlistas dirigidos por Tomás de Zumalacárregui.
La situación tenía algo de paradójico: el antiguo maestro de la guerra irregular se enfrentaba ahora a un adversario que utilizaba en las mismas montañas navarras métodos de movilidad, conocimiento del terreno y apoyo local semejantes a los que él había empleado contra los franceses veinte años antes.
La campaña resultó mucho más difícil de lo esperado y Espoz y Mina no consiguió destruir el ejército carlista de Zumalacárregui. Su deteriorado estado de salud terminó obligándolo a abandonar temporalmente el mando.
En octubre de 1835, el gobierno de Juan Álvarez Mendizábal volvió a recurrir a Espoz y Mina y lo nombró capitán general de Cataluña, donde debía combatir a las fuerzas carlistas.
Pese al empeoramiento de su salud, aceptó el mando y emprendió nuevas operaciones militares. Su actuación volvió a caracterizarse por una política de gran dureza frente a la insurrección.
El episodio más controvertido fue la ejecución en 1836 de María Griñó, madre del general carlista Ramón Cabrera, decisión autorizada durante su mando y que provocó una fuerte condena incluso entre numerosos contemporáneos.
El episodio contribuyó a mostrar hasta qué punto la Primera Guerra Carlista estaba convirtiéndose en un conflicto marcado por represalias, ejecuciones y violencia contra personas alejadas directamente del campo de batalla.
Gravemente enfermo, Espoz y Mina pasó sus últimos meses en Barcelona. Murió allí el 24 de diciembre de 1836, a los 55 años.
Su viuda, Juana de Vega, se convirtió en la principal depositaria de su memoria y documentación. Posteriormente recibió el título de condesa de Espoz y Mina.
Los restos del general terminaron siendo trasladados a Pamplona, donde reposan en un mausoleo situado en el claustro de la catedral.
La trayectoria de Espoz y Mina atraviesa tres grandes conflictos de la primera mitad del siglo XIX español: la lucha contra Napoleón, el enfrentamiento entre absolutismo y liberalismo y la Primera Guerra Carlista.
Durante la Guerra de la Independencia destacó por su capacidad para transformar una guerrilla local en una fuerza organizada capaz de controlar amplias zonas de Navarra y enfrentarse eficazmente al Ejército imperial.
Después de 1814 convirtió el liberalismo constitucional en el eje de su actuación política, participando en pronunciamientos, guerras, conspiraciones y largos periodos de exilio.
Su figura reúne así dos dimensiones inseparables: el héroe de la resistencia contra Napoleón y el militar liberal de métodos extremadamente duros. Esa complejidad explica tanto la enorme admiración que despertó entre sus partidarios como las controversias que acompañaron su trayectoria.
1758–1852
Francisco Javier Castaños y Aragorri fue uno de los principales militares españoles de la Guerra de la Independencia. Como general en jefe del Ejército de Andalucía dirigió la campaña que culminó en la victoria de Bailén en julio de 1808, primera gran derrota y capitulación de un ejército napoleónico en la Península y uno de los acontecimientos de mayor repercusión europea de los primeros meses de la guerra.
Su trayectoria, sin embargo, fue mucho más amplia que Bailén. Mandó posteriormente el Ejército del Centro, formó parte de la primera Regencia de España e Indias, volvió a ejercer importantes mandos militares durante las campañas finales de la guerra y desarrolló después una larga carrera institucional que se prolongó hasta el reinado de Isabel II.
Nacido en Madrid en 1758 en una familia estrechamente vinculada a la administración militar, Castaños recibió con apenas diez años el grado de capitán de Infantería por gracia real y en atención a los servicios de su padre. Aquel nombramiento no significaba, naturalmente, que ejerciera entonces un mando efectivo: su verdadera formación militar se desarrollaría durante los años siguientes.
Estudió en el Seminario de Nobles de Madrid y completó su formación militar en Barcelona. Durante las décadas siguientes participó en diferentes campañas de la Monarquía española, entre ellas las operaciones de Gibraltar, Ceuta y Orán y, especialmente, la Guerra de la Convención contra la Francia revolucionaria.
La experiencia acumulada durante estas campañas le permitió ascender progresivamente dentro del Ejército. En 1801 alcanzó el empleo de teniente general y poco después quedó vinculado al mando militar del Campo de Gibraltar, donde le sorprendería la crisis de 1808.
Cuando la ocupación francesa provocó el levantamiento de 1808, Castaños se encontraba al frente de las fuerzas españolas del Campo de Gibraltar.
La Junta de Sevilla le encargó organizar y dirigir las tropas que debían enfrentarse al ejército francés del general Pierre Dupont, que había penetrado en Andalucía, vencido la resistencia española en Alcolea y ocupado Córdoba.
Las fuerzas reunidas por las juntas andaluzas terminaron formando el Ejército de Andalucía. A las tropas organizadas desde Sevilla se sumaron las procedentes del antiguo Reino de Granada, entre ellas las mandadas por Teodoro Reding.
Castaños quedó al frente del conjunto como general en jefe, acompañado por mandos como Reding, el marqués de Coupigny y Manuel de la Peña.
El ejército francés se encontraba desplegado a lo largo del Guadalquivir, con Dupont situado principalmente en Andújar y otras fuerzas distribuidas hacia Bailén y Sierra Morena.
El plan español consistía en mantener a Dupont fijado frente a Andújar mientras otras divisiones cruzaban el río, avanzaban hacia su retaguardia y amenazaban sus comunicaciones con el norte.
Las divisiones de Reding y Coupigny desempeñaron un papel fundamental en aquella maniobra, mientras Castaños permanecía con el grueso de sus fuerzas frente a la posición francesa.
El movimiento español terminó obligando a Dupont a abandonar Andújar e intentar retirarse hacia Bailén durante la noche del 18 al 19 de julio.
En la madrugada del 19 de julio de 1808, las tropas francesas encontraron bloqueado el camino hacia Sierra Morena por las fuerzas españolas desplegadas alrededor de Bailén.
