Legitimidad dinástica
Los carlistas defendían los derechos al trono de Carlos María Isidro.
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La muerte de Fernando VII abrió una disputa dinástica que se convirtió en una guerra por el modelo político de España. Mientras los carlistas defendían la legitimidad de Carlos María Isidro y una monarquía tradicional, los partidarios de Isabel II terminaron vinculando la causa de la reina con la construcción del Estado liberal. El reinado isabelino consolidó ese nuevo orden, pero quedó marcado por la inestabilidad, los pronunciamientos y una creciente crisis política que desembocó en la Revolución de 1868.
La muerte de Fernando VII enfrentó dos legitimidades y dos proyectos políticos
Fernando VII murió en septiembre de 1833. Su hija Isabel, de solo tres años, fue proclamada reina bajo la regencia de su madre, María Cristina de Borbón. La sucesión había sido preparada mediante la Pragmática Sanción, que permitía reinar a las mujeres.
Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, rechazó los derechos de Isabel y reclamó la Corona. Sus partidarios, conocidos como carlistas, defendieron su legitimidad dinástica y se identificaron con una concepción tradicional de la monarquía, estrechamente vinculada al catolicismo y contraria a la revolución liberal.
La disputa sucesoria se convirtió rápidamente en un conflicto político. Para defender el trono de Isabel, la regente María Cristina necesitó el apoyo de los liberales. De este modo, la causa isabelina quedó progresivamente ligada a la transformación del Estado.
No. La disputa entre Isabel II y Carlos María Isidro fue el detonante, pero el conflicto enfrentó también dos concepciones políticas: el absolutismo tradicional y el nuevo Estado liberal en construcción.
Tradición, religión, legitimidad dinástica y defensa de los fueros
El carlismo no fue un movimiento homogéneo, pero compartió varios principios fundamentales: la defensa de la legitimidad de Carlos María Isidro, la monarquía tradicional, la religión católica y el rechazo de buena parte del programa liberal.
Encontró especial apoyo en zonas rurales del País Vasco, Navarra, Cataluña, Aragón y el Maestrazgo. En algunos territorios, la defensa de los fueros y de las instituciones propias se integró en la causa carlista, aunque el significado de esos apoyos fue diferente según las regiones.
El carlismo sobrevivió a la derrota militar de 1840. Durante todo el siglo XIX mantuvo una cultura política propia y volvió a protagonizar nuevos levantamientos y guerras.
Los carlistas defendían los derechos al trono de Carlos María Isidro.
La defensa de la religión y de la Iglesia ocupó un lugar central en el movimiento.
El carlismo rechazaba la transformación liberal de la monarquía.
En territorios como Navarra y el País Vasco, la cuestión foral se vinculó estrechamente a la causa carlista.
El movimiento tuvo una fuerte implantación en determinadas sociedades campesinas.
La derrota de 1840 no puso fin al carlismo como fuerza política y militar.
Una guerra civil que se prolongó entre 1833 y 1840
La guerra comenzó poco después de la muerte de Fernando VII. En el norte, el general Tomás de Zumalacárregui organizó un eficaz ejército carlista y obtuvo importantes éxitos mediante una guerra de movimientos adaptada al terreno.
El conflicto se extendió también por Cataluña, Aragón y el Maestrazgo, donde Ramón Cabrera se convirtió en uno de los principales dirigentes carlistas. Las fuerzas isabelinas, apoyadas por el gobierno liberal y por ayuda exterior, lograron evitar la consolidación de un Estado carlista estable.
Desde 1837 la iniciativa carlista comenzó a debilitarse. Las divisiones internas facilitaron la negociación entre el general carlista Rafael Maroto y el general isabelino Baldomero Espartero.
Los partidarios de Carlos María Isidro se levantan contra la proclamación de Isabel II.
El ejército carlista logra importantes victorias en el norte.
El general carlista muere tras resultar herido durante el sitio de Bilbao.
Carlos María Isidro avanza hasta las proximidades de Madrid, pero no logra tomar la capital.
Espartero y Maroto acuerdan el final de la guerra en gran parte del norte.
La caída de los últimos focos dirigidos por Cabrera pone fin a la guerra.
La guerra obligó a la Corona a apoyarse en los liberales
María Cristina no era inicialmente liberal, pero necesitaba el apoyo de quienes estaban dispuestos a defender los derechos de Isabel II frente al carlismo. Esa necesidad aceleró el desmantelamiento del absolutismo.
El Estatuto Real de 1834 abrió una limitada participación política, pero pronto resultó insuficiente para los progresistas. La presión revolucionaria de 1836 obligó a restaurar provisionalmente la Constitución de 1812 y condujo después a la Constitución de 1837.