Castaños era el general en jefe del Ejército de Andalucía, pero no dirigió personalmente las tropas que sostuvieron el grueso del combate. Las fuerzas que se enfrentaron directamente a Dupont estuvieron mandadas principalmente por Teodoro Reding y el marqués de Coupigny.
Durante varias horas los franceses lanzaron sucesivos ataques contra las líneas españolas sin conseguir romperlas. Mientras tanto, las fuerzas de Castaños avanzaban desde Andújar hacia la retaguardia francesa.
Dupont terminó encontrándose atrapado entre las divisiones españolas que bloqueaban su avance y las fuerzas que se aproximaban desde el oeste. Incapaz de continuar la batalla, solicitó una suspensión de las hostilidades.
Después del combate comenzaron las negociaciones entre ambos ejércitos. Las conversaciones terminaron formalizándose en las Capitulaciones de Andújar del 22 de julio de 1808.
Las condiciones afectaron no solo a las tropas directamente derrotadas bajo el mando de Dupont, sino también a otras fuerzas francesas que operaban en la región.
La rendición supuso uno de los primeros grandes golpes sufridos por el sistema militar napoleónico en la Península y tuvo una enorme repercusión política y propagandística.
El rey José I, recién instalado en Madrid, abandonó temporalmente la capital y las fuerzas francesas se replegaron hacia el norte.
La victoria tuvo una resonancia extraordinaria en España y en Europa. Hasta entonces los ejércitos de Napoleón habían construido una imagen de enorme superioridad después de sucesivas campañas victoriosas.
Bailén mostró que una fuerza imperial podía ser derrotada y obligada a capitular en una gran operación de campaña.
Para la resistencia española tuvo además un enorme efecto moral. La victoria demostraba que la invasión francesa podía ser combatida con éxito mediante ejércitos regulares organizados por las juntas.
Castaños quedó desde entonces asociado públicamente a la victoria, aunque el resultado había sido fruto de una dirección colectiva en la que Reding, Coupigny y otros mandos desempeñaron papeles esenciales.
El prestigio obtenido en Bailén llevó a Castaños a recibir el mando del Ejército del Centro.
Sin embargo, la situación estratégica había cambiado radicalmente. Napoleón decidió intervenir personalmente en España al frente de un poderoso ejército formado por veteranos de la Grande Armée.
El 23 de noviembre de 1808, las fuerzas españolas fueron derrotadas por el ejército francés en la batalla de Tudela.
La falta de coordinación entre los distintos ejércitos españoles, los problemas de autoridad entre sus mandos y la superioridad operativa francesa contribuyeron decisivamente al resultado.
Tudela mostró el contraste entre las posibilidades de los nuevos ejércitos españoles y sus enormes dificultades para actuar de forma coordinada frente a las grandes fuerzas que Napoleón acababa de introducir en la Península.
La derrota de Tudela no puso fin a la importancia política de Castaños. Cuando la Junta Suprema Central decidió reorganizar el poder ejecutivo, fue elegido miembro del Consejo de Regencia de España e Indias.
La Regencia asumió en 1810 la autoridad en nombre de Fernando VII y tuvo que gobernar en una situación extraordinariamente difícil, con buena parte de España ocupada por los franceses y Cádiz convertido en uno de los principales centros de la resistencia.
Castaños participó así directamente en la dirección política de la España que combatía contra Napoleón, además de su conocida trayectoria como jefe militar.
Después de su etapa en la Regencia, Castaños volvió a recibir importantes responsabilidades militares durante las fases posteriores de la guerra.
Entre 1811 y 1813 participó nuevamente en las operaciones de los ejércitos españoles y colaboró con las fuerzas portuguesas y británicas que actuaban en la Península bajo la dirección estratégica de Arthur Wellesley.
En 1812 se encontraba al frente del VI Ejército español y participó en las operaciones desarrolladas alrededor de Burgos.
Posteriormente asumió el mando del IV Ejército, integrado en la gran ofensiva aliada que durante 1813 empujó progresivamente a los ejércitos napoleónicos hacia la frontera.
Durante los últimos años de la guerra, la coordinación entre los ejércitos españoles y las fuerzas británicas y portuguesas adquirió una importancia creciente.
Wellington fue asumiendo un papel cada vez más amplio en la dirección estratégica de las operaciones aliadas, mientras los distintos ejércitos españoles colaboraban en la presión sobre las posiciones francesas.
Castaños formó parte de esta nueva fase de la guerra, muy diferente de la situación existente en 1808. Los ejércitos españoles estaban ahora más integrados en una estrategia general aliada que buscaba expulsar definitivamente a los franceses de la Península.
En agosto de 1813, cuando las operaciones habían alcanzado ya las proximidades de la frontera francesa, Castaños fue llamado para ocupar su puesto en el Consejo de Estado y dejó el mando del IV Ejército en manos del general Manuel Freire.
El final de la Guerra de la Independencia y el regreso de Fernando VII en 1814 abrieron una nueva etapa en la trayectoria de Castaños.
Su prestigio como vencedor de Bailén, su elevada posición dentro del Ejército y su proximidad a la Monarquía le permitieron seguir ocupando importantes responsabilidades durante las décadas siguientes.
A diferencia de otros generales de la Guerra de la Independencia que se identificaron abiertamente con el liberalismo, Castaños mantuvo una posición política esencialmente conservadora y vinculada a la Corona.
El prestigio acumulado durante su larga carrera militar fue acompañado por numerosas distinciones.
En 1829 recibió el Toisón de Oro, una de las más importantes condecoraciones de la Monarquía española.
En 1833, Fernando VII le concedió el título de duque de Bailén, vinculando oficialmente su nombre con la batalla que había marcado su trayectoria.
Castaños se convirtió así en uno de los últimos grandes militares del reinado de Carlos IV que lograron mantener una posición destacada durante la transición hacia la España de Isabel II.
Tras la muerte de Fernando VII, Castaños continuó ocupando cargos institucionales durante la minoría de edad de Isabel II.
En 1834 fue presidente del Estamento de Próceres, la cámara alta establecida por el Estatuto Real dentro del nuevo sistema político bicameral.
Posteriormente formó parte también del Senado y continuó vinculado a las instituciones de la Monarquía durante los primeros años del régimen isabelino.
Su trayectoria política muestra hasta qué punto la generación militar surgida del Antiguo Régimen continuó participando en las instituciones de la España liberal.
Durante sus últimos años, Castaños conservó un enorme prestigio público. Su avanzada edad lo convirtió además en uno de los últimos grandes supervivientes de la generación que había dirigido la resistencia española en 1808.
Murió en Madrid el 24 de septiembre de 1852, a los 94 años.
Había vivido desde los últimos años del reinado de Fernando VI y Carlos III hasta la consolidación del reinado de Isabel II, atravesando una de las etapas de mayor transformación política y militar de la historia contemporánea española.
La memoria pública convirtió a Castaños en el principal símbolo de la victoria de Bailén.
Como general en jefe del Ejército de Andalucía, fue responsable de la dirección general de la campaña y de la coordinación de las fuerzas que terminaron colocando al ejército de Dupont en una situación insostenible.
Sin embargo, la batalla del 19 de julio no fue dirigida personalmente por Castaños sobre el terreno. El combate principal fue sostenido por las divisiones de Teodoro Reding y el marqués de Coupigny, mientras las fuerzas procedentes de Andújar avanzaban sobre la retaguardia francesa.
Bailén debe entenderse, por tanto, como el resultado de una dirección militar colectiva en la que Castaños ocupaba el mando superior, pero en la que también desempeñaron papeles fundamentales Reding, Coupigny, Manuel de la Peña y otros oficiales del Ejército de Andalucía.
La importancia histórica de Castaños no se limita a una sola batalla. Su carrera permite seguir algunas de las principales transformaciones experimentadas por España desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX.
Sirvió a la Monarquía del Antiguo Régimen, combatió contra la Francia revolucionaria, dirigió ejércitos durante la Guerra de la Independencia, participó en la Regencia creada durante la ausencia de Fernando VII y continuó ocupando responsabilidades después de la restauración borbónica.
Finalmente, durante el reinado de Isabel II, formó parte de las nuevas instituciones representativas surgidas tras la muerte de Fernando VII.
Su vida constituye así un puente entre el ejército del Antiguo Régimen, la guerra contra Napoleón y la construcción de la nueva Monarquía del siglo XIX.
1755–1809
Teodoro Reding de Biberegg fue un militar suizo al servicio de la Monarquía española y uno de los principales protagonistas de la Guerra de la Independencia. Después de una larga carrera en el Ejército español y de ejercer como gobernador militar de Málaga, en 1808 recibió el mando de la Primera División del Ejército de Andalucía.
Su victoria en Mengíbar contribuyó decisivamente a desarticular el dispositivo francés y, tres días después, ejerció el mando inmediato de las fuerzas españolas que detuvieron al ejército de Pierre Dupont en la batalla de Bailén del 19 de julio de 1808. Trasladado posteriormente a Cataluña, continuó combatiendo contra los franceses hasta resultar gravemente herido en la batalla de Valls. Murió en Tarragona en abril de 1809.
Teodoro Reding nació en Schwyz, Suiza, en 1755, dentro de una familia de antigua tradición militar. Su padre, Theodor Anton Reding, había servido también como oficial al servicio de España.
Como otros miembros de su familia, Teodoro desarrolló prácticamente toda su carrera dentro de los regimientos suizos del Ejército español. Ingresó al servicio de España con apenas catorce años y comenzó una trayectoria militar que se prolongaría durante cuatro décadas.
En 1772 alcanzó el empleo de capitán, en 1781 el de teniente coronel y en 1788 se convirtió en coronel de uno de los regimientos suizos vinculados tradicionalmente a su familia.
Durante las últimas décadas del siglo XVIII, Reding participó en diferentes campañas de la Monarquía española.
Intervino en las operaciones que culminaron con la recuperación de Menorca frente a los británicos en 1781–1782 y acumuló una amplia experiencia militar antes de enfrentarse nuevamente a Francia.
Su carrera representa bien el carácter internacional de los ejércitos del Antiguo Régimen, en los que unidades extranjeras podían servir durante generaciones a una monarquía distinta de la de su territorio de origen.
Entre 1793 y 1795, España combatió contra la Francia revolucionaria en la llamada Guerra de la Convención.
Reding participó activamente en las operaciones desarrolladas en los Pirineos, el País Vasco y Navarra y resultó herido en diferentes ocasiones.
Su actuación le permitió ascender a brigadier en 1793 y posteriormente a mariscal de campo.
A comienzos del siglo XIX participó también en la campaña contra Portugal de 1801.
En 1802, Reding fue destinado junto con su regimiento a Andalucía y quedó estrechamente vinculado a la ciudad de Málaga.
Durante las graves epidemias de fiebre amarilla de 1803 y 1804 participó activamente en las tareas sanitarias. Colaboró con la Junta de Sanidad, organizó medidas de aislamiento y abastecimiento y empleó a los soldados de su regimiento en las actuaciones destinadas a limitar la propagación de la enfermedad.
Numerosos integrantes de la propia unidad enfermaron y murieron durante aquellas operaciones. La actuación de Reding le proporcionó una gran popularidad entre la población malagueña.
El 21 de abril de 1806, Carlos IV nombró a Reding gobernador militar y corregidor político de Málaga.
Durante su gobierno impulsó reformas administrativas, sanitarias y urbanas. Se preocupó por la limpieza de las calles, el abastecimiento, el alumbrado, la seguridad y las obras destinadas a reducir los riesgos provocados por las crecidas del Guadalmedina.
También promovió medidas de asistencia social y mantuvo una relación especialmente estrecha con la población de la ciudad.