Durante estos años se impulsaron medidas decisivas, como la desamortización de Mendizábal, la supresión de instituciones del Antiguo Régimen y la reorganización administrativa del Estado liberal.
Introdujo unas Cortes limitadas sin reconocer plenamente la soberanía nacional.
Estableció un régimen constitucional más amplio y buscó conciliar moderados y progresistas.
Mendizábal impulsó la venta de bienes eclesiásticos para financiar al Estado y transformar la propiedad.
La guerra carlista aceleró las reformas políticas y sociales.
Se desmontaron instituciones del Antiguo Régimen y se reforzó una administración centralizada.
Las dos grandes familias del liberalismo comenzaron a disputar el control del nuevo régimen.
El prestigio militar convirtió al vencedor de los carlistas en árbitro de la política
El enfrentamiento entre María Cristina y los progresistas terminó con la renuncia de la regente en 1840. Baldomero Espartero, convertido en héroe tras la guerra carlista, asumió la regencia.
Su gobierno se apoyó en los progresistas, pero ejerció el poder de manera cada vez más personalista. La oposición creció entre moderados, sectores progresistas y grupos afectados por su política económica.
La insurrección de Barcelona de 1842 y el bombardeo de la ciudad dañaron gravemente su prestigio. En 1843 una coalición de adversarios provocó su caída y las Cortes decidieron declarar mayor de edad a Isabel II, aunque solo tenía trece años.
Porque la guerra carlista dio enorme prestigio y poder a los generales, mientras los partidos eran todavía débiles y la Corona recurría con frecuencia al ejército para sostener o derribar gobiernos.
La monarquía se convirtió en pieza central del funcionamiento del sistema liberal
Isabel II fue declarada mayor de edad en 1843. Su reinado efectivo comenzó en un sistema liberal ya establecido, pero todavía muy inestable y dominado por las luchas entre moderados, progresistas y distintas camarillas políticas.
La Corona no actuó como una institución neutral. La reina utilizó ampliamente su capacidad para nombrar y destituir gobiernos y favoreció con frecuencia a los moderados, lo que dificultó el acceso regular de los progresistas al poder.
Como consecuencia, los cambios políticos no se producían únicamente mediante elecciones. Los pronunciamientos militares, las revueltas urbanas y la presión de las juntas siguieron siendo mecanismos habituales para modificar el gobierno.
Entre 1844 y 1854 se consolidó un Estado liberal centralizado y conservador
Los moderados dominaron la política desde 1844. Su principal figura fue el general Ramón María Narváez. El nuevo régimen buscó reforzar la autoridad del gobierno, limitar la participación política y construir una administración uniforme.
La Constitución de 1845 reforzó los poderes de la Corona y estableció un sistema político más restringido que el de 1837. El sufragio censitario dejó la participación electoral en manos de una minoría de propietarios y contribuyentes.
Durante estos años se creó la Guardia Civil, se reorganizó la Hacienda, se fortaleció el control del gobierno sobre los ayuntamientos y se avanzó en la centralización administrativa. El Concordato de 1851 normalizó las relaciones con la Iglesia tras las desamortizaciones.
Reforzó a la Corona y redujo el alcance del principio de soberanía nacional.
Solo una pequeña minoría de la población masculina podía participar en las elecciones.
Creada en 1844 para reforzar el orden público y la presencia del Estado en el territorio.
El gobierno aumentó su control sobre provincias y municipios.
La reforma de 1845 intentó racionalizar y modernizar el sistema tributario.
Restableció una relación estable entre el Estado liberal y la Iglesia católica.
La revolución de 1854 abrió un breve intento de profundizar las reformas
El desgaste del moderantismo y los escándalos políticos desembocaron en el pronunciamiento de 1854 conocido como la Vicalvarada. El movimiento adquirió un contenido más amplio con el Manifiesto de Manzanares y la movilización popular.
Isabel II llamó de nuevo a Espartero para formar gobierno. Durante el Bienio Progresista se intentó ampliar la participación política y reactivar las reformas económicas.
La desamortización general de Madoz, la legislación ferroviaria y los proyectos de reforma constitucional formaron parte de este programa. Sin embargo, los conflictos sociales y las divisiones entre progresistas y moderados facilitaron el final del Bienio en 1856.
El pronunciamiento iniciado por O'Donnell abrió la crisis del gobierno moderado.
El texto amplió el movimiento con un programa de reformas políticas.
Afectó a bienes municipales, estatales y eclesiásticos y tuvo gran impacto económico y social.
La legislación de 1855 favoreció una rápida expansión de la red ferroviaria.
El proyecto constitucional de 1856 no llegó a entrar en vigor.
Las protestas obreras y campesinas mostraron nuevas tensiones dentro de la sociedad liberal.