Cuando comenzó la Guerra de la Independencia en 1808, Reding era ya una figura muy conocida y respetada en Málaga.
Las noticias de las abdicaciones de Bayona y del levantamiento contra la ocupación francesa provocaron también la movilización de Andalucía.
Reding se incorporó al movimiento y participó en la organización de las fuerzas procedentes del antiguo Reino de Granada, especialmente de Málaga y Granada.
Las juntas comenzaron a reunir soldados regulares, milicias y voluntarios para hacer frente al ejército del general Pierre Dupont, que había penetrado en Andalucía y ocupado Córdoba.
Reding recibió el mando de una de las principales agrupaciones militares creadas para enfrentarse a los franceses.
Las fuerzas organizadas en Granada se reunieron con las procedentes de Sevilla para formar el Ejército de Andalucía.
El mando general correspondió a Francisco Javier Castaños, mientras Reding quedó al frente de la Primera División.
Otra de las principales divisiones estaba dirigida por Antonio Malet, marqués de Coupigny.
El plan español buscaba mantener a Dupont fijado alrededor de Andújar mientras Reding y otras fuerzas cruzaban el Guadalquivir y amenazaban las comunicaciones francesas con Bailén y Sierra Morena.
El 16 de julio de 1808, Reding cruzó el Guadalquivir por la zona de Mengíbar y se enfrentó a las fuerzas francesas que protegían aquel sector.
El día anterior había logrado ocultar una parte importante de sus efectivos al general francés Vedel, que interpretó erróneamente la entidad de la fuerza española y marchó hacia Andújar.
En los combates del día 16 apareció como refuerzo la división del general francés Jacques-Nicolas Gobert. Durante la lucha, Gobert recibió un disparo en la cabeza y fue mortalmente herido.
Las tropas francesas terminaron replegándose hacia Bailén. Aunque Reding regresó posteriormente a Mengíbar, la acción había alterado profundamente el dispositivo francés y amenazaba las comunicaciones de Dupont con Sierra Morena.
Después de Mengíbar, Reding volvió a cruzar el Guadalquivir y reunió sus fuerzas con las del marqués de Coupigny.
Ambas divisiones avanzaron hacia Bailén, situándose directamente sobre la línea que Dupont necesitaba utilizar para retirarse hacia Sierra Morena.
Mientras tanto, Castaños permanecía frente al ejército francés en Andújar con el resto del Ejército de Andalucía.
Ante el peligro de quedar aislado, Dupont abandonó finalmente Andújar durante la noche del 18 al 19 de julio y marchó precisamente hacia las posiciones ocupadas por Reding.
Durante la madrugada del 19 de julio de 1808, las avanzadas francesas encontraron a las tropas españolas desplegadas en las proximidades de Bailén.
Las divisiones de Reding y Coupigny constituían el núcleo del dispositivo español presente inicialmente en el campo. Por su antigüedad y posición, Reding ejerció el mando superior inmediato de las fuerzas que afrontaron el combate contra Dupont.
El general francés necesitaba atravesar aquella posición para recuperar sus comunicaciones con el norte antes de que las tropas de Castaños alcanzaran su retaguardia.
Comenzó así una batalla que se prolongaría durante varias horas bajo el intenso calor del verano andaluz.
Dupont lanzó sucesivos ataques contra la línea española intentando abrirse paso hacia Bailén.
Reding mantuvo el dispositivo, empleó las reservas disponibles y coordinó la actuación de las unidades de infantería, caballería y artillería que defendían la posición.
Las tropas españolas consiguieron resistir los ataques mientras el ejército francés iba agotándose progresivamente después de la marcha nocturna desde Andújar.
La artillería española desempeñó también un papel importante en la defensa y contribuyó a desorganizar los intentos franceses de romper la línea.
La victoria de Bailén fue el resultado de una dirección militar colectiva.
Castaños era el general en jefe del Ejército de Andalucía y responsable de la dirección general de la campaña. Reding ejerció el mando inmediato sobre las fuerzas que afrontaron el grueso del combate, mientras la división de Coupigny desempeñó también un papel fundamental dentro del dispositivo español.
Esta distinción es importante porque la memoria posterior tendió a identificar la victoria casi exclusivamente con Castaños, pese a que este no se encontraba en el escenario principal durante las primeras horas de la batalla.
Reding, sin embargo, respetó la estructura jerárquica del ejército y reconoció a Castaños como general en jefe.
Después de fracasar sus ataques, Dupont terminó solicitando una suspensión de las hostilidades.
Las primeras conversaciones se desarrollaron con los mandos españoles presentes en Bailén, pero Reding dejó la formalización definitiva de las condiciones en manos de Castaños como general en jefe.
Las negociaciones culminaron en las Capitulaciones de Andújar del 22 de julio de 1808.
La rendición de un importante ejército francés produjo una enorme conmoción en España y Europa y obligó a José I a abandonar temporalmente Madrid.
La actuación de Reding en Bailén aumentó extraordinariamente su prestigio.
Cuando regresó a Málaga en septiembre de 1808, fue recibido con grandes celebraciones por las autoridades y por una población que ya lo apreciaba por su etapa como gobernador.
Recibió diferentes homenajes y obsequios y quedó definitivamente convertido en una de las figuras históricas más vinculadas a la ciudad.
Su estancia, sin embargo, fue breve. La guerra estaba cambiando rápidamente y Reding fue requerido para incorporarse a un nuevo frente.
A finales de 1808, Reding fue trasladado a Cataluña, donde la situación española era especialmente difícil.
El ejército francés de Laurent de Gouvion Saint-Cyr había conseguido romper el bloqueo de Barcelona y derrotar a las fuerzas españolas.
Reding participó bajo el mando del general Juan Miguel Vives en las operaciones de Cardedeu y Molins de Rei, que terminaron con graves derrotas españolas.
La crisis provocó la sustitución de Vives y Reding terminó asumiendo el mando superior del ejército en Cataluña.
Desde Tarragona, Reding intentó reconstruir unas fuerzas profundamente debilitadas por las derrotas sufridas durante los meses anteriores.
Reorganizó unidades, trató de restablecer la disciplina, reunió nuevos efectivos y preparó la defensa del territorio frente al avance de Saint-Cyr.
Las circunstancias eran muy diferentes de las encontradas en Andalucía. Los franceses disponían ahora de tropas experimentadas y habían consolidado importantes posiciones alrededor de Barcelona.
A pesar de estas dificultades, Reding reunió nuevamente un importante ejército con el que intentaría recuperar la iniciativa.
El 25 de febrero de 1809, Reding se enfrentó al ejército de Saint-Cyr en las proximidades de Valls, Tarragona.
Durante más de ocho horas, ambos ejércitos combatieron alrededor del río Francolí y de las posiciones próximas a la ciudad.
Finalmente, la mayor experiencia y cohesión de las tropas imperiales permitió a Saint-Cyr romper el dispositivo español.
Reding participó personalmente en el combate y resultó gravemente herido por varios golpes de sable. A pesar de las heridas logró retirarse junto con los restos de su ejército hacia Tarragona.
En Tarragona, Reding continuó trabajando en la reorganización de las fuerzas españolas y en la preparación de la defensa de la ciudad.
Todavía convaleciente de las heridas sufridas en Valls, visitó hospitales y atendió cuestiones relacionadas con los numerosos soldados enfermos y heridos.
En aquellos meses se extendía una epidemia de tifus. Reding contrajo la enfermedad mientras su estado físico seguía debilitado por las heridas y las campañas anteriores.
Murió en Tarragona el 23 de abril de 1809, apenas nueve meses después de la victoria de Bailén.
La temprana muerte de Reding tuvo una consecuencia importante para su memoria histórica.
A diferencia de Castaños, que sobrevivió varias décadas y ocupó importantes cargos durante los reinados de Fernando VII e Isabel II, Reding murió cuando la Guerra de la Independencia acababa prácticamente de comenzar.
No pudo desarrollar una posterior carrera política ni participar en la construcción de su propia memoria pública.
Esta circunstancia contribuyó a que su protagonismo en Bailén quedara durante mucho tiempo eclipsado por la figura de Castaños.
Teodoro Reding ocupa un lugar singular dentro de la Guerra de la Independencia.
Su victoria previa en Mengíbar contribuyó a alterar las comunicaciones francesas y forzó la situación estratégica que terminaría conduciendo a Dupont hacia Bailén.
Tres días después ejerció el mando inmediato de las fuerzas españolas que resistieron los sucesivos ataques franceses durante el combate principal.
Por ello, aunque Castaños era correctamente el general en jefe y principal responsable de la campaña, el desarrollo táctico de la batalla del 19 de julio no puede entenderse sin la actuación de Reding y Coupigny.
La figura de Reding recuerda también el carácter internacional de los ejércitos europeos del siglo XVIII.
Nacido en Suiza, dedicó prácticamente toda su vida adulta al servicio militar de la Monarquía española y combatió sucesivamente contra británicos, revolucionarios franceses y ejércitos napoleónicos.
Su relación con España no fue únicamente militar. En Málaga desarrolló también una importante labor administrativa y sanitaria que explica el fuerte recuerdo que todavía conserva en la ciudad.
Su trayectoria une así el ejército del Antiguo Régimen, la administración ilustrada y la resistencia contra Napoleón.
1765–1840
Pierre Dupont de l'Étang fue un general francés de amplia experiencia en las guerras revolucionarias y napoleónicas. En 1808 recibió el mando de las fuerzas destinadas a penetrar en Andalucía. Tras vencer en Alcolea y ocupar Córdoba, su ejército quedó progresivamente aislado ante la reacción de las juntas andaluzas. La campaña culminó en la batalla de Bailén del 19 de julio de 1808, donde sus tropas fueron detenidas por las fuerzas españolas de Teodoro Reding y Coupigny. La posterior capitulación supuso un golpe extraordinario al prestigio militar francés y provocó la caída en desgracia de Dupont ante Napoleón.
Pierre Dupont había desarrollado una importante carrera militar mucho antes de llegar a España. Participó en las Guerras de la Revolución francesa y ascendió rápidamente dentro del Ejército.
Bajo Napoleón intervino en algunas de las campañas más importantes del Imperio y destacó en operaciones como Marengo, Haslach, Halle y Friedland.
Había alcanzado el empleo de general de división y era considerado un oficial experimentado. La campaña española de 1808 no fue, por tanto, confiada a un jefe secundario, sino a un militar cuya trayectoria hasta entonces había sido claramente ascendente.
En 1808, mientras Napoleón avanzaba en su proyecto de controlar la Monarquía española, Dupont recibió el mando de un cuerpo de ejército destinado a penetrar en Andalucía.
La operación tenía como objetivo asegurar la presencia francesa en una región estratégica, controlar sus principales ciudades y evitar que pudiera convertirse en un gran foco de resistencia.
El avance comenzó mientras la situación política española se deterioraba rápidamente tras las abdicaciones de Bayona y los levantamientos contra la ocupación francesa.
El 7 de junio de 1808, las tropas de Dupont encontraron resistencia española en el puente de Alcolea, a las puertas de Córdoba.
Los defensores reunían tropas regulares y numerosos voluntarios, pero carecían de la organización y experiencia del ejército francés.
Dupont consiguió romper las posiciones españolas y continuar su avance. El camino hacia Córdoba quedó abierto.
Después de la victoria en Alcolea, el ejército francés entró en Córdoba.
La ciudad sufrió durante los días siguientes un importante saqueo. Viviendas, edificios religiosos y propiedades particulares fueron objeto de robos y destrucciones por parte de las tropas.
El episodio tuvo importantes consecuencias políticas. La violencia de la ocupación contribuyó a intensificar la resistencia contra los franceses en Andalucía.
Además, el ejército terminó acumulando un importante volumen de equipajes y efectos que posteriormente dificultaría su movilidad durante la retirada.