O'Donnell intentó crear un espacio político intermedio entre moderados y progresistas
Tras la caída del Bienio, la política osciló de nuevo entre moderados y una nueva fuerza: la Unión Liberal de Leopoldo O'Donnell. Su objetivo era atraer a sectores moderados y progresistas y ofrecer una alternativa de centro.
Entre 1858 y 1863 se produjo uno de los periodos de mayor estabilidad del reinado. El crecimiento económico, la expansión ferroviaria y una activa política exterior dieron al gobierno una imagen de fortaleza.
España participó en campañas en Marruecos, Cochinchina y México, dentro de una política exterior que pretendía recuperar prestigio internacional. Sin embargo, estas iniciativas no resolvieron las debilidades internas del sistema.
El cierre político del sistema y la crisis económica aislaron progresivamente a Isabel II
Desde 1863 el sistema político entró en una fase de creciente inestabilidad. La Corona continuó favoreciendo a gobiernos moderados y excluyendo a los progresistas, que dejaron de confiar en una alternancia posible dentro del régimen.
La represión de protestas estudiantiles y militares aumentó el desprestigio de la monarquía. Al mismo tiempo, la crisis financiera e industrial de 1866 y las dificultades de subsistencia agravaron el malestar social.
Progresistas y demócratas firmaron el Pacto de Ostende en 1866 con el objetivo de derribar a Isabel II. Tras la muerte de O'Donnell, también sectores de la Unión Liberal se sumaron a la oposición.
En septiembre de 1868, el pronunciamiento iniciado en Cádiz por Topete y apoyado por Prim y Serrano desencadenó la Revolución Gloriosa. La derrota de las fuerzas gubernamentales en Alcolea obligó a Isabel II a marchar al exilio.
No por una sola causa. La exclusión política de la oposición, el intervencionismo de la Corona, el desprestigio de los gobiernos, la crisis económica y la unión de progresistas, demócratas y unionistas terminaron dejando a la reina sin una base política suficiente.
Los principales hitos entre 1833 y 1868
Isabel II es proclamada reina y comienza la Primera Guerra Carlista.
María Cristina abre una limitada participación política.
La revolución liberal acelera el desmantelamiento del Antiguo Régimen.
Se aprueba un nuevo marco constitucional de inspiración liberal.
La guerra carlista termina en gran parte del norte.
El general progresista sustituye a María Cristina como regente.
La reina comienza su reinado efectivo con trece años.
Los moderados consolidan un Estado liberal centralizado y conservador.
Se refuerzan la Corona, el centralismo y el sufragio restringido.
Un nuevo levantamiento carlista afecta especialmente a Cataluña.
El pronunciamiento abre el Bienio Progresista.
Se amplía la venta de bienes municipales y eclesiásticos.
La Unión Liberal proporciona varios años de relativa estabilidad.
La oposición acuerda derribar la monarquía isabelina.
Isabel II es expulsada del trono y comienza el Sexenio Democrático.
Monarcas, militares y políticos que marcaron el periodo isabelino
Isabel II
Reina de España entre 1833 y 1868.
Carlos María Isidro
Pretendiente al trono y figura dinástica del primer carlismo.
María Cristina de Borbón
Regente durante la minoría de edad de Isabel II entre 1833 y 1840.
Tomás de Zumalacárregui
Principal general carlista durante los primeros años de la guerra.
Ramón Cabrera
Dirigente carlista destacado en el Maestrazgo.
Baldomero Espartero
General liberal, vencedor de los carlistas y regente entre 1840 y 1843.
Ramón María Narváez
Principal figura militar y política del Partido Moderado.
Leopoldo O'Donnell
General y líder de la Unión Liberal.
Juan Prim
General progresista y uno de los principales dirigentes de la revolución de 1868.
Términos indispensables para comprender el reinado de Isabel II
El reinado de Isabel II consolidó el liberalismo, pero dejó un sistema políticamente frágil
El absolutismo dejó de ser el sistema político dominante y se consolidó el constitucionalismo.
El Estado reforzó su control sobre provincias, municipios, fiscalidad y orden público.
Las desamortizaciones alteraron profundamente la propiedad agraria y los bienes de la Iglesia y los municipios.
Los generales continuaron actuando como árbitros de la vida política mediante pronunciamientos.
El liberalismo isabelino mantuvo el sufragio limitado a una minoría de la población.
Tras años de conflicto, el Concordato de 1851 estabilizó las relaciones entre la Iglesia y el Estado liberal.
La derrota militar no eliminó el carlismo, que continuó activo durante décadas.
El ferrocarril, la banca y determinadas industrias avanzaron, aunque de forma desigual.
La identificación de Isabel II con el moderantismo terminó erosionando la legitimidad del régimen.
Materiales para continuar estudiando el reinado de Isabel II y las Guerras Carlistas
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