La situación comenzó a cambiar rápidamente. Las juntas andaluzas organizaban tropas y la insurrección se extendía por la región.
Permanecer en Córdoba suponía correr el riesgo de quedar aislado. Dupont decidió abandonar la ciudad y retroceder hacia Andújar, junto al Guadalquivir.
Allí esperaba recibir refuerzos y mantener abierta la comunicación con las fuerzas francesas situadas al norte de Sierra Morena.
Mientras Dupont esperaba en Andújar, las juntas españolas estaban concentrando un importante ejército para enfrentarse a él.
Las fuerzas procedentes de Sevilla y Granada quedaron reunidas bajo el mando general de Francisco Javier Castaños.
Entre sus principales divisiones se encontraban las dirigidas por Teodoro Reding y el marqués de Coupigny.
El objetivo español era fijar a Dupont en Andújar mientras otras unidades cruzaban el Guadalquivir y amenazaban su retaguardia.
El ejército francés estaba desplegado a lo largo de una extensa línea de comunicaciones entre Andújar y Sierra Morena.
Esta dispersión permitía proteger los caminos, pero dificultaba la concentración rápida de todas las fuerzas ante un ataque español.
Dupont permanecía con el grueso de sus tropas en Andújar, mientras otras unidades francesas bajo mandos como Vedel se encontraban más al norte.
Las fuerzas españolas intentaron aprovechar precisamente esa separación.
El 16 de julio de 1808, las tropas de Teodoro Reding derrotaron a las fuerzas francesas que defendían el paso del Guadalquivir en Mengíbar.
El avance español amenazaba directamente las comunicaciones de Dupont con Bailén y Sierra Morena.
La posibilidad de quedar atrapado en Andújar obligó al general francés a reconsiderar rápidamente su posición.
Dupont decidió retirarse hacia el norte con la esperanza de reunirse con las fuerzas francesas desplegadas en su retaguardia.
En la noche del 18 al 19 de julio, el ejército francés abandonó Andújar y comenzó a avanzar hacia Bailén.
La marcha resultó especialmente difícil. Las tropas estaban agotadas, transportaban heridos, artillería, equipajes y un pesado convoy.
El calor del verano andaluz agravaba todavía más las condiciones de soldados que llevaban semanas operando en un territorio cada vez más hostil.
Dupont esperaba encontrar libre el camino hacia Sierra Morena. Sin embargo, las divisiones españolas de Reding y Coupigny se encontraban ya desplegadas alrededor de Bailén.
En la madrugada del 19 de julio de 1808, las avanzadas francesas chocaron con las posiciones españolas.
Dupont comprendió que debía romper aquellas líneas antes de que las fuerzas de Castaños, que avanzaban desde Andújar, alcanzaran su retaguardia.
Durante varias horas lanzó sucesivos ataques contra las tropas de Reding y Coupigny.
Los franceses no consiguieron romper el dispositivo español. La artillería española actuó con gran eficacia y las unidades francesas, agotadas después de la marcha nocturna, fueron perdiendo capacidad ofensiva.
El propio Dupont participó directamente en los momentos más duros de la batalla y resultó herido.
Pese a nuevos intentos franceses, las líneas españolas permanecieron intactas.
La situación se hacía cada vez más peligrosa. Reding bloqueaba el paso hacia el norte mientras Castaños se aproximaba desde Andújar.
El ejército francés corría el riesgo de quedar completamente rodeado.
Incapaz de continuar los ataques con perspectivas razonables de éxito, Dupont solicitó una suspensión de las hostilidades.
Comenzaron entonces negociaciones con los mandos españoles.
La situación era especialmente complicada porque la división del general Vedel, que no había participado inicialmente en el combate principal, se aproximó posteriormente a Bailén.
Aunque Vedel podía intentar retirarse hacia Sierra Morena, las negociaciones terminarían incluyendo también a sus tropas.
Después de varios días de conversaciones, las condiciones de rendición quedaron formalizadas el 22 de julio de 1808.
Las fuerzas directamente mandadas por Dupont quedaron como prisioneras de guerra, mientras otros contingentes franceses fueron incluidos también en los acuerdos.
Decenas de miles de soldados franceses quedaron afectados por las capitulaciones, lo que convirtió el episodio en un desastre militar de enorme magnitud.
La derrota tuvo además una repercusión política inmediata. José I abandonó Madrid y las fuerzas francesas se replegaron temporalmente hacia el norte.
La noticia recorrió rápidamente España y Europa.
Un ejército del Imperio francés había sido derrotado y obligado a capitular en una batalla campal.
El episodio tuvo una enorme importancia propagandística porque rompía la imagen de invencibilidad que acompañaba a los ejércitos napoleónicos después de años de victorias en Europa.
Para Napoleón, el desastre exigía una respuesta inmediata. Pocos meses después entraría personalmente en España al frente de un poderoso ejército para recuperar el control de la situación.
Dupont regresó a Francia después de la capitulación completamente desacreditado.
Napoleón consideró inadmisible la rendición y ordenó investigar las responsabilidades de los principales mandos implicados.
Dupont fue detenido, perdió sus empleos y honores y quedó apartado de la vida militar imperial.
Una carrera que hasta entonces había sido brillante quedó destruida prácticamente en unas pocas semanas.
El desastre fue sometido a una prolongada investigación. Napoleón buscaba determinar cómo un ejército imperial había podido terminar rindiéndose ante las fuerzas españolas.
Dupont y otros oficiales permanecieron durante años bajo arresto o apartados del servicio.
La responsabilidad de la derrota quedó asociada principalmente a su figura, aunque la campaña había estado condicionada por numerosos factores: la dispersión de las fuerzas francesas, la insurrección andaluza, los problemas de abastecimiento y la maniobra del Ejército de Andalucía.
La caída de Napoleón en 1814 transformó nuevamente la situación de Dupont.
Con el regreso de los Borbones al trono francés, fue rehabilitado y recuperó una posición destacada dentro del nuevo régimen.
Luis XVIII lo nombró brevemente ministro de la Guerra.
Posteriormente inició una larga trayectoria política y fue diputado por Charente durante buena parte de la Restauración.
Después de abandonar los grandes mandos militares, Dupont desarrolló principalmente una actividad política y literaria.
Continuó defendiendo su actuación y tratando de explicar las circunstancias que habían conducido al desastre de 1808.
Murió en París el 7 de marzo de 1840, a los 74 años.
Pese a su larga carrera anterior y posterior, su nombre quedó definitivamente asociado a una sola palabra: Bailén.
La memoria histórica ha presentado a Dupont fundamentalmente como el general francés derrotado en Bailén.
Esa definición es correcta, pero incompleta. Antes de 1808 había sido un militar experimentado y con una trayectoria destacada dentro de los ejércitos revolucionarios y napoleónicos.
En Andalucía cometió errores importantes, especialmente al mantener demasiado dispersas sus fuerzas y subestimar la capacidad de reacción española.
Pero su derrota fue también consecuencia de una campaña compleja: la insurrección generalizada, la amenaza sobre sus comunicaciones, la maniobra de Castaños y la actuación directa de Reding y Coupigny en Bailén.
Precisamente el prestigio que Dupont poseía antes de 1808 explica por qué su derrota produjo una conmoción tan profunda dentro del Imperio napoleónico.
1786–1857
Agustina Zaragoza Doménech, conocida como Agustina de Aragón o «La Artillera», fue una de las figuras más célebres de la resistencia española durante la Guerra de la Independencia. Alcanzó fama durante el primer sitio de Zaragoza de 1808, cuando, en un momento crítico de la defensa del Portillo, disparó una pieza de artillería después de que sus servidores hubieran caído. Convertida desde entonces en símbolo de la resistencia de la ciudad, continuó vinculada al Ejército durante la guerra, recibió el grado de subteniente de Artillería y participó posteriormente en otros episodios del conflicto, incluida la campaña de 1813.
Agustina Zaragoza Doménech nació el 4 de marzo de 1786. Era hija de Pedro Zaragoza Labastida y Raimunda Doménech Gasull.
En 1803, con diecisiete años, contrajo matrimonio con Juan Roca Vilaseca, militar perteneciente al Real Cuerpo de Artillería.
El matrimonio tuvo un primer hijo y llevaba una existencia alejada todavía de los grandes acontecimientos políticos que estaban transformando Europa.
La invasión napoleónica de España en 1808 cambió completamente su vida. Su marido fue movilizado y Agustina terminó desplazándose hasta Zaragoza, ciudad que muy pronto se convertiría en uno de los principales escenarios de la resistencia contra los franceses.
Después de las abdicaciones de Bayona y de las noticias del levantamiento madrileño del 2 de Mayo, Aragón se sumó rápidamente a la insurrección.
José de Palafox asumió la Capitanía General de Aragón y comenzó a organizar tropas y milicias para hacer frente al ejército francés.
Zaragoza carecía de fortificaciones modernas capaces de soportar un gran asedio, pero soldados y habitantes comenzaron a transformar puertas, conventos, edificios y calles en posiciones defensivas.
Cuando las tropas francesas alcanzaron la ciudad en junio de 1808, comenzó el primero de los dos grandes sitios que convertirían Zaragoza en uno de los símbolos de la Guerra de la Independencia.
El episodio que hizo célebre a Agustina ocurrió durante los combates del primer sitio de Zaragoza, en la posición conocida como el Portillo.
La artillería española defendía aquel sector frente a un intenso ataque francés. Durante el combate, los hombres encargados de servir una de las piezas fueron muertos o heridos y la posición quedó momentáneamente desprotegida.
Agustina se encontraba en la zona cuando tomó una mecha y disparó personalmente uno de los cañones contra las tropas francesas que avanzaban hacia la posición.
El disparo y la reacción de los defensores permitieron restablecer la resistencia en aquel punto. La acción comenzó inmediatamente a circular entre los habitantes y soldados de Zaragoza.
La imagen posterior de Agustina disparando un cañón y haciendo huir por sí sola a las tropas francesas terminó convirtiéndose en uno de los grandes relatos heroicos de la guerra.
El hecho fundamental está documentado: Agustina intervino en la batería del Portillo y disparó una pieza de artillería en un momento crítico.
Sin embargo, la defensa de la posición fue una acción colectiva. Soldados, artilleros, voluntarios y habitantes de Zaragoza continuaron combatiendo y permitieron mantener el sector.
Su importancia histórica no necesita, por tanto, convertir el episodio en una acción individual imposible: su gesto tuvo un extraordinario efecto moral y se convirtió inmediatamente en un poderoso símbolo de la resistencia.
La noticia de lo ocurrido llegó rápidamente al mando español. José de Palafox reconoció públicamente la actuación de Agustina y permitió su incorporación al cuerpo de artilleros.
Este reconocimiento tenía consecuencias prácticas dentro de una ciudad sitiada, pues su integración en el cuerpo militar le permitía recibir alimentos y asistencia como los demás soldados.
Su nombre empezó a difundirse fuera de Zaragoza y la joven artillera se convirtió en una figura conocida entre los ejércitos españoles.
Los combates continuaron durante semanas. Las tropas francesas lograron penetrar en diferentes puntos de la ciudad, pero encontraron una resistencia inesperadamente dura.
La situación general de la guerra terminó favoreciendo a Zaragoza. La derrota francesa en Bailén obligó a realizar un repliegue general de las fuerzas napoleónicas hacia el norte.
En agosto de 1808 los franceses abandonaron el asedio. Zaragoza había resistido.
Agustina se encontraba ya entre los personajes más conocidos de aquella defensa.
La retirada francesa fue temporal. Después de intervenir personalmente en España, Napoleón recuperó la iniciativa y sus ejércitos volvieron a avanzar hacia Aragón.
En diciembre de 1808 comenzó el segundo sitio de Zaragoza.
Esta vez las tropas francesas estaban mejor preparadas y disponían de artillería pesada, ingenieros y numerosos efectivos.
Agustina volvió a participar en la defensa y recibió posteriormente la cinta de honor por su actuación durante los sitios.
El segundo sitio fue mucho más devastador que el primero.
La lucha se desarrolló progresivamente dentro de la propia ciudad, donde cada edificio podía transformarse en una posición defensiva. A las bajas provocadas por los combates se sumaron el hambre y las enfermedades.
Una epidemia se extendió entre los habitantes y defensores. Agustina enfermó, al igual que numerosos soldados y civiles y el propio Palafox.
Después de dos meses de combates, Zaragoza quedó prácticamente exhausta y terminó capitulando en febrero de 1809.
Tras la caída de Zaragoza, Agustina fue capturada junto con otros defensores de la ciudad.
Todavía enferma, inició el traslado hacia Francia acompañada por su pequeño hijo.
Durante aquel viaje el niño murió, en uno de los episodios más duros de su vida.
Agustina consiguió posteriormente escapar de sus captores y regresar a territorio controlado por las autoridades españolas.
Su actuación en Zaragoza había alcanzado ya una enorme notoriedad.
Después de su fuga, la Junta Suprema Central reconoció sus servicios y le concedió el grado y sueldo de subteniente de Artillería.
De este modo, Agustina dejó de ser únicamente una participante civil convertida en símbolo de la defensa y pasó a poseer un reconocimiento formal dentro de la estructura militar española.
La participación de Agustina no terminó con Zaragoza. Durante los años siguientes siguió vinculada a los ejércitos que combatían contra la ocupación francesa.
En 1810 estuvo presente durante la defensa de Tortosa, otro de los escenarios importantes de la guerra en Cataluña.
Su presencia entre las tropas tenía también un importante valor simbólico: la fama alcanzada en Zaragoza la había convertido en una figura capaz de representar públicamente la resistencia contra los ejércitos napoleónicos.
En los últimos años de la guerra, la situación militar había cambiado profundamente.
Los ejércitos aliados españoles, británicos y portugueses avanzaban hacia el norte mientras los franceses comenzaban a abandonar amplias zonas de la Península.
Agustina aparece documentada en 1813 vinculada a las fuerzas mandadas por el general Pablo Morillo.
Estuvo presente durante la campaña que culminó en la batalla de Vitoria del 21 de junio de 1813, uno de los grandes enfrentamientos que precipitaron el final del dominio francés en España.
Terminada la Guerra de la Independencia, la fama de Agustina se mantuvo.
Fernando VII reconoció sus servicios y le concedió una remuneración que continuó percibiendo durante el resto de su vida.
Había pasado de ser una joven esposa de un artillero al comienzo del conflicto a convertirse en una figura pública conocida en toda España.
Agustina volvió a reunirse con su marido, Juan Roca Vilaseca, después de la guerra.
En 1818 nació su hijo Juan. Su primer marido murió en Barcelona en 1823.
Al año siguiente Agustina contrajo un segundo matrimonio con Juan Cobos Mesperuza, médico de origen almeriense.
De este matrimonio nació una hija, Carlota, que años después contribuiría también a mantener viva la memoria de su madre.
Durante sus últimos años, Agustina vivió alejada de los grandes acontecimientos militares que la habían hecho famosa.
La familia residió durante un tiempo en Sevilla. Posteriormente, su hija Carlota contrajo matrimonio con un militar destinado en Ceuta.
Agustina comenzó a viajar con frecuencia a aquella ciudad y en 1853 estableció allí su residencia definitiva.
Agustina de Aragón murió en Ceuta el 29 de mayo de 1857, a los 71 años.
Su figura llevaba ya décadas convertida en uno de los símbolos más reconocibles de la Guerra de la Independencia.
Años después, sus restos fueron trasladados a Zaragoza, la ciudad con la que su nombre había quedado definitivamente vinculado.
Actualmente su memoria permanece estrechamente asociada al Portillo y a los defensores de los Sitios.
La importancia de Agustina trasciende su acción individual. Su figura permite mostrar una dimensión de la guerra que durante mucho tiempo quedó en segundo plano: la participación de mujeres en la resistencia, la asistencia, el abastecimiento y, en determinadas circunstancias, el combate.
En Zaragoza participaron también mujeres como Manuela Sancho, Casta Álvarez y la condesa de Bureta, además de muchas otras cuyos nombres no alcanzaron la misma celebridad.
La excepcional fama de Agustina no debe ocultar que la movilización femenina formó parte de una participación civil mucho más amplia durante los sitios.
La acción del Portillo fue representada repetidamente durante los siglos XIX y XX en grabados, pinturas, monumentos, novelas y películas.
Estas representaciones contribuyeron a fijar una imagen muy concreta: una joven situada junto a un cañón, rodeada de artilleros caídos, enfrentándose prácticamente sola al avance francés.
Esa imagen contiene un núcleo histórico real, pero fue amplificada por la construcción posterior del relato patriótico.
La distinción entre ambos aspectos permite valorar mejor al personaje: no es necesario aceptar todos los elementos de la leyenda para reconocer que Agustina participó realmente en la defensa, fue reconocida oficialmente y continuó prestando servicio durante la guerra.
Agustina de Aragón se convirtió en uno de los grandes símbolos de la resistencia española frente a Napoleón.
Su fama nació de un instante concreto durante el primer sitio de Zaragoza: el disparo de un cañón en el Portillo cuando la batería había quedado prácticamente sin servidores.
Pero su trayectoria fue más amplia. Participó también en el segundo sitio, sufrió el cautiverio, escapó, obtuvo reconocimiento militar y siguió vinculada a las operaciones españolas hasta los últimos años de la guerra.
Su figura representa así tanto una acción individual extraordinaria como la participación de la población civil en un conflicto que movilizó a amplios sectores de la sociedad española.
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